Letras Desnudas
Mario Caballero
La apuesta de Eduardo Ramírez Aguilar de dejar que sea la gente la que decida si él debe abanderar el movimiento de la Cuarta Transformación en Chiapas es muy arriesgada, y él lo sabe. Pero también sabe que bien vale el riesgo.
Como ya muchos deberán estar enterados, Morena llevó a cabo un proceso interno hace algunos días en el que 127 coordinadores eligieron a dos mujeres y dos hombres para competir en la encuesta por la Coordinación Estatal de los Comités de Defensa de la Cuarta Transformación, que al final del día definirá a la candidata o al candidato del bloque oficialista al Gobierno del Estado.
Y como también ya muchos sabrán, los elegidos fueron la senadora Sasil de León Villard, Rosa Irene Urbina Castañeda, Juan Antonio Aguilar Castillejos y el doctor Pepe Cruz, siendo éste último el que mayor número de votos alcanzó.
En entrevistas posteriores a este ejercicio, Eduardo Ramírez confesó no haber querido participar en éste y prefirió dejar que fuera el Comité de Elecciones de su partido el que lo designara tras hacer un análisis detallado de su proyecto político. Pues de acuerdo con las normas de la convocatoria, el partido tiene la facultad de designar otros dos o más aspirantes a la Coordinación Estatal. Claro, en estricto respeto a la paridad de género.
Por eso mencioné líneas antes que su apuesta era muy arriesgada, pero también que vale la pena.
¿POR QUÉ?
En estos tiempos, tan convulsos, tan demandantes, en los que la información fluye cual corriente del Amazonas y en los que la gente está a la expectativa de cualquier acontecimiento, los políticos deben demostrar de qué están hechos y que tienen madera para encabezar un proyecto político que no sólo convenza al electorado, sino también que influya en los sentimientos, deseos y anhelos de todos los sectores y estratos de la sociedad.
Ejemplo de ello es el mismo presidente Andrés Manuel López Obrador, quien durante los más de catorce años que buscó la Presidencia de la República construyó un movimiento político que, por su misma magnitud y aceptación, lo puso bajo el escrutinio público.
No hubo un solo día en que López Obrador no fuera criticado y cuestionado. Su agenda incansable por todo el territorio mexicano fue material de primera mano para la mayoría de los diarios y medios de comunicación nacionales.
Qué si había estado en Chiapas o en Oaxaca, qué si se había reunido con cierto grupo social, qué si había prometido tal o cual cosa, qué si había saludado a un personaje cuestionable, qué si se había bajado a desayunar a una fonda a la orilla de la carretera, qué si había vuelto a hablar del asunto de Ayotzinapa, qué si había descalificado al gobierno de Peña Nieto, qué si fustigó nuevamente a Felipe Calderón; en fin, todo lo que hacía, decía o comía fue nota de primera plana y digno de mención.
Empero, en todo ese larguísimo tiempo que estuvo bajo la vigilancia constante de los medios de comunicación y la opinión pública nunca perdió credibilidad. Todo lo contrario, día a día más gente se sumaba a su proyecto, él se consolidaba como el mejor candidato de oposición, como el personaje que merecía alcanzar la Presidencia de México y, finalmente, logró que Morena tuviera una votación masiva aquel primero de julio de 2018.
En pocas palabras, AMLO demostró su fuerza y tener el potencial de construir el proyecto político más grande que hayamos visto en la historia contemporánea.
VALOR
No puedo decir que Eduardo Ramírez esté siguiendo los pasos y el ejemplo del tabasqueño, puesto que los tiempos políticos son muy diferentes. Sin embargo, su actitud y aptitud son dignas de reconocimiento.
Primero, el valor. No cualquiera en su misma posición hubiera dejado pasar ser elegido por la votación de los representantes de los comités estatales para que en lugar de eso someterse al riguroso filtro del Comité Nacional de Elecciones de Morena.
Para alguien de su estatura política y nivel de aprobación social, hubiera sido más fácil pasar por la decisión de los comités y probablemente ahora ya estaría metido en el proceso de la encuesta. Pero, según él mismo lo dio a conocer, optó ir por lo más difícil.
Ciertamente, la elección a través de los comités era lo más sencillo. Conociendo que los representantes tienen inclinación por algunas figuras políticas del partido y que muchos de ellos, en gran número, aprueban el perfil de Ramírez Aguilar, su nombre sin duda hubiera salido con una buena cantidad de votos a su favor.
Nadie puede contradecir que en la actualidad Eduardo Ramírez es uno de los políticos más influyentes y populares de Chiapas. Se puede ver en sus eventos donde miles de personas acuden para saludarlo y demostrarle su aprobación para que sea él quien encabece la campaña de Morena al Gobierno del Estado. Como sucedió recientemente en Palenque y Comitán.
Y eso lo saben los Comités de Defensa de la Cuarta Trasformación, que pudieron entregarle su voto de confianza.
Pero no, el comiteco decidió probarse a sí mismo y demostrarle no a los que ya están convencidos de que su proyecto a la gubernatura es exitoso, sino al pueblo chiapaneco y a su propia institución de que él puede alcanzar tanto el Gobierno de Chiapas como encauzar que su partido logre la mayoría que requiere en el Congreso de la Unión.
Aquí el motivo de que se reconozca su valor en esta apuesta arriesgada, que de ganarla lo visibilizaría como el contendiente más fuerte y preparado a la gubernatura. Y ese riesgo bien vale la pena asumirlo.
¿PUEDE?
La pregunta que muchos se estarán haciendo ahora es: ¿puede lograrlo?
Eduardo Ramírez no es un político improvisado. No por nada alcanzó en la actual legislatura en el Senado de la República la presidencia de la Mesa Directiva y la presidencia de la Junta de Coordinación Política, en un claro reconocimiento a su labor, experiencia y capacidad política.
Además, es de los pocos personajes que goza de la confianza de la sociedad. Pues de la misma manera en que lo respaldan los empresarios, los campesinos, los obreros, los sindicatos y los grupos indígenas, asimismo lo aprueba la clase política estatal y los funcionarios del más alto nivel del país.
Por otro lado, muy pocos como él tienen una estructura política bien definida y sólida en el estado, producto de más de dos décadas de incansable actividad política que lo ha llevado a ocupar la presidencia municipal de su ciudad natal, una diputación federal, la secretaría general de gobierno, la Mesa Directiva y la presidencia de la Junta de Coordinación Política del Congreso del Estado y el importante cargo que hoy ocupa en el Senado.
Es más, ganó la senaduría con un millón 158 mil 276 votos, que es la votación más alta jamás registrada para un senador chiapaneco.
Por tanto, ¿puede lograr convencer a la ciudadanía y a su partido de elegirlo para competir por la gubernatura? Yo creo que sí. Tiene historia, trayectoria, logros reconocibles, estructura política y, sobre todo, respaldo social.
AL TIEMPO
Pero ya veremos qué es lo que pasa.
Entretanto, es claro que Morena tiene en el llamado “Jaguar Negro” un perfil que se adecua y responde a sus requisitos. No sólo sabe ganar una elección, sabe cómo arrasar.










