El Hipsterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
La pregunta por el sentido del ocio debe plantearse para comprender la necesidad que tiene el ser humano de entretenerse; responder a ésta implica analizar cómo nos percibimos ante ese acto y develar qué tipo de gratificaciones están presentes. Dadas las condiciones de digitalización prevalecientes, es pertinente identificar qué comportamientos hay en ese acto para aproximarnos fenomenológicamente al ser y estar en ese ámbito.
¿En qué ha cambiado el sentido otorgado al ocio y al tiempo libre en esta era donde prácticamente todas las manifestaciones humanas han sido digitalizadas? El streaming transformó radicalmente el consumo mediático y trajo un orden que, bajo la bandera de libertad, condiciona qué hacer en el tiempo libre. Esta tarea se dificulta por la complejidad de la subjetividad humana que podría, ya que hay infinidad de motivos para buscar entretenerse.
Un factor que salta a la luz es el de la libertad y bajo ésta las redes sociodigitales y las plataformas de streaming se venden bajo la premisa de que hay libertad para elegir los contenidos, pero los millones de horas disponibles en series o películas están calculados con base en la idiosincrasia, preferencias, identidades y, por supuesto, las formas de consumo. Dicho condicionamiento estaría relativizando el sentido de elección e imponiendo un carácter alienante.
También es pertinente cuestionar la aparente satisfacción instantánea que dan esas redes, los videojuegos en línea, las plataformas musicales o los canales de series, películas y telenovelas, porque estamos ante las manifestaciones de un sistema alienante donde los espectadores son literalmente despojados de formas enriquecedoras de pasar el tiempo. Podría decirse que el ser que se entretiene está en búsqueda de una satisfacción, pero también está la posibilidad de que éste se vea a sí mismo dentro de las producciones que consume, es decir, un asunto de identificación.
Probablemente por esta razón ese consumo mediático esté más allá del placer sensorial, ya que hay algo profundo que influye en que se prefiera pasar más tiempo con el dispositivo móvil, la computadora o la televisión, que haciendo cosas al aire libre con la familia o con los amigos; la relación con el ocio cambió y con ello el sentido de ser y estar en el mundo. Los modos de dirigir la mirada al entretenimiento han cambiado y esto es síntoma de comportamientos constitutivos generados por el consumo. Acá cabría hacer la distinción entre entretenerse y consumir porque pareciera que fuesen la misma cosa.
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han señala que el ocio digital es una prisión invisible construida con la promesa de libertad; es el comportamiento de los consumidores el que me motiva a cuestionar hasta qué punto la idea de desconectarse es impensable o, peor aún, imposible. No hay un empoderamiento de los espectadores sobre los contenidos; porque no son dueños de su tiempo libre, están subordinados a una hiperconectividad que tiene infinidad de posibilidades para entretener; cada usuario tiene en su pantalla recomendaciones sobre las series o películas más vistas y esto determina lo que hará con su tiempo de ocio.
Ese mundo es saturado con infinidad de significantes que impiden al espectador repensarse; la experiencia personal se reduce a una contemplación mecánica que es bombardeada por producciones que aparecen y desaparecen de acuerdo a las tendencias. Esas plataformas no fomentan la interacción, las experiencias ante la pantalla son individuales y cada contenido es creado con el fin de validar la existencia personal en el mundo virtual. Quizá esto explique de alguna manera la identificación de los jóvenes con las narcoseries o producciones que hacen apología de las violencias.
El ocio digital es la cara visible de procesos de alienación que llevan lustros fortaleciéndose; el yo de los espectadores se diluye para sumarse a miles o millones de fanáticos de cualquier tipo de producción. Los espectadores no son más que sujetos ávidos de consumir cualquier cosa que se les ponga enfrente, que siempre estarán alertas a las novedades que ofrecen esas plataformas. La estructura tecnológica impuso de paso nuevas experiencias de consumo en las que los espectadores creen ser expertos tanto para elegir contenidos o para recomendarlos.
La infinitud de significantes y la aparente inmediatez de la gratificación saturan la memoria de los espectadores, quienes no procesan con calma los contenidos; es común que en el lenguaje promovido por esas plataformas se invite a la gente a hacer maratones de series los fines de semana, lo que implica estar a merced de un ritmo vertiginoso donde no hay tiempo para la quietud o la contemplación.
El ser humano ha perdido paulatinamente el ocio como un espacio de convivencia familiar, de estudio o de reflexión; la digitalización del ocio es un opio más dentro de la sociedad contemporánea, ya que no es un espacio promotor del arte, las libertades o la autodeterminación. Byung-Chul Han puso en el debate filosófico los efectos de un ocio colonizado atado a las industrias del entretenimiento que ha perdido la facultad de atender y experimentar en primera persona las cosas simples de la vida.
El impacto del ocio digital va más allá de ser una novedosa forma de entretenerse; altera la memoria, acapara la atención y determina qué se hará en el tiempo libre. Estamos en una espiral donde cada contenido intensifica la dependencia hacia estas plataformas, lo que hace pensar que desconectarse se vuelva prácticamente imposible.










