La Lección de las Tortugas Chiapanecas

La Lección de las Tortugas Chiapanecas

Jenner Rodas Trejo

Mientras el mundo se desangra en conflictos, con una amenaza latente de otro conflicto bélico de grandes proporciones a nivel mundial y México batalla contra la inseguridad y la crisis económica, Chiapas demuestra que sí es posible ganar una guerra: la de la supervivencia. En las costas chiapanecas se libra desde hace 30 años una batalla silenciosa que ha logrado lo impensable: devolver la vida al mar. El proyecto de Protección de la Tortuga Marina en Chiapas no es solo una historia de conservación exitosa. Es la prueba contundente de que cuando sociedad y gobierno unen fuerzas, los milagros son posibles.

Esta historia inicia en 1990, cuando se decretó la veda total para todas las especies de tortuga marina, estas especies habitantes de la tierra por millones de años estaban al borde de la extinción. Las costas chiapanecas, que alguna vez fueron santuarios naturales, registraban apenas 200 nidos por año en toda su extensión. Los huevos se vendían como falso afrodisíaco en los mercados, los caparazones se convertían en peinetas de carey, y las redes pesqueras se cobraban víctimas incidentales cada día.

Tres décadas después, los números hablan por sí solos: de 200 nidos hemos pasado a más de 7,000 por año. De 20,000 huevos recabados a 700,000. Y aquí viene el dato que enorgullece al personal que dedica su vida a salvar a estas especies: Chiapas tiene una tasa de éxito del 80% en nacimientos, de la más altas del país.

Esto significa que cada año aproximadamente 560,000 tortuguitas regresan al mar desde las costas chiapanecas. Una cifra que no solo habla de números, sino de futuro.

¿Cómo se logró este milagro? Con algo que escasea en México: continuidad, compromiso y trabajo coordinado. Cinco campamentos tortugueros —uno federal en Puerto Arista y cuatro estatales distribuidos estratégicamente en la costa — han trabajado sin pausa durante tres décadas.

No hubo cambios de sexenio que detuvieran el proyecto. No hubo recortes presupuestales que lo cancelaran. Tampoco politización que lo contaminara. Hubo, simplemente, gente comprometida haciendo su trabajo día tras día, noche tras noche, vigilando playas, protegiendo nidos, educando a pescadores y turistas.

El estado de Chiapas alberga cuatro de las ocho especies de tortugas marinas que existen en el planeta. Esto no es casualidad geográfica: es responsabilidad histórica. Y por primera vez en décadas, podemos decir que hemos estado a la altura.

Este proyecto trasciende la conservación de una especie. Es una lección de política pública para un país acostumbrado al fracaso institucional. Mientras programas sociales millonarios se han perdido en la corrupción y proyectos faraónicos se han convertido en elefantes blancos, un puñado de biólogos y voluntarios ha construido, nido por nido, una historia de éxito ambiental muy imporante en Chiapas y México.

Las tortugas que hoy anidan en nuestras costas son chiapanecas de nacimiento. Regresan al lugar donde nacieron gracias a un instinto y a la protección que antes no tuvieron. Son la prueba viviente de que las políticas públicas serias dan frutos, aunque tarden décadas en madurar.

Pero no todo es celebración. El consumo de huevo de tortuga sigue arraigado culturalmente. El desarrollo turístico descontrolado amenaza las zonas de anidación. Y la contaminación marina, especialmente por plásticos, representa un enemigo silencioso.

La conservación de la tortuga marina en Chiapas no debe ser vista como un programa gubernamental más. Es un patrimonio que debe protegerse de los cambios políticos, los recortes presupuestales y la desidia administrativa.

Si Chiapas pudo sacar del abismo a las tortugas marinas, México puede sacar del abismo sus instituciones, su seguridad, su democracia. La fórmula está probada: continuidad, compromiso y trabajo coordinado.

La próxima vez que un político prometa resultados inmediatos, recordémosle que las tortugas chiapanecas tardaron 30 años en recuperarse. Y que algunas batallas valen la pena, aunque tomen toda una vida ganarlas.

Las 560,000 tortuguitas que cada año regresan al mar desde nuestras costas llevan consigo más que instinto de supervivencia. Llevan la esperanza de que, cuando queremos, los chiapanecos sabemos cuidar lo que vale la pena.

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