La construcción artificial del sí mismo en la reputación digital

La construcción artificial del sí mismo en la reputación digital

El Hipsterbóreo

Luis Fernando Bolaños Gordillo

La internet impuso cambios en la forma de autorepresentarnos, así como en los modos de construir nuestra imagen e ideas; el afán de hipervisibilización fue aprovechado por la psicopolítica a través del “sentiment análisis”, que es una metodología de tratamiento computacional que sistematiza las opiniones, los sentimientos y todas las manifestaciones de la subjetividad para usarlos posteriormente con fines políticos o comerciales.

El capitalismo de plataformas impuso costumbres como buscar en Google el nombre de cualquier persona o revisar su perfil en las redes sociodigitales, a fin de conocer no solamente su experiencia profesional, sino su confiabilidad, moralidad o posicionamientos hacia ciertos temas. Todo lo que compartimos, comentamos o publicamos en cualquier red contribuye a construir -o destruir- nuestra reputación digital.

Nuestra visibilidad ante los demás trae consecuencias y una de ellas es el cuidado permanente de la imagen que proyectamos de nosotros mismos; esa reputación no es solamente una especie de aura moral, es también una mercancía con valor de cambio que obedece a modas, tendencias o agendas. Ya no estamos hablando solamente de la exteriorización de nuestros valores, sino de una imagen que corresponde a nuestros intereses dentro del sistema.

En ese contexto, el análisis de nuestros perfiles es fundamental en los ecosistemas digitales donde se da preponderancia al significado de cualquier contenido; en esa tarea los algoritmos procesan al instante millones de datos y extraen patrones de comportamiento, preferencias de consumo, manifestaciones identitarias y toda clase de estructuras que sirven posteriormente para fines políticos, ideológicos o publicitarios.

Mantener una buena reputación digital también es una forma de legitimar al sistema a través de buenos comportamientos que no siempre corresponden a un sentido de autenticidad. El ser, ontológicamente hablando, se vacía de sí mismo a fin de encajar en un sistema que mantiene el orden a través de la vigilancia mutua y el consumismo; el mundo digital es el espacio donde es muy conveniente ser políticamente correcto.

La reputación digital, lejos de ser una expresión auténtica, es fruto de la construcción superficial de atributos que corresponden con intereses personales o laborales; miles de personas han tomado cursos sobre cómo autorepresentarse exitosamente en las redes sociodigitales, a fin de lograr este cometido que se asemeja mucho a la meritocracia. Así, cada texto o imagen compartida lleva consigo la necesidad de aceptación social o de proyección profesional.

En ese contexto, cada fotografía o video publicado, los comentarios, o los “me gusta”, son parte de nuestras huellas digitales; al pasar el tiempo, lo que aparentan ser pequeñas acciones se acumulan y cimientan nuestra imagen y presencia; lamentablemente la digitalización de la subjetividad expresa quiénes somos, qué nos interesa y cómo nos relacionamos con los demás en torno a ciertos temas o tendencias.

Aparentemente las redes sociodigitales son espacios de encuentros donde debiera prevalecer el carácter ontológico que distingue a cada persona, pero en ese mundo hay motivaciones ideológicas, políticas, religiosas, identitarias, entre otras, que propician que su uso corresponda a una falsa representación del yo. Creyéndose autónoma cada persona busca fortalecer su imagen, su presencia, su prestigio y, sobre todo, su reputación digital, siendo esta última la que más se cuida, porque en caso de ser negativa el juicio es sumario.

En este nuevo orden surgieron neologismos como el de “funar”, entendido como el acto de exponer públicamente a una persona, empresa o institución por comportamientos reprochables, inmorales o delictivos. El afán de mantener la reputación digital intacta genera que haya que adoptar y reproducir opiniones que no son propias con tal de no ser enjuiciados; bajo esta perspectiva, la reputación digital terminó siendo un artificio para mantener un lugar dentro del orden imperante.

Este falso yo fue convertido en una forma de capital social y simbólico que puede abrir o cerrar puertas en todos los ámbitos; el pensamiento meritocrático promueve que los usuarios de las redes sociodigitales mantengan una excelente reputación, porque van de por medio la identidad proyectada; la identidad percibida; y la identidad algorítmica.

Pareciera que al final de cuentas son los algoritmos los que deciden quién tiene un perfil confiable, influyente o problemático. En esterastro digital que jamás podrá eliminarse, un comentario desafortunado de hace diez años atrás, por ejemplo, puede influir en el resultado de una contratación laboral o en la aspiración de ocupar un puesto de representación popular.

La reputación digital ha acaparado la atención y el tiempo de millones de personas que tienen que autocensurarse porque saben que la internet no olvida, y que ser enjuiciado o eliminado del mundo digital es una de las mayores amenazas a la estabilidad en todos los sentidos.

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