En el cruce del camino
Fernando Castellanos Cal y Mayor
En un entorno internacional marcado por la cautela, donde los sistemas financieros avanzan entre presiones inflacionarias, tensiones geopolíticas y menor dinamismo económico, la 89 Convención Bancaria dejó una lectura distinta para México: existe espacio para crecer, pero ese crecimiento no será automático.
Más allá de los anuncios, lo que se vio en Cancún fue una conversación más madura sobre el papel que debe jugar la banca en la siguiente etapa del país. No sólo como intermediaria financiera, sino como un actor clave en la expansión del crédito, la digitalización de la economía y la inclusión financiera.
Ese cambio de enfoque es relevante.
Durante años, la banca mexicana ha sido reconocida por su solidez, capitalización y prudencia. Sin embargo, también ha enfrentado una crítica constante: su baja profundidad crediticia en comparación con economías similares. El crédito al sector privado sigue representando una proporción menor del PIB frente a otros países, lo que limita su impacto en el crecimiento económico.
Por eso, el compromiso de elevar el financiamiento hacia niveles cercanos al 48% del PIB en los próximos años no debe leerse como un objetivo aislado, sino como un reconocimiento de esa brecha estructural.
El reto, sin embargo, no está únicamente en expandir el crédito, sino en hacerlo mejor.
México no necesita sólo más financiamiento, sino un crédito más accesible, más competitivo y mejor distribuido. Particularmente hacia pequeñas y medianas empresas, que siguen siendo el eslabón más débil en el acceso al sistema financiero, pese a su relevancia en la generación de empleo y actividad económica.
Ahí es donde la banca enfrenta uno de sus mayores desafíos: transformar su capacidad en impacto.
En paralelo, la digitalización apareció como uno de los ejes más claros de la convención. Y no es casualidad. En la mayoría de las economías avanzadas, los sistemas de pago digitales se han convertido en infraestructura básica, invisible pero esencial para el funcionamiento cotidiano de la economía.
México ha avanzado, pero todavía de manera desigual.
El crecimiento de plataformas como SPEI y herramientas como CoDi o DiMo ha sido significativo en términos de capacidad, pero no necesariamente en adopción cotidiana. La brecha entre lo que el sistema puede hacer y lo que la población realmente utiliza sigue siendo amplia.
Eso explica por qué el énfasis en simplificar la experiencia de usuario es tan relevante.
La digitalización no es únicamente un asunto tecnológico. Es un proceso que requiere confianza, facilidad de uso y una integración natural en la vida diaria. Mientras pagar en efectivo siga siendo más sencillo para amplios sectores de la población, la inclusión financiera seguirá siendo parcial.
En este punto, el papel de la banca se cruza inevitablemente con el de las fintech.
La innovación financiera ha introducido nuevos modelos de negocio, mayor competencia y soluciones más ágiles. Pero también ha dejado claro que el futuro del sistema financiero no estará definido por un solo tipo de institución, sino por la capacidad de integración entre banca tradicional y nuevas tecnologías.
La convención dejó ver, de forma implícita, que esa convergencia ya no es una opción, sino una necesidad.
El contexto internacional ayuda a dimensionar mejor lo que está en juego.
En Estados Unidos, el sistema financiero opera con mayor cautela tras episodios recientes de tensión bancaria. En Europa, el crédito avanza con lentitud en medio de un entorno económico moderado. En Asia, particularmente en China, el sistema enfrenta retos estructurales ligados a su modelo de crecimiento.
Frente a ese escenario, México no está exento de riesgos, pero sí cuenta con una condición particular: estabilidad macroeconómica y un sistema bancario sólido que aún tiene margen para profundizarse.
Ese margen es, al mismo tiempo, una oportunidad y una responsabilidad.
La convención dejó claro que existen tres grandes ejes hacia adelante: mayor crédito, mejor digitalización y una inclusión financiera más efectiva. Pero también dejó ver que estos objetivos no dependen únicamente de la banca. Requieren coordinación con políticas públicas, simplificación regulatoria y generación de condiciones que permitan financiar proyectos productivos de forma sostenible.
Porque al final, el sistema financiero no crece por decreto.
Crece cuando encuentra una economía que puede absorber ese crecimiento.
Ahí está, probablemente, la reflexión más importante que deja la convención.
México no necesita una banca distinta en esencia, sino una banca que logre evolucionar en su alcance. Más cercana a las necesidades reales, más eficiente en sus procesos y más integrada a la transformación digital que ya está redefiniendo la economía global.
El potencial está ahí.
La capacidad también.
El reto es convertir esa capacidad en resultados tangibles.
Porque si la banca logra ampliar el acceso al crédito, impulsar la digitalización y fortalecer la inclusión financiera, puede convertirse en uno de los motores más relevantes del crecimiento en los próximos años.
Y en un entorno internacional cada vez más complejo, contar con un sistema financiero que no sólo resista, sino que impulse, puede marcar la diferencia.
Ahí es donde se define el siguiente paso.
Justo en ese punto donde la estabilidad se convierte en crecimiento y la capacidad en oportunidad.
Ahí donde, inevitablemente, volvemos a encontrarnos en el cruce del camino.










