Horal, de Jaime Sabines: el habitar pendular del ser

Horal, de Jaime Sabines: el habitar pendular del ser

El uso de la palabra

Dr. Raúl Vázquez Espinosa

“El lenguaje filosófico es, pues, como sabe cualquier lector cuidadoso de los grandes filósofos, un lenguaje literario y no un lenguaje técnico”, afirma R. G. Collingwood al final de su reflexión sobre el método filosófico. Esta afirmación resulta especialmente relevante porque cuestiona una de las creencias más arraigadas de la modernidad: la idea de que la filosofía es una actividad puramente conceptual y separada de la experiencia vital. Para Collingwood, los grandes filósofos no elaboran sistemas abstractos desde una posición exterior a la existencia, sino que expresan en sus obras una experiencia concreta del mundo. Por ello, leer filosofía no consiste únicamente en comprender conceptos o seguir razonamientos lógicos; implica revivir una experiencia humana. Cuando el autor sostiene que el lector debe acercarse al filósofo “como si se tratara de un poeta”, está señalando que detrás de cada idea existe una vivencia que le da origen. El pensamiento auténtico surge de la vida y vuelve a ella. Así, comprender una obra filosófica exige una forma de empatía intelectual mediante la cual el lector reconstruye en sí mismo el itinerario espiritual recorrido por el autor. Filosofar es entonces una experiencia compartida, un diálogo entre conciencias que buscan comprender el sentido de la existencia.

Desde una perspectiva cercana, Emilio Uranga sostiene que “poesía y pensamiento se comunican por robustos enlaces que sólo nuestra angostura de visión convierte en impalpables y sutiles”. La afirmación resulta significativa porque rechaza la división tradicional entre razón y sensibilidad, entre reflexión y creación poética. Para Uranga, ambas formas de expresión participan de una misma tarea fundamental: revelar dimensiones ocultas del ser. El poeta y el filósofo no trabajan con materiales distintos; ambos intentan comprender la condición humana y expresar aquello que normalmente permanece oculto bajo la rutina cotidiana. Por eso afirma que “la palabra del pensador y el poeta nombran al ser y al nombrarlo lo hacen surgir a una nueva vida”. Nombrar no significa simplemente describir una realidad ya dada; significa abrir nuevas posibilidades de comprensión. La palabra auténtica transforma nuestra relación con el mundo porque nos permite descubrir sentidos que antes permanecían invisibles.

Jaime Sabines comparte esta convicción acerca de la profunda cercanía entre poesía y filosofía. Cuando afirma que “el poeta tiene que hacer algo y no nada más cantar […]. El poeta nos tiene que decir algo de la verdad del hombre. […]. Ser poeta es comprometerse”, está cuestionando una visión superficial de la poesía reducida al entretenimiento o a la mera ornamentación verbal. Para el poeta chiapaneco, escribir implica una responsabilidad frente a la verdad humana. El poeta no existe para producir belleza aislada de la vida, sino para decir algo esencial acerca del hombre, de sus conflictos, de sus deseos y de sus contradicciones. De ahí que afirme que “la poesía es un intento por frustrar la soledad”. La condición humana está marcada por la experiencia de la separación y del aislamiento; sin embargo, la palabra poética construye puentes entre las conciencias y permite compartir aquello que parecía exclusivamente individual.

En este sentido, la poesía se aproxima a la filosofía porque ambas buscan comprender y expresar el significado de la existencia. Siguiendo una intuición cercana a Heidegger, Sabines entiende que tanto el filósofo como el poeta hablan del ser, de aquello que sostiene y atraviesa toda experiencia humana. Ambos intentan decir una verdad que no puede reducirse a fórmulas ni conceptos cerrados, sino que se manifiesta en la experiencia concreta de vivir, amar, sufrir y morir. La poesía constituye una forma de conocimiento que permite descubrir dimensiones de la experiencia humana inaccesibles para el lenguaje puramente conceptual.

Es precisamente en este punto donde aparece una de las categorías más fecundas para comprender la obra de Jaime Sabines: la idea del ser como oscilación. La poesía de Sabines no presenta al ser humano como una entidad fija, estable o acabada. Por el contrario, lo muestra como una realidad en permanente movimiento, suspendida entre fuerzas contrarias que nunca terminan de resolverse. El hombre de Sabines habita una condición pendular. Vive desplazándose constantemente entre la esperanza y la desesperanza, entre la plenitud y el vacío, entre el amor y la pérdida, entre la vida y la muerte. No existe una síntesis definitiva ni una reconciliación absoluta. La existencia se manifiesta como un movimiento continuo entre extremos que se atraen y se rechazan al mismo tiempo. Esta condición oscilatoria constituye el núcleo filosófico de su poesía.

Desde “Horal”, su primer libro, esta experiencia del movimiento interior aparece de manera constante. El sujeto poético no posee certezas definitivas sobre sí mismo ni sobre el mundo. Todo conocimiento parece provisional. Toda afirmación contiene ya una duda. Toda presencia anuncia una ausencia. En este sentido, “Horal” puede leerse como la exploración de una conciencia que descubre la fragilidad de todo fundamento. El hombre se encuentra arrojado a un mundo cambiante donde ninguna certeza resulta completamente sólida. La experiencia del tiempo, del amor y de la muerte atraviesa cada uno de los poemas como una fuerza que impide cualquier reposo definitivo.

Esta condición aparece claramente en “Uno es el hombre”. El poema presenta una imagen profundamente problemática de la identidad humana. El sujeto no logra coincidir plenamente consigo mismo. Existe siempre una distancia entre lo que se es y lo que se cree ser. El hombre aparece como una realidad escindida, abierta, incompleta. Lejos de cualquier definición esencialista, Sabines muestra una subjetividad atravesada por contradicciones. El ser humano es un enigma para sí mismo. Cuanto más intenta comprenderse, más descubre zonas oscuras que escapan a toda explicación. La identidad deja de ser una esencia para convertirse en una búsqueda permanente.

Algo semejante ocurre en “Yo no lo sé de cierto”. Desde su primer verso, el poema instala la incertidumbre como condición fundamental del conocimiento humano. “Yo no lo sé de cierto, pero supongo”. La verdad ya no aparece como una posesión absoluta, sino como una aproximación. El amor, tema central del poema, tampoco puede definirse de manera concluyente. Es encuentro y desencuentro, cercanía y distancia, unión y conflicto. Los amantes se buscan porque se necesitan, pero también se destruyen porque son incapaces de poseerse completamente. El amor aparece, así como una experiencia profundamente pendular, marcada por la tensión entre el deseo de permanencia y la inevitabilidad de la pérdida.

Esta misma estructura alcanza una de sus expresiones más memorables en “Los amorosos”. Los personajes del poema viven en una búsqueda interminable. Nunca llegan del todo al lugar que persiguen. Aman porque carecen, porque algo les falta, porque existe una herida original que ningún encuentro consigue cerrar completamente. Los amorosos habitan la incertidumbre. Viven suspendidos entre la esperanza y el fracaso. Su grandeza consiste precisamente en seguir buscando a pesar de saber que la plenitud absoluta es imposible.

Sin embargo, el polo más radical de esta oscilación aparece en la presencia constante de la muerte. La poesía de Sabines comprende que la existencia humana está atravesada por la finitud. No vivimos frente a la muerte; vivimos con ella. La muerte acompaña cada instante de nuestra vida y le otorga su carácter irrepetible. En poemas como “El llanto fracasado”, la conciencia descubre que todo cuanto ama está destinado a desaparecer. El tiempo desgasta los cuerpos, borra los rostros y transforma los recuerdos. La fragilidad de la existencia se vuelve entonces evidente. Sin embargo, lejos de conducir al nihilismo, esta conciencia de la muerte intensifica el valor de la vida. Precisamente, porque todo es pasajero cada instante adquiere una profundidad extraordinaria.

Esta misma experiencia aparece en “El día”, donde el transcurso de las horas se convierte en una metáfora de la condición humana. El amanecer contiene ya la posibilidad de la noche. Todo nacimiento lleva inscrita la semilla de su desaparición. La vida no puede separarse de la muerte porque ambas forman parte de un mismo movimiento. Sabines comprende que la existencia no se organiza a partir de oposiciones absolutas, sino de tensiones dinámicas. Vivir es avanzar constantemente hacia aquello que inevitablemente nos espera.

En “Nada que no puede decir nada” emerge otro de los grandes temas de la poesía sabiniana: la insuficiencia del lenguaje. El poeta descubre que existen experiencias que resisten toda formulación verbal. El ser humano desea nombrar el amor, la muerte, el dolor y la soledad, pero las palabras siempre parecen llegar tarde. Existe una zona de la existencia que permanece irreductible al lenguaje. Sin embargo, la poesía nace precisamente de esa imposibilidad. El poeta escribe porque sabe que nunca logrará decirlo todo. La escritura se convierte así en una búsqueda incesante de aquello que siempre se escapa.

Quizá sea esta la intuición filosófica más profunda que recorre “Horal” y buena parte de la obra de Sabines. El hombre no es una respuesta sino una pregunta. No es una presencia acabada sino una tensión permanente. Existir significa habitar la oscilación. Somos el péndulo que se mueve entre el nacimiento y la muerte, entre el amor y el desamor, entre la palabra y el silencio. Y, sin embargo, precisamente en esa fragilidad reside nuestra grandeza. Porque sabemos que vamos a morir, amamos con intensidad. Porque sabemos que perderemos aquello que amamos, buscamos retenerlo en la memoria y en la palabra. Porque conocemos nuestra condición finita, aspiramos constantemente a lo infinito.

La poesía de Jaime Sabines nos recuerda que el ser humano es una criatura de tránsito. Nunca está completamente en casa. Siempre se encuentra caminando entre dos misterios: el de aquello que ha dejado atrás y el de aquello que todavía no alcanza. Vivimos suspendidos entre la nada de dónde venimos y el silencio hacia el que avanzamos. Pero es justamente en ese intersticio donde ocurre el milagro de la existencia. Allí nacen el amor, la amistad, la palabra y la esperanza. Allí surge la poesía. Y allí, en ese movimiento incesante entre la presencia y la ausencia, entre la vida y la muerte, entre la certeza y la incertidumbre, se revela la verdad más profunda del ser humano: que somos, esencialmente, habitantes de una oscilación interminable.

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