El Hipsterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
El predominio de los algoritmos y las inteligencias artificiales llega a tal grado que todas las manifestaciones de nuestra subjetividad han sido absorbidas por los avances tecnológicos; los sentimientos, las emociones y las sensaciones fueron convertidas en mercancías que producen dependencia emocional, fetichismo y satisfacen, en teoría, los deseos.
Las nuevas estructuras digitales venden al acto de amar como un despliegue de historias y futuras experiencias placenteras, pero esas narrativas se hacen acompañar de productos y servicios encaminados a llenar huecos emocionales; amar ya no es un encuentro lleno de profundidad y sentido, ahora es una dimensión materialista que muestra el vacío provocado por la modernidad.
En su obra El Anti Edipo, los filósofos franceses Gilles Deleuze y Félix Guattari, señalaron que el amor ya no es un sentimiento romántico ni una búsqueda de completitud, es un agenciamiento deseante; el despliegue tecnológico se encarga de producir nuevas intensidades artificiales que desafían a las nociones tradicionales que tenemos de la familia o de la vida en pareja.
El amor fue convertido en una forma de consumo y el sistema de producción imperante pone al alcance de las personas infinidad de productos llenos de signos que envuelven el mundo de los sentimientos; allí están los imaginarios, las aspiraciones, los deseos o los sentidos que se le otorgan a los actos de amar y ser amado: los sujetos son portadores de signos de un amor artificial.
Una tendencia que inunda en estos momentos a las redes sociodigitales es la recreación de la futura alma gemela; las inteligencias artificiales se encargan de bocetar el rostro o la apariencia que tendrá el anhelado ser amado. Esta idealización forma parte de cadenas asociativas que aglutinan, en términos subjetivos, la construcción de signos acordes con la encarnación de los imaginarios amorosos.
Para materializar esto, los datos proporcionados por millones de personas durante su navegación por internet son procesados para generar el producto deseado. La edad, fecha de nacimiento, signo zodiacal, género, condición económica, ciudad en la que se vive o detalles significativos de la vida privada, sirven para que el retrato romántico aparezca en la pantalla de la computadora o del dispositivo móvil.
Esos instrumentos se valen de la necesidad de amor del individuo deseante para develar la forma que adquirirá la futura alma gemela; ésta ha sido dotada de atributos encaminados a llenar el vacío, el abandono, la desazón o la tristeza. Ese objeto digital fue dotado de trascendencia, pero su función dentro de las estructuras digitales es predeterminar los modos de existencia de quienes utilizan estos recursos en la red.
Esta recreación artificial es una negación del mundo real; el despliegue tecnológico hace del alma gemela una condición estructural que distorsiona el campo perceptivo de quien necesita amor. Así, los signos inmateriales que distinguían al sentido tradicional del amor devienen en propiedades que han sido explotadas al máximo por el capitalismo como el sentido otorgado a la belleza física o la apariencia.
En estos modelos influidos por los emporios de belleza, el semblante retocado artificialmente no es acorde al sujeto deseante; su historia personal fue reducida por su historial de hábitos de consumo en la red. Ese rostro es una especie de mentira piadosa que consolará durante cierto tiempo a los consumidores que, lamentablemente, han legitimado a la internet y las redes como fuentes de amor.
Si tomamos en cuenta a nuestros rostros como expresión de la identidad, los nuevos signos otorgados a éstos los convierten en productos que estarán a la disposición de quienes paguen por estos servicios en la vitrina global. Lamentablemente esto impone un predeterminismo, porque el rostro creado artificialmente será la base para su búsqueda en lo que todavía queda del mundo real.
Al analizar estos tiempos, Gilles Lipovetsky afirmó que esta sociedad de hiperconsumo se distingue por la espiral de la ansiedad, las depresiones, la carencia de autoestima, el duro trabajo de vivir, donde se tiene la sensación de que la vida es opresiva, caótica e ‘insoportable en soledad. Para él nuestra civilización ha destruido la tranquilidad con uno mismo y promueve la búsqueda de satisfacciones.
Canales de videos










