Nesrine Malik
Desde que comenzó la guerra en Gaza, la dinámica que la define ha sido la de una ira, un pánico y una alarma sin precedentes entre la opinión pública, que se arremolinan en torno a un centro político inquietantemente plácido. La débil respuesta de los principales partidos liberales se encuentra en completa disonancia con la gravedad del momento. Mientras los Estados Unidos se suman a Israel en el ataque a Irán y Oriente Próximo se dirige hacia un calamitoso desmoronamiento, su inercia es más desorientadora que nunca. Son pasajeros en la guerra de Israel, o bien están resignados a las consecuencias o se muestran fundamentalmente reacios a cuestionar siquiera su sensatez. Mientras la realidad les grita a los políticos de todo Occidente, éstos barajan papeles y recalientan la vieja retórica, todo ello mientras se rinden ante un Israel y una Casa Blanca que hace tiempo que han perdido el juicio.
En un momento de riesgo geopolítico extremo, el centro se presenta como la parte sabia en la refriega, haciendo llamamientos a mantener la cabeza fría y a la diplomacia, pero se muestra totalmente incapaz de abordar o cuestionar la causa de fondo. Algunos temen incluso nombrarla. Israel ha desaparecido del relato, dejando sólo una crisis lamentable y un Irán amenazante. El primer ministro británico, Keir Starmer, ha hecho un llamamiento a la desescalada. Pero se refirió a la misma escalada que desea evitar -la implicación de los Estados Unidos- como un alivio de la «grave amenaza» que supone Irán, todo ello mientras incrementa las fuerzas del Reino Unido en Oriente Próximo.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, subraya la importancia de la diplomacia al tiempo que se asegura de afirmar que Irán es la «principal fuente» de inestabilidad en la región. El presidente francés, Emmanuel Macron, parecía habitar en el mundo real, advirtiendo contra el inevitable caos que desencadenaría un cambio de régimen en Irán y la repetición de los errores del pasado. Pero el domingo, Francia ya se plegaba, uniéndose al coro que pide desescalada y moderación en términos generales vagos, y reiterando la «firme oposición» al programa nuclear de Irán.
Si esto les parece algo enloquecedoramente complaciente, permítanme asegurarles que, de hecho, no se están equivocando. La guerra con Irán es una noticia muy mala, e introduce una serie de escenarios profundamente desestabilizadores: un cambio de régimen sin un plan para el día siguiente, poniendo en juego un gran cuadro de fuerzas militares y de seguridad armadas; la acumulación en la región de fuerzas militares occidentales que podrían convertirse en objetivos y puntos de ignición; o simplemente una prolongada guerra de desgaste que se apoderaría de la región y abriría una gran herida supurante de ira y militarización. Supone también -y esto es algo a lo que los ataques de Israel nos han acostumbrado- matar a cientos de inocentes. Por no hablar de que resulta, por encima de todos los riesgos existentes, ilegal.
Pero la mayoría de los líderes occidentales siguen tratándolo como un capítulo más de realidades desafortunadas, pero en última instancia inamovibles, del mundo que hay que gestionar. Y aquí está el sumidero en el corazón de toda la respuesta a Israel durante el último año y medio: un centro vacío. Trump es Trump. Nadie espera de él una respuesta coherente, valiente y estabilizadora frente a Israel. Pero el problema es anterior a él: una clase política de guardianes de la estabilidad ostensiblemente liberales y fiables que carecen de brújula moral y no se preocupan por las normas que afirman defender constantemente. Bajo su vigilancia, se han violado una y otra vez las leyes internacionales y de derechos humanos en Gaza, Cisjordania, Líbano, Siria y ahora Irán. Su respuesta ha sido, en el mejor de los casos, apartarse del camino de Israel y, en el peor, armarlo y proporcionarle cobertura diplomática. La administración de Joe Biden marcó la pauta, y los gobiernos europeos la siguieron. Colectivamente, se han aferrado a un statu quo de apoyo incondicional a Israel y, al hacerlo, han hecho añicos las convenciones legales y morales que les conferían cierta integridad o autoridad.
Y, sin embargo, siguen adelante entre los escombros. Sus declaraciones sobre la importancia de la diplomacia suenan como ecos de una época que ya pasó, antes de que un genocidio retransmitido en directo demoliera cualquier atisbo de sistema coherente de Derecho internacional. Lo que ha revelado el momento actual es una cohorte de regímenes fundamentalmente inadaptados a la crisis, aptos sólo para la gestión; una cosecha de políticos cuya función no es replantearse o desafiar la forma en que están las cosas, sino dirigir simplemente el tráfico geopolítico. Su mandato consiste, en efecto, en estabilizar, pero sólo en el sentido de bloquear un orden mundial de supuestos y jerarquías fallidas. No se trata de hacer del mundo un lugar mejor, sino de arrojar un barniz de credibilidad sobre por qué es necesario que vivamos en este lugar peor.
No debe esto confundirse con el «pragmatismo». El pragmatismo implica falta de posición o intereses creados. Lo que queda oculto por el lenguaje del compromiso renuente es que se sustenta en creencias que no se definen por valores, sino por supremacía tribal. Irán es un país que, a ojos de la clase dirigente liberal, no es nunca plenamente soberano porque se ha apartado de los intereses occidentales. No tiene derecho a responder cuando es atacado (y, de hecho, debe mostrar moderación cuando lo es). Su pueblo no tiene derecho a esperar que se estudie detenidamente su futuro ni el de toda la región. Israel, en cambio, es un supersoberano, y nunca es culpable.
Esta posición por defecto es tan desnuda en su hipocresía, tan ignorante y provinciana en su visión del mundo, tan clara en su desprecio por la vida humana, que representa una colosal erosión de la sofisticación en el discurso político, y un nuevo mínimo en el desprecio por la opinión pública. El apoyo a Israel sólo puede defenderse con referencias fáciles, que desafían la lógica, a su derecho a defenderse hasta cuando es el agresor, y a la «amenaza para el mundo libre» de Irán. Discúlpenme, pero ¿es ése el mismo mundo libre que respaldó los ataques unilaterales a cuatro territorios de Oriente Próximo por parte de Israel, un país cuyo líder está reclamado por el Tribunal Penal Internacional? A estas alturas, la mayor amenaza para el mundo libre es el mismo mundo libre, que lo sacrificará todo para asegurarse de que no se deja pasar ni un solo desafío a su poder.
El resultado final es que tales líderes no sólo son irresponsables, sino que carecen de representatividad, incapaces y reacios incluso a fabricar más consentimiento. Se ha instalado un nihilismo acelerado. Los mandatos se deshilachan a medida que los gobiernos centristas y los partidos políticos se alejan cada vez más de la opinión pública, que en Europa declara un nivel históricamente bajo de apoyo a Israel. En los Estados Unidos (incluidos los partidarios de Trump), la mayoría se opone a implicarse a la guerra con Irán. Y así, la brecha entre una política desafecta y la sangrienta realidad se ensancha aún más. Los gestores de la hegemonía occidental se precipitan al vacío, arrastrándonos a todos con ellos.










