El Hipsterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
El predominio del uso de las inteligencias artificiales ha llegado a tal grado de que, sin importar del género musical del que estemos hablando, las capacidades creativas y expresivas se han digitalizado trayendo consigo el gusto por escuchar a entidades holográficas o incluso grupos que no existen. El mercado de la holografía en el ámbito musical creció vertiginosamente a nivel mundial y se estima que genere más de 11 mil millones de dólares de ganancias para el año 2031.
Hatsune Miku es la estrella virtual más famosa de Japón y funciona mediante el software Vocaloid desarrollado por Yamaha; su imagen es la de una adolescente moe de 16 años, que fue desarrollada por Crypton Future Media. Para dar voz a este holograma se sampleó la voz de Saki Fujita, una reconocida cantante nacida en 1984 que nutrió al banco de voces de Vocaloid, empresa que se asume como creadora de los sonidos del futuro.
Este desarrollo tecnológico generó más de 120 millones de dólares solo por la venta del software de voz y tiene más de 4 millones de suscriptores en YouTube a nivel mundial, lo que garantiza grandes ganancias para sus creadores. En este entramado comercial, Crypton Future Media obtiene ganancias a través de la venta del software, los conciertos en vivo, mercancías y licencias de la imagen de Hatsune Miku.
Gorillaz es otro ejemplo de este desarrollo tecnológico y la agrupación tiene una larga y compleja historia -ficticia, por supuesto- que otorga cualidades únicas a sus integrantes virtuales. Este artificio digitalizado es considerado como el grupo virtual más exitoso del mundo. Aunque los hologramas fueron una novedad en su irrupción en internet, Gorillaz evolucionó hacia otras formas de representación visual, incluyendo el uso de realidad aumentada y proyecciones más avanzadas.
Grupos como estos despojan a la música de la riqueza de la subjetividad y representan la expansión del capitalismo de plataformas para construir nuevas formas de consumo que generan miles de millones de dólares en ganancias; estas representaciones digitales desdeñan la expresión humana y se centran en el diseño de voces futuristas. Esta transmedialidad se fue imponiendo en los modos de producción de las industrias del entretenimiento y lo virtual se impuso sobre las expresiones auténticas.
Desde mediados del siglo pasado, el filósofo alemán Theodor Adorno advirtió que “los lamentos por la decadencia del gusto musical no son mucho más recientes que la contradictoria experiencia que puso a la humanidad en el umbral de una época histórica: que la música representa al mismo tiempo la inmediata manifestación del deseo y la solicitud de su aplacamiento”.
De igual manera, el fenómeno de los grupos fantasma se ha consolidado en las plataformas digitales; dejaron de ser una especie de experimento y se convirtieron en una estrategia de ingeniería social que tiene la capacidad de manipular los deseos y convertirlos en mercancías. Estos grupos no son entidades reales y son, retomando la teoría de Jean Baudrillard, una simulación diseñada para crear nuevos mercados, aficiones, gustos por lo hiperreal y percepciones falsas de identidad, popularidad o, peor aún, calidad.
Dentro de la economía de la atención que distingue a esta fase del capitalismo, estos grupos representan la automatización del engaño. Los algoritmos hacen lo suyo para la integración de perfiles extraídos de las preferencias de millones de usuarios, lo que se conoce como granjas de clics. En esta ingeniería se analiza las interacciones de la gente en Facebook, X, Instagram. Tik Tok o WhatsApp, a fin de que estos grupos sean más reales; para ello se suelen buscar nombres atractivos, imitar fotografías de portadas y copiar descripciones de grupos reales.
Los grupos fantasma son una cáscara vacía que simula ser habitada y para matizar esto se emplea lo que se conoce como AstroTurfing, que son los apoyos de comunidades integradas por miles o millones de personas que escriben mensajes de simpatía hacia estas entidades. En la economía de plataformas prevaleciente, el número de miembros de comunidades que simpatizan con un grupo ficticio equivale a tener poder, influencia y valor en el mercado.
La música generada mediante inteligencias artificiales es aparentemente funcional e inofensiva, pero impacta notablemente en la desaparición de grupos reales que quieren ganarse un lugar en el mercado; la digitalización musical atenta contra la libertad de expresión mediante letras triviales carentes de una inspiración artística llena de complejidad, completitud y totalidad musical. Estos artificios también sirven para frenar el crecimiento de cantantes o agrupaciones independientes que tienen posicionamientos autónomos, críticos o contestatarios.
Los grupos fantasma son la contaminación auditiva del siglo XXI y desde una perspectiva decolonial es vital impulsar proyectos y estrategias de higiene digital para distinguir entre las creaciones humanas y la superficialidad de una maquinaria que produce canciones a granel.










