El Hipsterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
¿De dónde partir para repensar las ya no tan novedosas formas de coexistencia entre las dimensiones ontológica y tecnológica? El devenir de las inteligencias artificiales trajo consigo un impacto notable en la dimensión cognitiva; así mismo, las redes sociodigitales son síntoma de una subjetividad construida maquínicamente.
La distinción entre hardware y software se torna simple cuando se analiza detenidamente a las subjetividades y la cada vez mayor dependencia a las inteligencias artificiales; en esa condición subalterna, el ser humano se engaña a sí mismo al utilizar con entusiasmo todo tipo de aplicaciones denominadas eufemísticamente como herramientas.
Ese entusiasmo se alimenta del imaginario de que esas aplicaciones son útiles para tomar decisiones en infinidad de ámbitos y que son herramientas eficaces para el desarrollo cognitivo; por eso es importante analizar si el ser humano aún tiene condiciones autónomas en el uso de esas tecnologías o, por el contrario, puso a merced del mundo digital su capacidad cognitiva.
El ideal de bienestar otorgado a las redes sociodigitales, las plataformas de entretenimiento, a los buscadores o la educación en línea, propician que el ser humano crea que aún está por delante del mundo digital, pero es éste el que se vale de lo ontológico para instituir infinidad de formas de subjetivación que dictan modos de ser y de estar.
Desde los años 70 del siglo pasado, Deleuze y Guattari habían advertido que nuestros cuerpos y pensamientos se construyen en lo maquinal y, por tanto, nuestro lenguaje y expresiones estarían condicionados. Dadas las condiciones alienantes de los algoritmos y sus manifestaciones en las formas de pensar y consumir, es difícil sostener que estemos creciendo cognitivamente.
Los algoritmos como prolongaciones de los deseos del ser humano son una realidad tajante, han impuesto formas estandarizadas para usar inteligencias artificiales, para buscar información o procesar datos; no es casualidad que en nuestras redes sociodigitales aparezca publicidad de cierto tipo de productos o información concerniente a asuntos políticos semejantes a nuestras preferencias.
Este sistema se integra por sensores y máquinas interactivas que crean ideologías, formas de consumo e identidades; los usuarios no son vistos como personas sino como algoritmos que funden su subjetividad con la de otros. Ese mundo es una envoltura mecanizada que condiciona la parte ontológica. Para el filósofo francés Eric Sadin, la humanidad tiene retos ontológicos, epistémicos y ético-políticos, porque lo que está de por medio es la autonomía.
En ese mundo el pensamiento capitalista se reproduce y regenera permanentemente a través de ideologías, información noticiosa, propaganda, publicidad o contenidos religiosos; los territorios tecnofeudales son una gigantesca maquinaria alimentada por datos de miles de millones de usuarios que, paradójicamente, creen ser libres en sus modos de pensar o actuar.
La dimensión ontológica está supeditada a los cambios tecnológicos y se adapta a éstos de forma familiar; el mundo digital absorbió espacios habituales dándoles nuevas categorías: trabajo en casa (home work), educación en línea, hacer videollamadas por Whatsapp, dar órdenes a inteligencias artificiales para “crear” algo. La alienación digital trajo como resultado la transformación del orden simbólico.
El mundo digital ha automatizado casi todas las manifestaciones humanas sin que hayamos comprendido los cambios ontológicos y cognitivos a los que nos estamos enfrentando. Ordenar a una inteligencia artificial que haga una ilustración no es arte; o que analice información bibliográfica tampoco es investigación documental. Las inteligencias artificiales y las repeticiones algorítmicas atrapan las producciones simbólicas y cognitivas.
El ser humano pasó de lo analógico a lo digital y devino en una subjetividad condicionada por el uso de la tecnología. El poder de la digitalización reside en su capacidad de subjetivar y dar sentido a todas las actividades humanas: hay aplicaciones para hacer ejercicio, ordenar la agenda del día, solicitar servicios de transporte o comida, para estudiar y miles más.
El tiempo y el espacio quedaron comprimidos en un solo dispositivo móvil y es éste el que absorbe en su totalidad la atención de quien lo usa. En el mundo algorítmico los objetos digitales se funden con las identidades, se vuelven secuencias de bits que se fortalecen de manera relacional. Esto trajo como consecuencia que las tecnologías sean indisociables de la condición humana.
Eric Sadin insiste que vivimos una domesticación a gran escala fruto de la omnipotencia del sistema tecnológico. La smartización no es más que otro eufemismo que legitima la sistematización del medioambiente digital; las tecnologías no cambian lo que hacemos; simplemente al transformar nuestras prácticas cotidianas, modifican lo que queda de nosotros.










