Letras Desnudas
Mario Caballero
“Un partido importa no por su tamaño, sino por su capacidad para alterar el juego”.
Con esta frase el gran politólogo italiano Giovanni Sartori alerta acerca de los “partidos con poder de chantaje”. Es decir, aquellos partidos pequeños capaces de influir en un sistema político sin necesidad de ser gobierno. Aunque minoritarios, entorpecen las decisiones, las alianzas o las estrategias de los partidos que gobiernan.
No mandan, pero condicionan su apoyo a favor de los proyectos del gobierno del que son aliados. Y lo hacen para defender sus intereses que pueden ser legítimos, como su programa político o su agenda ideológica; o bien, por vil oportunismo, exigiendo moches, puestos, control de los recursos y poder.
Uno de esos partidos chantajistas es el Partido del Trabajo.
UNA AUTÉNTICA MERETRIZ
El PT nunca ha hecho nada por el bienestar del país, pero sus líderes se han enriquecido con el dinero de los mexicanos.
Nunca ha representado nada para la pluralidad política, la representación popular, vaya ni como opción de gobierno; sin embargo, en los últimos años ha ganado terreno en los congresos locales, encabeza más gobiernos municipales y, a partir de su alianza con Morena desde las elecciones de 2018, ha tenido más gente ocupando escaños en la Cámara de Diputados. Actualmente, cuenta con 49 diputados federales.
Tampoco le ha aportado nada a la democracia, pero su porcentaje de votación nacional pasó de 3.92 por ciento en 2018 a 5.47% en 2024.
Fue fundado por el expresidente Carlos Salinas para hacerle competencia a la izquierda que entonces se venía concentrando en el PRD, hoy desaparecido del mapa político.
Pero más que un partido propiamente dicho, es un negocio familiar nacido de la conjunción de varios movimientos sociales que en las décadas de los setenta y ochenta se dedicaban a invadir terrenos, ranchos y no pocas veces fueron acusados de robar ganado.
Igual que el Partido Verde que sin ninguna convicción ha sido aliado del PRI de Salinas, del PAN de Vicente Fox, del PRI de Peña Nieto y de Morena de López Obrador (no digo de la presidente Sheinbaum porque, aunque tiene el título, sigue sin mandar en los hechos), el PT también ha estado aliado al PRI, al PRD y ahora a Morena.
En las elecciones intermedias de 2015 perdió el registro como partido político. No obstante, el PRI, que gobernaba en ese momento, planeó junto con el PRD y Movimiento Ciudadano una serie de maniobras para repetir la elección en el distrito de Aguascalientes, con tal de que el PT obtuviera los votos que le hacían falta para mantener su registro.
A la sazón, le debió su salvación al PRI, pero tres años después lo traicionó yéndose a apoyar el proyecto presidencial de López Obrador. Como cualquier callejera, le vendió a otro su amor.
ESCÁNDALOS DE CORRUPCIÓN
Desde su fundación en 1990, ha tenido un solo dirigente, Alberto Anaya, quien ha sido cinco veces diputado federal y senador en tres ocasiones, siempre por la vía plurinominal. Solo él tiene 33 años viviendo del presupuesto público.
Durante esas más de tres décadas, el PT no sólo ha vivido de las prerrogativas, sino también del dinero que los gobiernos del PRI, del PAN y Morena le han invertido a los Centros de Desarrollo Infantil (Cendis) administrados por la familia Anaya. Un negociazo.
En octubre de 2017, la entonces Procuraduría General de la República acusó a María Guadalupe Rodríguez Martínez (esposa de Alberto Anaya y directora general de los Cendis en Nuevo León) de realizar operaciones con recursos de procedencia ilícita y financiamiento al terrorismo.
La PGR descubrió que los recursos para la construcción y operación de dichos centros, se depositaban en cuentas bancarias personales de Rodríguez Martínez.
Una investigación posterior, ahora del INE, detalló que entre 2015 y 2017 esta misma señora recibió 260 millones de pesos, de los cuales emitió más de 120 cheques para transferir alrededor de 59 millones a Héctor Quiroz García, entonces dirigente del partido en Aguascalientes.
Dicha triangulación de recursos, desviado de los Cendis, sirvió para financiar campañas políticas y mantener el registro de la institución como partido político en las elecciones extraordinarias que, como mencionamos anteriormente, organizó el PRI para el salvarle el pellejo.
ULTRAJE EN CHIAPAS
En el terreno local, la situación empeora.
Su mayor benefactor fue también un priista, el exgobernador Julio César Ruiz Ferro, quien necesitado de aliados para fortalecer políticamente su gobierno interino tras la “renuncia” de Eduardo Robledo, financió con dinero público la creación del Partido del Trabajo en Chiapas. Y encontró en el maestro normalista Amadeo Espinosa Ramos a su mejor alcahuete.
Amadeo puso la estructura del PT al servicio del gobierno de Ruiz Ferro, convirtiéndolo prácticamente en el único partido opositor o de supuesta izquierda que respaldaba y acompañaba de manera oficial al régimen priista.
Durante ese amasiato, el PT y su dirigencia estatal se caracterizaron por justificar y defender las decisiones del gobierno, actuando como bloque de contención para aminorar los costos políticos que enfrentaba el gobernador ante las denuncias de abuso de poder, la operación de grupos paramilitares en la zona de los Altos de Chiapas y los conflictos con las bases zapatistas que derivaron en la masacre de Acteal en diciembre de 1997.
Obvio, la defensa política no era de gratis. Se ha documentado que, a cambio de ese respaldo incondicional durante la crisis zapatista y contrainsurgente, la facción dirigida por Espinosa Ramos recibió enormes sumas de dinero del erario público y todo tipo de prebendas, consolidando su control sobre las siglas del partido.
Desde entonces, Amadeo Espinosa es el dueño indiscutible de la franquicia en el estado.
No hay democracia en el partido, sino un control autoritario ejercido por Amadeo, quien controla las prerrogativas, entrega los puestos administrativos a su conveniencia, reparte las candidaturas al mejor postor, quedándose siempre con las plurinominales, y rola la dirigencia estatal entre sus esbirros, como Abundio Peregrino García, Sonia Catalina Álvarez y Hugo Roblero Gordillo.
Para demostrar lo anterior: Amadeo Espinosa ha sido cuatro veces diputado federal y una vez local, siempre por la vía plurinominal. Y actualmente el dirigente estatal del partido es su hijo Francisco Amadeo Espinosa Trujillo.
Para no quedarse atrás, Sonia Catalina impuso a su hija Elvira Catalina Aguiar Álvarez como diputada en el Congreso del Estado. Y agreguemos que los Cendis han estado a cargo de Hugo Roblero, quien ha sido acusado de corrupción, desvío de recursos y abuso de autoridad. Abundio Peregrino, por otro lado, ha sido dos veces diputado local y una vez federal, sí, pluri, sin despeinarse.
DEBE DESAPARECER
El PT debe desaparecer. Más allá de no aportar nada a la democracia, sus cúpulas perpetúan la simulación, acumulando graves acusaciones de corrupción, peculado y enriquecimiento ilícito.
En las elecciones de 2027, los electores tienen la oportunidad de deshacerse de este lastre, cuyo registro como partido político sólo agrava el cinismo y valida la impunidad sistémica de nuestra política.










