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Migrantes, el Viacrucis viene a la CDMX

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Juan Manuel Asai

La tragedia de la estación migratoria de Ciudad Juárez, cuyos detalles dantescos siguen apareciendo, no detuvo el flujo masivo de migrantes de Chiapas hacia la frontera con Estados Unidos. Ni siquiera lo inhibió. Casi puede decirse que es un acicate para miles de migrantes que piensan que, a diferencia de los que murieron en el incendio, ellos sí podrán cruzar la frontera y comenzar una nueva vida de prosperidad en Estados Unidos, como lo han hecho parientes, amigos, conocidos, cuyas historias de éxito quieren emular a toda costa.

La migración va de la mano de la historia misma de la humanidad. En el Siglo XXI también su resorte principal es la abismal desigualdad en la calidad de vida en los países receptores, comparada con la sobrevivencia en los países que expulsan, ya sea del norte de África a Europa o de centro, Sudamérica y el Caribe hacia Estados Unidos.

En este fenómeno social, toral para entender nuestro tiempo, México juega un papel protagónico. Miles de compatriotas siguen probando suerte en Estados Unidos. Gracias su trabajo del otro lado de la frontera pudieron mandar a casa, a sus familiares aquí, casi 60 mil millones de dólares el año pasado, que es un dineral. Las remesas son el sostén bizarro de la economía mexicana. Pero no solo eso, la fatalidad geográfica hace de México un país de tránsito para migrantes de otros países que quieren una probadita del sueño americano.

Las condiciones cada vez más difíciles en las que se realiza este tránsito se ilustran con el nombre que los migrantes dieron a su más reciente caravana, una que llegará pronto a la CDMX, “Viacrucis”. Es una vía dolorosa, un calvario, que encontrará su resurrección del otro lado del Río Bravo. Lo de las caravanas ha convertido a la migración en este hemisferio en un éxodo.

Como resultado de la fragilidad institucional combinada con la sólida tradición de corrupción en los cuerpos de seguridad, los migrantes que atraviesan el país padecen toda clase de abusos por parte de policías municipales, estatales, federales, agentes de las procuradurías, agentes de migración, agentes privados contratados por el gobierno y claro los polleros conectados a las grandes bandas criminales que operan en el país.

Los migrantes son vulnerables en extremo y como ahora viajan familias enteras, incluidos bebés de brazos, su atención es cada vez más compleja. El caso de los haitianos en la plaza Giordano Bruno, documentado con excelencia en este diario por la reportera Liliana Gómez, no deja espacio para la duda. El discurso del presidente, del secretario de Gobernación, del canciller, es: vengan, acá los recibimos con los brazos abiertos. La realidad, ya lo vimos en Ciudad Juárez, es que en lugar de brazos abiertos hay puños cerrados.

El deterioro de las condiciones en la que se realiza la migración obedece a decisiones tomadas en la Casa Blanca, en Washington, y acatadas en Palacio Nacional en la CDMX. Donald Trump dobló al gobierno de López Obrador en tiempo récord y lo presume cada vez que puede. México hace el trabajo sucio al gobierno de Estados Unidos, para que los migrantes no incomoden allá pero sí sean un problema sin solución aquí. Los presidentes de EU y México son el primer eslabón en la cadena de mando que explica la inenarrable tragedia de Ciudad Juárez.

México encomendó el trabajo migratorio a un experto en cárceles y prisioneros y con eso mandó un mensaje clarísimo de lo que significan los migrantes para el INM Hay que decir los recibimos con los brazos abiertos, pero tratarlos como delincuentes, embodegarlos y si se registra un incendio dejar que las llamas los abracen.

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