Letras Desnudas
Mario Caballero
“Hay cadáveres en las calles, explota una granada en alguna parte, un niño muere durante una persecución de militares tras unos halcones, hay matones detenidos y armas decomisadas, olor a carne quemada, a cabellos muertos, la ciudad es como un panteón de almas en pena, una Llorona multiplicada que en realidad no tiene lágrimas porque las desparrama hacia adentro y nadie debe saberlo, porque sobrevivir es rendirse y acostumbrarse al imperio de los cañones de fusiles automáticos; esa sangre es agua salada, las cavidades acuosas, la muerte, el grito de dolor podrido, no sale en los periódicos: en sus páginas se publica el silencio, acaso un accidente, el alza en los precios de los productos y algún discurso del gobernador”. Javier Valdez, el cronista de la violencia en México, escribió este párrafo y no se rindió. Por desgracia, como ahí lo anticipaba, tampoco sobrevivió.
El periodismo está amenazado en México y, sin duda, son momentos difíciles para el periodismo. Lo digo sin ninguna solemnidad, pero los periodistas son los guardianes de la verdad. Sin ellos quedamos ciegos, mudos y sordos. La redacción de un periódico simboliza el guía que nos orienta en nuestra selva indómita.
El periodismo es ante todo un compromiso personal. Un oficio no apto para cobardes. Nunca he considerado que operar una cámara de televisión sea algo sencillo. Tampoco empuñar un micrófono. Hacerlo mientras las balas silban y caen personas heridas o muertas alrededor puede resultar espeluznante. Espeluznante, pero también meritorio. Ya que revela el profesionalismo y el sacrificio que tienen estos héroes que arriesgan hasta la vida con tal de cumplir su función social: informar.
Al escribir estas líneas recuerdo la anécdota de aquel joven fotógrafo del periódico Excélsior que salvó la vida de puro milagro al buscar la nota. En la redacción se había recibido el aviso de que en el sur de la Ciudad de México un enorme camión tanque, repleto de gas, había tenido un accidente y se temía que hubiera una explosión.
Aquel muchacho fue enviado a obtener la información. La calle y las casas habían sido invadidas por una gigantesca nube de gas. La gente huía atemorizada. Fotógrafos y reporteros de diferentes periódicos treparon a las azoteas para, desde ahí, hacer su trabajo relativamente a salvo.
Como siempre, eran los bomberos los únicos que permanecían junto al camión, tratando desesperadamente de cerrar la válvula que dejaba escapar segundo a segundo mayores cantidades de gas. Pero no eran los únicos esa vez. Ahí estaba aquel fotógrafo. Ahí siguió disparando su cámara una y otra vez. En una de esas fotos se ven los bomberos como dentro de una niebla maligna. Algunos se habían derrumbado, presas de la asfixia. El joven fotógrafo se cubrió nariz y boca con una máscara que improvisó con un pañuelo. Así siguió tomando fotos, hasta que una chispa hizo que se cumplieran las más negras predicciones.
Más de treinta murieron en esa explosión. A kilómetros de distancia se rompieron cristales. De los diez bomberos que estaban cerca del fotógrafo no sobrevivió ninguno.
El director del periódico se enteró de la tragedia y acudió de inmediato al hospital donde se concentraban las víctimas. En el piso se alineaban las camillas. Había cuerpos ennegrecidos. Jirones de piel colgando de brazos y piernas. Rostros irreconocibles. Bocas torcidas de las que apenas podían salir gritos de agonía.
Recorrió la fila tratando de encontrar a su fotógrafo. Cuenta que pasó junto a él y no lo reconoció. Así de hinchado estaba. Fue entonces que lo llamó: “Señor, soy yo”. El director se quedó sin palabras. Sólo lo quedó viendo. “La explosión me arrancó el saco, pero no solté la cámara. Se la di al agente del Ministerio Público. Pídasela. Creo que hay buenas fotos para la edición de mañana”, le dijo.
Si me detengo en estas dos anécdotas es para expresar que el trabajo periodístico no es una labor cualquiera. Hay veces que obtener la nota es como quitarle el dulce a un niño y otras veces un acto de heroísmo. Valiente es el que conoce el miedo, lo siente en cada fibra de su cuerpo y, aun así, lo vence con tal de cumplir con su deber, por la propia dignidad y siendo fiel a su vocación de periodista.
En mayo de 2017, el periodista John Gibler dijo en una entrevista publicada por El País: “En México es infinitamente más peligroso investigar un asesinato que cometerlo”. Y es cierto.
UN AÑO MÁS
Por esta difícil realidad para medios y periodistas, que el Diario de Chiapas haya cumplido 48 años de existencia no es un asunto menor. Estamos hablando de casi medio siglo de servirle a la sociedad, de informarla, guiarla y darle lo necesario para la correcta toma de decisiones, a pesar de los enormes riesgos que ello implica.
¿Cuántos gobiernos han pasado durante ese tiempo? ¿Cuántos horrores ha tenido que contar en sus páginas? ¿Cuántos casos de corrupción ha denunciado? Y, por consecuencia, ¿cuántas veces ha sido blanco de amenazas, persecuciones y ataques?
Que el pasado 8 de julio haya cumplido 48 años de vida habla de que ha sido un medio de comunicación responsable, una empresa editorial que goza de credibilidad, que se conduce con ética, que tiene una dirección visionaria. Sin esos valores, sería imposible que llegara a esta edad. Valga decir que esos méritos provienen de sus lectores, quienes, a su vez, son la mayor recompensa que puede tener.
Muchos son los regocijos del Diario de Chiapas. Como ser testigo de la alternancia democrática del país, registrar el levantamiento armado del EZLN, documentar los eventos que llevaron a los Acuerdos de San Andrés y ser parte de la solidaridad y el empoderamiento del pueblo tras los muchos desastres naturales, entre otros episodios de la historia contemporánea.
Empero, también le ha tocado exponer la pobreza, la marginación, el hambre del pueblo; las vilezas de los gobiernos, como la matanza de Acteal, los asesinatos políticos, las cacerías políticas y los destierros de líderes políticos, sociales, etcétera.
En 1990, don Jorge Toledo Coutiño (+) era el director general del Diario de Chiapas. Ese año fue víctima del poder. El exgobernador Patrocinio González Garrido lo silenció enviándolo a prisión. Le inventó un delito y luego utilizó la fuerza para cerrar el periódico. También el torvo y más corrupto gobernador en la historia de Chiapas, Juan Sabines Guerrero, atentó contra el Diario, tanto así que ante el lamentable fallecimiento de Jorge Toledo quiso quedarse con la propiedad de la empresa.
Actualmente, bajo la visión de Gerardo y Rogelio Toledo Coutiño el Diario de Chiapas es uno de los medios más importantes del sursureste del país, conocido ahora como Diario Media Group. Tiene un edificio moderno, en su formato impreso cubre todas las regiones del estado y tiene gran presencia en radio y televisión por internet.
Crecer de tal manera en estos tiempos difíciles para el periodismo tiene mucho mérito. El Diario de Chiapas está abriéndose paso entre un mundo de bocas cerradas, publica lo que otros simplemente callan y pone en las manos de la gente información ética, veraz y confiable todos los días.
Ignoro si alguna vez pasó por la mente de Gerardo y Rogelio Toledo convertirse en los dignos herederos de un legado que fue fundado por don Enrique Toledo Esponda, su padre, y que fue consolidado por su hermano Jorge. Habría que preguntárselos. Sin embargo, lo son.
Felicidades a ellos y al gran equipo del Diario de Chiapas.
Twitter: @_MarioCaballero










