El Hipsterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
Eric Sadin (2024) escribió que “vivimos en un mundo hiperconectado por medio de superficies y plataformas que cruzan nuestras vidas cotidianamente, invaden nuestros cuerpos y nos conducen a transitar existencias continuamente asistidas por dispositivos y artefactos omnipresentes”.
Facebook, Instagram, X, Youtube, LinkedIn, Snapchat, etcétera, son vinculadas con las instancias panópticas, y en su parcela de poder, los influencers -pequeños big brothers-, difunden posverdades, marcan tendencias, condenan, censuran y venden mercancías, instituyendo a la vez formas de comportamiento.
Para ejercer el poder estos personajes necesitan consagrarse como significantes digitalizados, y lo logran aparentando conocimientos, experiencia, moralidad, éxito, libertad, valentía, entre otras cualidades que tienen una retroalimentación positiva por llevar en sí lo que la gente busca dentro del entramado neoliberal que la domina.
En su apoteosis pantallizada estos “ídolos” protagonizan un espectáculo donde se concentran millones de miradas que devienen en falsas conciencias que no distinguen al ser verdadero de estos seres de la fantasía y a ésta de mercancías o ideales que corresponden a tendencias sistémicas predeterministas.
Aparte de las posverdades que vienen y van interminablemente, y de la venta de mercancías, hay otro elemento que triangula a este ejercicio del poder: la vigilancia mutua. Los influencers instituyen un sistema donde todos sus fans pueden censurarse y condenarse entre sí para expulsar a todo aquel que piense distinto.
Para librarse de todo juicio, los influencers comparten parte de su poder con sus seguidores quienes asumen el rol de guaruras digitales para censurar toda forma de autodeterminismo. Esto ya había sido recreado por George Orwell en su novela titulada 1984, donde la Policía del Pensamiento tenía tentáculos por doquier para identificar y castigar a los disidentes.
Varsavsky (2020) señala que “el panóptico digital pierde el punto único de vigilancia que tenía el control analógico: ahora se observa desde cada ángulo y todos ven a los demás, exponiéndose a su vez para ser vistos”. Los influencers no están en un centro elevado vigilando a sus seguidores, sino interactuando cotidianamente con ellos en un marco de familiaridad.
Ese sistema se distingue por la entrega voluntaria a la figura panóptica; en este entorno no hay una vigilancia como la que describió Michel Foucault en su obra Vigilar y castigar, sino un proceso alienante donde el influencer y sus seguidores reproducen las reglas de un juego sistémico encaminado a promover el consumismo, el conformismo y el pensamiento unitario.
Sobre este tipo de alienación, Whitaker (1999) explica que “los consumidores son disciplinados por el mismo consumo para obedecer las reglas, y aprenden a ser buenos no porque sea moralmente preferible a ser malos, sino porque no existe ninguna opción concebible, más allá de la exclusión”.
En ese entramado, los disidentes son expuestos como enemigos, mientras que la comunidad obediente y cómplice es instituida como una gran familia. Es así como los usuarios bajo la mirada complaciente de sus “ídolos” buscan relacionarse con quienes tengan los mismos intereses y preferencias, y desmarcarse de la otredad autodeterminada.
Han (2014) sostiene que “lo que hace posible el control total no es el aislamiento espacial y comunicativo, sino el enlace en red y la hipercomunicación”. La multivigilancia es una forma de ejercer el poder dentro del capitalismo de tercer orden, y sirve para clasificar a la gente bajo prismas comerciales o ideológicos.
Gracias a este panóptico las empresas de alcance mundial conocen los deseos y necesidades de la gente, y saben cómo posicionar todo tipo de productos y posverdades. El sistema algorítmico siempre tendrá datos frescos de los usuarios de las redes sociodigitales: conoce las mentalidades, los deseos personales e incluso las formas de rebeldías.
No es casualidad que Amazon, Mercado Libre o Facebook hagan recomendaciones de lo que se debe consumir o que motiven a las personas que tienen gustos y preferencias similares a entablar amistad. Los influencers, no solo cumplen con el cometido de vender, también contribuyen a mantener el orden social.
Es a través del mirarse y vigilarse unos a otros como se opaca a todo pensamiento crítico: el panóptico digital muestra a seres controlados gracias a la información que ellos mismos proporcionan al sistema a través de sus interacciones con los influencers o con lo que postean en las redes sociodigitales.
En este panóptico ya no sólo se vigilan los movimientos corporales o las interacciones, también se hace con las subjetividades expresadas a través de los deseos, consumos y aspiraciones. El resultado es una sociedad a modo: apática, poco participativa, indiferente y siempre presta a consumir cualquier cosa que se le ponga enfrente.










