El uso de la palabra
Dr. Raúl Vázquez Espinosa
La cultura es nuestra diferencia. Es la manera en que nuestro rostro cobra sentido comunitario, pero también individual, somos con los otros. Como dice el capitán Marcos: «El rostro del ‘otro’ es su cultura, ahí está la diferencia. Lengua, creencias, valores, tradiciones, historias, se hacen cuerpo colectivo en una Nación y le permiten diferenciarse de otras y, con base en esa diferencia, relacionarse con otras. Una nación sin cultura es una entidad sin rostro, es decir, sin ojos, sin oídos, sin nariz, sin boca y sin cerebro». En una dirección semejante, María Lugones sostiene que el reconocimiento auténtico del otro solo es posible cuando asumimos la pluralidad de los mundos culturales que habita cada persona; de ahí su afirmación de que «Love reveals plurality» («El amor revela la pluralidad»), pues comprender al otro implica aceptar que existen múltiples formas legítimas de ser, vivir y significar el mundo. La diversidad, por tanto, tiene su raíz en la cultura, en la multiplicidad de lenguas, memorias, creencias, valores y tradiciones que hacen posible la existencia de identidades singulares y colectivas. No se trata de una diferencia que separa, sino de una diferencia que hace posible el encuentro, porque solo quien posee un rostro propio puede reconocer el rostro de los demás y establecer con ellos una relación fundada en el respeto, el diálogo y el reconocimiento mutuo.
En este sentido, las culturas históricamente dominantes han pretendido subsumir a las demás bajo sus propios parámetros de racionalidad, progreso y civilización. El problema no radica en la existencia de culturas con mayor influencia histórica, sino en la pretensión de convertir su horizonte particular en un horizonte universal. Como advierte el capitán Marcos, la unificación de todas las culturas bajo un mismo modelo representa, en realidad, su paulatina desaparición. La colonización de la diferencia produce una forma de violencia epistémica, deslegitima otros modos de conocer, de nombrar el mundo y de habitarlo, reduciendo la singularidad cultural mediante mecanismos jurídicos, políticos, educativos y morales que presentan como universal una tradición cultural nacida de la modernidad occidental. Frente a ello, la diferencia constituye un espacio de resistencia. Asumir lo que somos, desde el lugar que habitamos, con nuestras lenguas, memorias, creencias y formas de vida, no significa encerrarse en el aislamiento, sino preservar la posibilidad de una relación intercultural fundada en el reconocimiento mutuo y no en la asimilación. En esta misma dirección, Silvia Rivera Cusicanqui propone la categoría de lo ch’ixi para pensar la convivencia de diferencias que no se funden ni se anulan entre sí. Como escribe: «las entidades ch’ixi son poderosas porque no son blancas ni negras, sino las dos cosas a la vez». La fuerza de una cultura no reside, entonces, en diluirse dentro de una identidad homogénea, sino en conservar la tensión creadora de su diferencia. Solo así la pluralidad deja de ser un obstáculo para convertirse en la condición misma de una convivencia verdaderamente democrática.
En la actualidad, la colonización se ejerce, sobre todo, en el ámbito de la cultura. Un modelo civilizatorio de raíz anglo-occidental y norteamericano tiende a presentarse como el horizonte universal de la modernidad, difundiendo no únicamente una lengua, sino también formas de consumo, valores, imaginarios, criterios de éxito, concepciones políticas y una determinada comprensión del individuo y de la sociedad. La desaparición de una cultura ya no depende exclusivamente de la ocupación militar o de la dominación territorial; ocurre, con mayor eficacia, cuando un pueblo abandona paulatinamente su lengua, sus símbolos, sus memorias, sus ritos y sus formas propias de interpretar el mundo para asumir como naturales los referentes de una cultura hegemónica. La colonización cultural persigue, en última instancia, la unificación de los horizontes humanos bajo un único modelo de existencia. Una sola manera legítima de pensar, de vivir y, en palabras del capitán Marcos, un solo rostro.
Desde esta perspectiva, también se configura una geografía del poder. El «Norte» y el «Sur» dejan de ser categorías cartográficas para convertirse en posiciones dentro de un orden simbólico y político. El Norte representa el lugar desde donde se define qué cuenta como conocimiento, progreso, desarrollo o civilización; el Sur designa el espacio al que se le asigna la condición de atraso, dependencia o insuficiencia. Como señala el capitán Marcos, existe un «arriba» y un «abajo» que no responden a la latitud, sino a las relaciones de dominación. El «arriba» concentra la capacidad de nombrar, clasificar y legitimar; el «abajo» aparece como aquello que debe ser corregido, incorporado o civilizado. De este modo, la mayor parte de los pueblos del mundo son situados simbólicamente en ese Sur construido por la mirada colonial: el espacio de los otros, de los diferentes, de los que aún no alcanzan el modelo considerado universal. Frente a esta lógica, defender la cultura propia no constituye un acto de aislamiento romántico, sino una afirmación de la pluralidad humana y una resistencia frente a la pretensión de reducir el mundo a una única forma de habitarlo.
Nuestra diferencia, nuestra cultura, no significa aislamiento; por el contrario, constituye una afirmación de la pluralidad humana. Defender una lengua, una memoria, unos símbolos o una tradición no implica levantar fronteras frente a los otros, sino ofrecer un rostro propio desde el cual sea posible el encuentro. María Lugones lo expresa con una formulación profundamente filosófica: «Love reveals plurality». El amor auténtico no uniforma ni absorbe; revela que el otro habita un mundo distinto al nuestro y que esa diferencia es condición de toda relación verdadera. La unidad, advierte Lugones, no debe confundirse con la homogeneidad, pues cuando la diferencia desaparece también se desvanece la posibilidad del reconocimiento mutuo. En un horizonte semejante, Rosario Castellanos reclama «Otro modo de ser humano y libre. Otro modo de ser». Esa posibilidad de «otro modo» no es únicamente una reivindicación individual, sino también cultural: la afirmación de que existen múltiples maneras legítimas de habitar el mundo, de construir comunidad y de comprender la dignidad humana. Resistir la colonización cultural consiste, entonces, en preservar esa pluralidad irreductible. Mientras el Sur conserve sus lenguas, sus memorias y sus formas propias de nombrar la realidad, continuará respirando y ofreciendo al mundo aquello que ninguna cultura hegemónica puede producir por sí sola: la riqueza inagotable de la diferencia.
La defensa de la cultura es, en última instancia, la defensa de la condición humana. Allí donde una lengua desaparece, donde una memoria colectiva es sustituida por otra o donde una tradición deja de transmitirse, el mundo pierde una forma irrepetible de comprender la existencia. La diversidad cultural no constituye un obstáculo para la convivencia, sino la posibilidad misma de una humanidad verdaderamente universal. No existe un universal construido desde la eliminación de las diferencias; el único universal éticamente posible es aquel que reconoce la legitimidad de los múltiples rostros con los que la humanidad se expresa. Defender la cultura significa, entonces, defender el derecho de cada pueblo a nombrar el mundo con su propia voz, a interpretar la realidad desde su propia historia y a participar en el diálogo de las naciones sin renunciar a aquello que le otorga identidad. Solo así el encuentro entre los pueblos dejará de ser una relación de subordinación para convertirse en una auténtica conversación entre diferencias que, lejos de excluirse, se enriquecen mutuamente.










