El Hipsterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
Desde una mirada superficial, la meritocracia parece constituir un principio justo de organización social: una sociedad abierta debería permitir que las posiciones, oportunidades y recompensas se distribuyan de acuerdo con las capacidades, los conocimientos, el esfuerzo y los méritos individuales.
Bajo esta lógica, quien trabaja más, se prepara mejor y demuestra mayores competencias estaría en condiciones de alcanzar mejores posiciones. El problema comienza cuando esta premisa deja de ser una aspiración de igualdad y se convierte en una explicación total de las desigualdades sociales.
En México, particularmente desde las transformaciones del mercado laboral impulsadas durante las últimas décadas, el discurso del mérito adquirió una presencia creciente en las instituciones, las empresas y los procesos de selección de personal.
La expansión de los headhunters, las nuevas modalidades de reclutamiento y la profesionalización de los recursos humanos contribuyeron a consolidar una cultura laboral en la que el individuo comenzó a ser concebido como responsable casi exclusivo de su trayectoria profesional. El éxito dejó de presentarse como resultado de una combinación de condiciones sociales, económicas, educativas y familiares, para convertirse, cada vez más, en una especie de proyecto personal.
Durante los últimos años, las categorías de mérito y meritocracia han sido apropiadas con especial intensidad por diversos discursos políticos y empresariales vinculados con las derechas. Su narrativa suele articularse con el lenguaje motivacional, los discursos del emprendimiento, los conferenciantes que prometen fórmulas para alcanzar el éxito y una amplia industria editorial de la autosuperación.
En todos ellos aparece una misma promesa: si una persona se esfuerza lo suficiente, desarrolla sus capacidades y persevera, podrá alcanzar cualquier objetivo. Esta idea resulta atractiva porque transforma una realidad social compleja en una ecuación aparentemente sencilla: esfuerzo más talento igual a éxito. Pero precisamente ahí se encuentra una de las principales trampas de la meritocracia.
No todos comienzan desde el mismo lugar. Las oportunidades educativas, el patrimonio familiar, el capital cultural, las redes de contactos, el lugar de nacimiento, el género, el acceso a servicios de salud, la calidad de la educación recibida e incluso los procesos de discriminación asociados con el origen social o la pigmentocracia condicionan las posibilidades de ascenso.
Por ello, resulta insuficiente afirmar que las sociedades meritocráticas ofrecen las mismas oportunidades para todos. La igualdad formal de oportunidades no equivale necesariamente a una igualdad sustantiva de posibilidades. Una carrera puede tener las mismas reglas para todos los participantes y, al mismo tiempo, comenzar con competidores que poseen recursos completamente desiguales. Algunos llegan a la línea de salida con educación de calidad, redes familiares, estabilidad económica y tiempo disponible para prepararse; otros llegan cargando precariedad, responsabilidades familiares, incertidumbre económica y múltiples formas de exclusión.
De este modo, el discurso meritocrático puede convertir una desigualdad estructural en una diferencia aparentemente moral. Si quienes ocupan las posiciones superiores son considerados exitosos porque “se esforzaron”, entonces quienes permanecen en los niveles inferiores corren el riesgo de ser interpretados como personas que no hicieron lo suficiente. El problema deja de ser social y se transforma en individual.
Esta operación ideológica tiene consecuencias profundas: la pobreza puede comenzar a interpretarse como insuficiencia personal, mientras que la riqueza aparece como evidencia de virtud. El que triunfa sería disciplinado, inteligente, emprendedor y perseverante; el que fracasa sería indolente, incapaz o poco comprometido. De esta manera, la meritocracia puede producir una suerte de moralización de la desigualdad.
No se trata de negar la existencia del esfuerzo, la capacidad o la responsabilidad individual. Sería absurdo sostener que las decisiones personales carecen de importancia. El problema consiste en convertirlas en la única explicación posible del éxito o del fracaso. El esfuerzo importa, pero el esfuerzo siempre ocurre dentro de determinadas condiciones sociales.
La meritocracia también introduce una transformación en las formas de pertenencia. Al colocar al individuo en el centro de la competencia, debilita los vínculos de solidaridad y pertenencia colectiva. El sujeto deja de verse como integrante de una comunidad y comienza a concebirse como una empresa de sí mismo: debe mejorar permanentemente sus competencias, construir su marca personal, ampliar sus contactos, acumular certificados y demostrar que es más competente que los demás.
Para concluir hay que señalar que, en este escenario, la vida profesional se convierte en una carrera permanente por distinguirse. Ya no basta con hacer bien el trabajo; es necesario hacer visible el mérito, demostrar productividad, acumular credenciales y conseguir reconocimiento. La competencia se introduce así en espacios donde antes podían predominar otras formas de cooperación y reciprocidad.










