La sucesión en Tuxtla

La sucesión en Tuxtla

Juan Pablo Zárate Izquierdo

El periodo del actual alcalde de Tuxtla Gutiérrez concluye el 30 de septiembre de 2027 (hasta el próximo año), las elecciones municipales serán en junio de ese año. Los tiempos electorales no han comenzado. Y sin embargo, en las columnas políticas y blogs locales, en los grupos de WhatsApp, en los corrillos de todas las dependencias, comercios y en los muros de Facebook, ya circula con insistencia una sola pregunta: ¿quién sigue?

La anticipación sucesoria no es novedad en la política mexicana, pero sí merece análisis para la Ciencia Política. ¿Por qué ocurre esto? ¿Qué lo activa? ¿Es síntoma de madurez ciudadana o de un sistema político que no puede concentrarse en el presente?

La primera respuesta es estructural y si hablamos de ciencia política, es imprescindible mencionar a Giovanni Sartori, que lo explicaba con claridad: en sistemas donde un partido domina de manera hegemónica -y Morena lo es hoy en Chiapas- la verdadera competencia no ocurre en las urnas sino dentro del partido. Saber quién será el candidato oficial equivale a saber quién gobernará. La sucesión se vuelve así el proceso político real, anterior e independiente del proceso electoral formal. Y eso obliga a moverse desde antes.

La segunda respuesta es cultural y en materia sociológica, el político Norbert Lechner señalaba que las democracias latinoamericanas marcadas por una inestabilidad institucional desarrollan una percepción reducida del tiempo político: hay urgencia de actuar ya porque nadie confía en que las reglas sigan siendo las mismas mañana. 

En Chiapas, cuya historia política es un catálogo de rupturas, traiciones, conveniencia de intereses y un electorado moldeable, los actores aprendieron que quien espera al momento “correcto” llega tarde. La anticipación no es irracionalidad entonces: es usar la memoria política de todo lo que ocurre cuando se acercan los procesos electorales.

La tercera respuesta tiene que ver con el peso específico de Tuxtla. Esta no es una alcaldía cualquiera. Quien gobierna la capital concentra visibilidad, recursos y legitimidad suficientes para proyectarse hacia mayores ambiciones. La presidencia municipal de Tuxtla es, históricamente, un escalón necesario. Y los actores que están alrededor del poder lo saben perfectamente.

A todo esto, se suma el factor que más distingue a esta generación de la anterior: las redes sociales. 

Manuel Castells advirtió hace más de una década que el poder en la sociedad en redes se ejerce mediante el control de narrativas y flujos de información. Hoy, un posible aspirante que recorre una colonia popular y sube el video a redes acumula capital político real antes de declarar candidatura alguna. Un rumor sobre la decisión de quien gobierna se convierte en tendencia antes de que ningún medio lo verifique. 

La especulación digital ya no es el eco de la política: es parte orgánica de ella.

¿Será malo esto? No necesariamente. El debate sucesorio anticipado puede enriquecer la conversación pública, ampliar el espectro de aspirantes y funcionar como un mecanismo informal de presión sobre el gobierno municipal actual (donde ya lo existe y se recrudeció por el famoso tema de SMAPA). 

El riesgo, sin embargo, es real. Cuando la obsesión por quién puede venir después desplaza la exigencia sobre quien está ahora, la política se convierte en un eterno ejercicio de futurología que deja en segundo plano los problemas urgentes: la seguridad, el agua, la movilidad, el comercio y empleo informal que agobia a miles de tuxtlecos. 

El costo de las democracias delegativas sugiere que el poder resulta tan personalizado que toda conversación política termina girando en torno a personas, no a instituciones ni a políticas públicas.

El francés Pierre Bourdieu diría sobre nuestro ambiente tuxtleco, que lo que estamos viendo es simplemente el campo político funcionando con su lógica propia: los actores acumulan capital político, los medios locales lo distribuyen y lo retiran, y la ciudadanía participa unas veces de manera crítica y otras como simple audiencia, de un espectáculo que tiene sus propias reglas de juego.

El reloj sucesorio en Tuxtla ya está corriendo. Nadie lo detendrá. Hay nombres y apellidos en boca de todos los capitalinos, mencionan plan A, plan B, incluso Plan C o de ser posible si habrá candidatura masculina o femenina.

La pregunta pertinente no es si debería o no existir un debate o que los tuxtlecos estén ya enmarañados en una sucesión que, tarde o temprano llegará a sus términos políticos y electorales para dar paso a lo reglamentario en un proceso electoral, sino ver si son capaces de sostener las discusiones sin que los distraiga de lo fundamental: que se revuelvan toda necesidad que ha aqueja tanto por décadas a esta ciudad, antes de empezar a discutir quién resolverá lo que no resolvió.

La sucesión ya se ha adelantado y camina hacia todos los extremos, pero, en todo caso, aplicaría aquella máxima de los abuelos: ¿Para qué cortar las manzanas verdes?, si maduras caen solas.

*Profesor Investigador en Ciencias Políticas de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas

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