El Hispterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
Una de las consecuencias de ser representado como sujeto portador de verdades en las redes sociodigitales, es que el ente político pierde el sentido de sí mismo y, por ende, el sentido de su voluntad de poder. Sobre esta representación, Ricoeur (2006) cuestionó: “¿No desaparece el «yo», en cuanto yo, desde el momento en que se confieren al enunciado dos referencias de dirección opuestas, la una hacia la cosa significada y la otra hacia la cosa significante?”
Aparentemente, hay una consideración ontológica en la construcción del sentido de la verdad aunada al manejo de la imagen personal del ente, pero ésta se difumina en el momento en que un equipo de trabajo es contratado para escribir los discursos, reconstruir las imágenes de sus clientes y adaptar a estos a las tendencias que van y vienen conforme a agendas preestablecidas.
Gracias a la ingeniería de la imagen y a la mercadotecnia, el ente político adquiere un sentido icónico-discursivo que sirve para manipular sus designaciones como sujeto portador de verdades y, en este sentido, su discurso es una proposición que no fue construida por éste; obedece a situaciones o necesidades del partido en su relación con el contexto.
Más allá de posicionar una imagen favorable de algún personaje, ya sea como candidato a un puesto de representación popular o en su ejercicio como servidor público, las redes sociodigitales como instrumentos del poder sirven para fijarlo como portador de verdades y al mismo tiempo para diferenciarlo de otros seres que a su vez son proyectados como promotores de la suya.
El filósofo argentino José Pablo Feinmann (2013) ubicó estas tareas en el ámbito de la inautenticidad, porque estamos hablando de seres que son pensados desde el poder y por ello resulta más que imposible construir verdades alrededor de ellos. Los entes digitalizados obedecen más a una estética impuesta desde el orden neoliberal que a la promoción de propuestas y proyectos a largo plazo.
Cualquier político puede convertirse de un momento a otro en feminista o ser solidario con los migrantes; como ente sin voluntad abrazará esos discursos y tomará parte en eventos que serán registrados en audios, videos y fotografías. Una imagen bien elaborada puede mandar a las sombras todo un historial de corrupción, tráfico de influencias, conflictos de intereses, compadrazgos, nepotismo, acoso, hostigamiento, desvío de recursos y muchos más.
Lamentablemente estamos habituados a dar sentido al sin sentido, a objetivar lo subjetivo, a convertir posverdades en verdades -o viceversa-, de adaptarnos a las tendencias que más convengan a nuestros intereses y por ello tiene relevancia señalar con mayúsculas de cómo la imagen otorgada a cualquier ente político corresponde a una serie de subjetividades sujetas a modos de producción.
Por ello, es importante analizar el paso de estos personajes en la política-espectáculo en cuanto a cómo se traza su aparecer desde sus propias instancias, así como sus continuidades, sus horizontes o hasta sus mentiras y contradicciones. Acá se aplica aquel adagio de que si el sujeto no tiene contenidos hay que dárselos, pero esto tiene implicaciones profundas porque va de por medio de que éste deje de ser él mismo y que lo conviertan en una cosa que no es.
Este es un ámbito caótico donde el poder y el lenguaje constituyen horizontes para que sus actores vayan, conforme a los trazos que se les fueron haciendo desde la mercadotecnia, la ingeniería de la imagen y las innovaciones tecnológicas, vayan “más allá” de sí mismos -más no por ellos mismos. Otra consecuencia de esto es que ya no visibilizamos políticos con propuestas, sino entes digitalizados envueltos en una guerra de significantes.
Lo considerado como real es producto de la resignificación de la estructura simbólica imaginaria existente en un contexto sociocultural y los políticos como representación de su artificio como sujetos portadores de verdad pueden verse impedidos de constituir sus propios discursos e imágenes. El ente político se niega a sí mismo al aceptar las condiciones para convertirse en objeto digital; lo que si es visible es la ausencia de plataformas políticas: las redes sociodigitales muestran el vacío de la política-espectáculo.
Estas tareas no son solo una decoración, ya que la infinidad de significados otorgados a cada ser político también tiene relación con el orden simbólico y el lenguaje expresado está constituido por imágenes del estilo de producción imperante. Las redes sociodigitales muestran seres simulados en imagen y discurso, algo que ya no son, porque perdieron la condición de ser ellos mismos, pero que ganaron, paradójicamente, posicionarse en la subjetividad colectiva.
Esta fragmentación impide que estos entes transciendan el contexto de las condiciones históricas de sus partidos, porque lo que están de por medio son sus imágenes y el espectáculo que generan; no hay un ser y existir en la política en el pleno sentido de la palabra, sino un aparecer sin ser. La producción en serie de entes falsos está supeditada a la fantasía de sus creadores, a la que podemos entender como una maquinaria alienante que no solamente opera en beneficio del político contemplado, sino del orden del sistema en su conjunto.
Esto fortalece las políticas del afecto, es decir, cuando un ente es querido, admirado y valorado por el pueblo por lo que supuestamente postea por sí mismo en las redes sociodigitales; pero al estar separado de su autenticidad, este ente cada vez produce menos por sí mismo los detalles de su mundo y su vida es simplemente la materialización de una fantasía. En pocas palabras, ha sido desposeído de sí mismo para ser puesto como un actor de reparto de la política-espectáculo, con papeles y vestuario que no corresponden con lo auténtico.










