LETRAS DESNUDAS
MARIO CABALLERO
Hace algún tiempo dije en este mismo espacio que la mentira es parte inherente de la política. Es verdad. No existe un solo político en todo el orbe que, de alguna manera u otra, no lance de vez en cuando una mentira para obtener un beneficio a su favor. Falsean los datos, los hechos o las cifras con tal de manipular la realidad o, por lo menos, maquillarla para que no se vea tan fea.
Lo hacen a propósito, deliberadamente, conscientes de que están mintiéndoles a los ciudadanos, incluso si están viéndolos a los ojos.
Sin embargo, una cosa es mentir y otra muy diferente creerse las mentiras.
Los políticos que mienten lo hacen, por lo regular, movidos por el cinismo que les caracteriza. Niegan las acusaciones en su contra, inventan resultados inexistentes y prometen lo impensable, lo irrealizable. Por eso muchas frases se hicieron famosas. Como la de “Defenderé el peso como un perro”, de López Portillo; “¿Y yo por qué?” de Fox, que fue su respuesta al ser cuestionado sobre el conflicto entre televisoras, reflejando su estilo de deslindarse de problemas complejos, o “No oigo” de López Obrador, expresión que acompañó de un chiste para evitar responder las preguntas de la prensa sobre la desaparición de jóvenes en Lagos de Moreno.
Lo peligroso para la sociedad es cuando esos políticos mienten estando en el gobierno. Mientras la realidad va hacia un lado, ellos, como gobernantes, creen que va hacia el lado opuesto, dirigida por su propia falsedad. Esta disociación puede terminar siendo muy costosa para los gobernados.
LA MENTIRA COMO ESTRATEGIA
Es triste señalarlo, pero los mexicanos podríamos pagar muy caro las mentiras de muchos integrantes de la 4T, quienes han hecho del embuste una industria lucrativa.
Mienten para evadir un cuestionamiento incómodo, ocultar un hecho que los expone y hasta para cubrir una mentira previa, aunque eso signifique hundirse más en el fango de su misma ignominia.
El mayor exponente es sin lugar a dudas Andrés Manuel López Obrador, el presidente de “los otros datos”, quien –digámoslo así- impuso el engaño como estrategia de gobierno.
Se acepte o no, durante todo el sexenio se dedicó a negar todo lo que se oponía o contradecía a su administración, su familia o él mismo. No admitió ninguna responsabilidad, así fuera por un error nimio o una negligencia tolerable. Para cualquier acusación tuvo un escape, una salida, un dato sacado de la manga, una contra acusación.
El “yo tengo otros datos” fue una de sus frases más populares y recurrentes. La utilizó por primera vez en abril de 2019 para refutar datos del IMSS, el Inegi y reportes periodísticos sobre la violencia en el país, pero la convirtió también en escudo y arma para justificar una realidad distinta a la de los informes oficiales, defender sus políticas de seguridad, maquillar los resultados de los programas sociales, encubrir abusos de poder y actos de corrupción, y hasta para desinformar.
ESTRATEGIA CADUCA
Empero, esa estrategia ya no funciona igual que en el sexenio pasado. Mentir para omitir, ocultar, proteger y manipular perdió su efecto primario. La actual clase gobernante, es decir, los políticos de la 4T, no tienen la misma gracia de AMLO. Peor todavía, las personas parecen haber abierto los ojos. Hoy en día, cualquier ciudadano con teléfono celular puede convertirse en un reportero en potencia y desmentir, con evidencia en mano, toda versión oficial de un desastre, un escándalo de corrupción o un abuso de autoridad.
Ante la pérdida de efectividad del engaño, ¿qué caso tiene seguir mintiéndonos cuando ellos mismos, los que juraban no ser iguales, son los que al final de cuentas tendrán que pagar los costos políticos de su incompetencia, autoritarismo y mendacidad?
¿Para qué mentir sobre que la corrupción ya se acabó, alegando con argumentos que se sustentan en pura saliva? Sobre todo, cuando el Índice de Percepción de la Corrupción 2025 de Transparencia Internacional sostiene que México ocupa el lugar 141 de 182 países evaluados, con los mayores niveles de corrupción a nivel mundial.
Dentro del grupo de las veinte economías más grandes del mundo (G20), nuestro país se ubica en el lugar 19 de 20, sólo por encima de Rusia. Entre los países miembros de la OCDE, México ocupa el lugar 38 de 38, y, por si fuera poco, el 83 por ciento de los mexicanos percibe la corrupción como una situación frecuente o muy frecuente, según datos del Inegi.
Con relación a la deuda pública, nada ganan mintiendo con que la Cuarta Transformación no ha contratado un solo peso de deuda.
De acuerdo con reportes citados por Forbes México y análisis del Centro de Estudios Económicos del Sector Privado, el gobierno de la 4T duplicó la deuda pública del país. Mientras en 2018 la deuda era de 10.8 billones de pesos, en la actualidad suma más de 21.8 billones.
¿Sabe qué es lo más descarado? Que la deuda de 2018 era un monto acumulado de los últimos cien años, y el gobierno de Morena la duplicó en tan solo siete, tiempo en el cual ha contratado una deuda por más de 11 billones de pesos.
¿Se acuerda del gran derrame de petróleo en la costa del Golfo? Bueno, pues los principales señalados de esta catástrofe ni siquiera se pusieron de acuerdo para decir la misma mentira.
Rocío Nahle, gobernadora de Veracruz y secretaria de Energía en la administración de López Obrador, responsabilizó a un buque contratado en el sexenio de Peña Nieto; Alicia Bárcena, titular de Semarnat y secretaria de Relaciones Exteriores de AMLO, a una descarga fallida en una zona de fondeo; el secretario de Marina, Raymundo Morales Ángeles, a las emanaciones naturales de las chapopoteras.
Al respecto, la presidente Claudia Sheinbaum se dedicó a proteger a Pemex por el terrible desastre ecológico. Igual como hizo con el incendio del 17 de marzo en Dos Bocas, que terminó con un saldo de cinco muertos, y con los otros dos incendios, uno en la misma refinería y otro en la de Azcapotzalco, de los que todos vimos los videos de las instalaciones en llamas. A pesar de las evidencias, ella sostuvo que la paraestatal no tenía responsabilidad.
Más tarde que temprano, se tragaron sus palabras. El grupo interinstitucional encargado de investigar los hechos emitió su dictamen, responsabilizando a Pemex de lo ocurrido. Como el hilo siempre se rompe por lo más delgado, el titular Víctor Rodríguez Padilla salió a dar la cara para reconocer que la empresa del Estado tuvo la culpa.
LA VERDAD NO PECA
La sabiduría popular sostiene que “la verdad no peca, pero incomoda”. No obstante, más vale un momento incómodo que más años de un país inmerso en una realidad que sólo existe en la mente de los integrantes de un reducido grupo político.
Lo lamentable es que a pesar de las evidencias de la corrupción, el enriquecimiento ilícito de los políticos de la 4T, las carencias del sector salud y educativo, el deterioro de la economía y el crecimiento de la violencia criminal, hay un gran porcentaje de la población mexicana que todavía cree las mentiras, y lo hace seguramente para no perder las dádivas de los programas sociales.
Como en la metáfora del burro y la zanahoria, “el pueblo bueno y sabio” camina y camina motivado por una recompensa que jamás alcanzará, sin darse cuenta que sólo está trabajando para los morenistas que lo tienen engañado.










