El Uso De La Palabra
Raúl Vázquez Espinosa
La primera noticia que tuve de Juan Villoro fue en la universidad. A principios de este siglo, la Facultad de Humanidades de la Benemérita Universidad Autónoma de Chiapas alojó a una variopinta generación. La mayoría incipientes escritores, pero sobre todo lectores. En los pasillos compartíamos lecturas, comentábamos lo leído, enjuiciábamos llenos de esa falsa ética del lector que aún no sabíamos que llevábamos en nuestras palabras. En una de esas tardes, mi buen amigo Mario Alberto Bautista me preguntó si ya había leído La noche navegable, un pequeño libro de relatos de Juan Villoro. Yo lo había leído más por curiosidad debido al apellido, que, por conocer realmente al autor, ya que en alguna clase habíamos leído a Luis Villoro, padre del autor. Nosotros, que aún llevábamos cierta influencia de los 70 y 80, al leerlo pudimos conocer a un narrador con varios registros. A pesar de que ese libro, para entonces, ya tenía veintitantos años de estar en circulación, a nosotros nos parecía extrañamente cercano, algo así como un autor con el que compartíamos preocupaciones literarias y temáticas. La noche navegable, es, entiendo ahora, una “primera brújula”. Libro temprano donde ya se adivina la soltura con la que Juan Villoro pasará del ensayo a la novela y a la dramaturgia. Se adivina su amplia temática, el conocimiento de la cultura mexicana, el fútbol, la música, la arqueología, la historia, la filosofía.
Con el paso de los años, pude reconocer a Juan Villoro en otros lugares. Desde 1994, Chiapas fue el epicentro de encuentros intergalácticos, congresos nacionales y reuniones convocadas por los zapatistas. En esos encuentros, la figura de Juan Villoro era visible, alto y espigado, ahí estaba, siempre en actitud de escucha. A Juan Villoro lo vi no solo en escenarios culturales, sino en espacios de palabra colectiva, de discusión política y ética. Lo interpreté no como un autor de estantería, sino como un autor que anda de camino, que sale al mundo, que va y vive la participación social.
La última vez que lo vi en persona fue en Oventic. Esa comunidad, ya simbólica por su historia y su carácter zapatista, cobró un significado diferente ese día. Cuando las cenizas de Luis Villoro llegaron a Oventic no fue un traslado funerario, fue regreso. El filósofo que un día había dicho, con decisión, “quiero entrarme de zapatista”, volvía convertido en parte sustancial de la propia historia del zapatismo, dispuesto a quedarse bajo la sombra de los árboles del caracol zapatista, en el lugar que había vivido como propio. No era una metáfora. Sus cenizas quedaron ahí, en el corazón simbólico del zapatismo, como quien decide habitar definitivamente el lugar de su compromiso. En esa ceremonia, narrada por el entonces Subcomandante Marcos, ya Subcomandante Galeano, la historia íntima se hizo pública. “Vengo a dibujarles un contorno”, le dijo al Sup a su familia. La boina como pasamontañas, el ingreso discreto al zapatismo, el compromiso más allá de la teoría. Y en medio de esa escena estuvo Juan Villoro. No como escritor invitado, no como figura cultural, sino como hijo y como “hermano bajo protesta” del propio Subcomandante. Su presencia tenía el peso de la memoria. Escuchar que su padre había sido “militante y centinela” del EZLN no era una revelación anecdótica, era la confirmación de una ética vivida hasta el final. Cuando Juan abrazó al Subcomandante, el gesto condensó muchas capas existenciales. Duelo, gratitud, reconocimiento, transmisión. No fue un abrazo social, fue el abrazo de quien entiende que la palabra heredada no es solo discurso, es forma de habitar el mundo. En ese instante, las cenizas dejaron de ser ausencia y se volvieron continuidad, la continuidad de una conciencia crítica que pasa del padre al hijo, de la filosofía a la literatura, del pensamiento a la historia viva de Chiapas.
Otra manera en que Juan Villoro estaba en Chiapas era más cotidiana. Prendías la televisión o la radio y ahí estaba, hablando con la misma naturalidad de un libro recién leído, de la política nacional, de un partido de fútbol o del sentido histórico de una zona arqueológica. Lo vi entrevistando a arqueólogos entre las piedras antiguas de Yaxchilán, hacía dialogar el pasado maya con las preguntas del presente, convirtiendo la divulgación en conversación literaria. Esa presencia constante no era la del opinador que simplifica para ganar audiencia, sino la del intelectual que se toma en serio cada tema porque entiende que todos forman parte de una misma trama cultural. En Villoro no hay jerarquías rígidas entre la alta literatura y la cultura popular. Puede escribir sobre fútbol con la misma densidad con que reflexiona sobre la memoria o la historia, porque sabe que la vida ocurre en múltiples registros a la vez. Esa amplitud no es dispersión, es método, una forma de pensar el mundo como un tejido donde lectura, deporte, política y arqueología se entrecruzan. Su voz pública no fragmenta la experiencia, la integra. Enseña que pensar es habitar todos los lenguajes posibles sin perder rigor ni ironía y que la complejidad no se reduce, se conversa.
Que Juan Villoro no se agote en un solo género no es un dato literario, es una postura intelectual y vivencial. Su obra encarna lo que puede llamarse una universalidad muy otra. Universal, porque atraviesa cuento, novela, crónica, ensayo, periodismo cultural y literatura infantil, y porque dialoga con muchos mundos, la literatura, el fútbol, la política, la memoria histórica; muy otra, porque esa amplitud nunca flota en el vacío, sino que se ancla en lugares concretos, en historias específicas, en conflictos reales, en política vista como compromiso existencial, Chiapas incluido. No se trata de “saber de todo”, sino de saber crear puentes. Literatura con política, memoria con territorio, juego con tragedia. Esa capacidad de entrelazar registros distintos es, en sí misma, una manera de formación. Enseña a pensar sin fragmentar, a comprender que la realidad no viene dividida en secciones, sino tejidas. En Villoro, la diversidad temática no es dispersión, sino método, una pedagogía implícita que invita a mirar el mundo como una red de relaciones donde cada historia ilumina a las otras.
La llegada de Juan Villoro a la Benemérita Universidad Autónoma de Chiapas no es un evento más en la agenda cultural, es un compromiso en acto. La UNACH no solo “trae” a un autor reconocido, convoca un diálogo que la propia realidad chiapaneca vuelve urgente. identidad, palabra pública, pensamiento crítico, ciencia, futbol (¡cómo no!). Como institución de puente, la universidad reúne generaciones y experiencias distintas, docentes, estudiantes, comunidades cercanas, lectores primerizos y lectores de antaño, y los pone frente a una voz que obliga a preguntarnos qué estamos leyendo, cómo interpretamos lo que vivimos y qué conversaciones hemos postergado. En ese sentido, la presencia de Villoro opera como conversación.
Para los jóvenes universitarios, su visita fue formativa en un sentido profundo. Necesitan maestros de la palabra, no ídolos efímeros, sino modelos de trabajo intelectual que muestren que pensar exige rigor, escucha y compromiso. Juan Villoro encarna una lección necesaria. Pensar con los pies en la tierra sin perder un amplio horizonte, dialogar con el mundo sin desprenderse del lugar que se habita. Es, además, un autor que siempre está de camino, no instalado en una certeza definitiva ni en un solo territorio temático, sino en tránsito constante entre géneros, geografías y conversaciones, entendiendo el pensamiento como desplazamiento y aprendizaje continuo. Su presencia en Chiapas no es turismo cultural, es coherencia biográfica con una historia de cercanía y diálogo con la propia historia de lucha en nuestro estado, entendidos como vínculos y no como escenarios. Escucharlo en la Benemérita Universidad Autónoma de Chiapas no es solo asistir a una lectura o conferencia, es aprender un modo de pensar que aspira a formar mentes críticas, alertas y abiertas, capaces de sostener a la escritura sin renunciar a la responsabilidad ética.










