Para resistirse al militarismo europeo de la OTAN 11

Para resistirse al militarismo europeo de la OTAN 11

Mark Episkopos

Ya es hora de jubilar la analogía de Múnich

El neoconservadurismo contemporáneo es, en sus preceptos rectores y en sus manifestaciones políticas, una ideología profundamente ahistórica. Es un proyecto milenarista que no sólo evita, sino que rechaza explícitamente gran parte de la herencia del arte de gobierno norteamericano anterior a 1991 y muchas generaciones de sabiduría de civilización acumulada, de Tucídides a Kissinger, en su intento de rehacer el mundo.

Una de las perdurables ironías de la era posterior a la Guerra Fría es que este credo revolucionario y decididamente presentista tenga que apuntalar su legitimidad recurriendo continuamente a ese venerable accesorio del historicismo de la II Guerra Mundial, la analogía de Múnich de 1938. La premisa es simple y, por esa razón, ha tenido amplia resonancia: el primer ministro británico Neville Chamberlain, en su «ansia de paz», hizo inevitable la guerra al permitir las ambiciones irredentistas de Adolf Hitler hasta que ya no pudieron contenerse por ningún medio que no fuera la confrontación directa entre las grandes potencias.

El profesor Andrew Bacevich ha sintetizado con brillantez las dos partes constituyentes de la analogía de Múnich: «La primera verdad es que el mal es real. La segunda es que para que prevalezca el mal sólo hace falta una cosa: que quienes se enfrentan a él flaqueen ante el deber», ha escrito. «En la década de 1930, con gobiernos insensibles como los de Gran Bretaña y Francia empeñados en apaciguar a Hitler y con unos Estados Unidos aislacionistas que se negaban a actuar, el mal se salió con la suya». Esta es la teoría del patio de recreo de las relaciones internacionales: no plantar cara a un matón lo antes posible sólo sirve para envalentonarle en su comportamiento maligno, preparando el terreno para un combate mayor y más penoso más adelante.

En los años de la Guerra Fría se produjo una febril universalización de la analogía de Múnich, según la cual cada adversario extranjero es Adolf Hitler, cada acuerdo de paz es Múnich 1938 y cada disputa territorial son los Sudetes arrancados a Checoslovaquia mientras el mundo libre mira encogiendo los hombros. Esta era la ansiedad que animaba la espuria teoría del dominó que precipitó la implicación de Estados Unidos en Corea y Vietnam, pero la fiebre del apaciguamiento se mantuvo bajo control gracias a las realidades de una Guerra Fría bipolar que imponía importantes limitaciones a lo que Estados Unidos podía hacer para contrarrestar a su poderoso rival soviético, dotado de armas nucleares.

Estas limitaciones desaparecieron prácticamente de la noche a la mañana con la caída del Muro de Berlín y la disolución del bloque soviético. El presidente George H. W. Bush proclamó el fin del «síndrome de Vietnam», o el sano escepticismo de los norteamericanos ante la guerra, derivado de la desastrosa intervención en Vietnam, que duró décadas, tras la aplastante victoria de las fuerzas norteamericanas en la Guerra del Golfo. La administración de George W. Bush se dio a sí misma licencia infinita para intervenir en cualquier lugar contra cualquiera, incluso de forma preventiva contra «amenazas inminentes», con el argumento de que cualquier otra cosa equivalía a apaciguamiento. «En el siglo XX, algunos optaron por apaciguar a dictadores asesinos, cuyas amenazas se permitió que se convirtieran en genocidio y guerra mundial», declaró Bush en 2003. «En este siglo, cuando hay hombres malvados que planean el terror químico, biológico y nuclear, una política de apaciguamiento podría acarrear una destrucción de un género nunca visto en esta tierra».

Aunque el panorama de las amenazas ha cambiado desde 2003, los epígonos del neoconservadurismo han sacado a relucir la analogía de Múnich para justificar cada una de las intervenciones militares posteriores en Oriente Medio. Cuando la confrontación directa resulta demasiado costosa y arriesgada, como en el caso de Rusia y China, los historicistas insisten en que todo lo que no sea una política de máxima presión y aislamiento total e implacable equivale a apaciguamiento.

Así pues, estamos sometidos a la insistencia, que siempre fue inverosímil pero que hoy resulta especialmente fantasiosa, en que cualquier conclusión de la guerra de Ucrania que no sea la derrota total de Rusia en el campo de batalla recuerda a Chamberlain en Múnich.

La analogía de Múnich es potente en la medida en que se ha utilizado como garrote neoconservador para golpear a todos los disidentes como tontos cobardes que venderían sus principios por una promesa ilusoria de paz, pero eso no la convierte en verdad. La realidad de Múnich, si a alguien le sirve de ayuda, es que Hitler era invencible e imperturbable en el contexto de la política internacional europea de mediados del siglo XX. La Alemania nazi era un adversario excepcionalmente peligroso porque era una potencia revisionista con objetivos territoriales y políticos prácticamente ilimitados y, por tanto, insaciables. Francia y Gran Bretaña no podían darle a Hitler lo que buscaba -es decir, destruir el sistema internacional y reconstruirlo desde cero con Alemania como hegemón mundial- aunque quisieran. Las amenazas y las demostraciones de fuerza habrían modificado los cálculos tácticos de Hitler, pero no le habrían disuadido de la conclusión de que sus objetivos sólo podían alcanzarse mediante una guerra general europea que él creía que podía ganar Alemania. París y Londres se encontraban en una situación militar y geopolíticamente desventajosa frente a una Alemania resurgida, ya que los Estados Unidos seguía adhiriéndose a una política de neutralidad, un frente antifascista unido con los soviéticos no era políticamente viable y los gobiernos ultranacionalistas estaban llegando al poder en todo el continente de tal forma que inclinaban aún más la balanza en contra de las potencias liberales que quedaban en Europa.

Los críticos del «apaciguamiento» distorsionan el difícil panorama político al que se enfrentaron Gran Bretaña y Francia, conjurando oportunidades de disuasión y anticipación que sencillamente no existían a mediados de 1938. Condensan estos argumentos engañosos en una analogía histórica, la «lección de Múnich», que ni siquiera funciona en su propio contexto original y la imponen como una especie de verdad sagrada a través de la cual deben filtrarse todas las decisiones políticas de Estados Unidos.

Los Estados Unidos nunca han vuelto a enfrentarse a un adversario como la Alemania nazi. La URSS, a pesar de toda su estética y retórica revolucionarias, era una potencia del statu quo que competía, pero también cooperaba, con los Estados Unidos en los márgenes y nunca trató de desafiar los principales intereses de seguridad occidentales del modo en que lo hizo la Alemania nazi.

El panorama estratégico contemporáneo recuerda aún menos al de los años 30. China alberga ambiciones regionales en Asia-Pacífico que entran en conflicto con los intereses de los Estados Unidos, y Rusia intenta evitar que los países postsoviéticos se inclinen hacia Occidente, lo que supondría un desafío para la OTAN. Pero ninguno de los adversarios persigue objetivos que sólo puedan alcanzarse mediante un conflicto entre grandes potencias, posicionándose como hegemón mundial o intentando derrocar el sistema internacional. Tal y como expliqué junto a mis colegas George Beebe y Anatol Lieven, Rusia invadió Ucrania como parte de una estrategia de excelencia híbrida para reducir la influencia de Occidente en parte de la esfera postsoviética, no como preludio de un programa planificado de mayor envergadura de conquista continental contra los Estados de la OTAN.

La analogía de Múnich es muy peligrosa, no porque sea históricamente analfabeta y totalmente inaplicable a los retos a los que se enfrentan los Estados Unidos hoy en día -aunque ciertamente supone ambas cosas- sino porque, al presentar a los adversarios como enemigos existenciales a los que hay que presionar, aislar y enfrontarse a cada paso, precipita la misma catástrofe contra la que supuestamente advierte. Gestionar estas complejas relaciones estratégicas de forma que no desemboquen en una guerra entre las grandes potencias requerirá un conjunto de herramientas políticas diverso y flexible que reconozca nuestros limitados recursos y sea capaz de equilibrar la disuasión y el compromiso, en lugar de comprometerse con una política de retroceso que habría sido apropiada contra la Alemania nazi, pero que sencillamente no capta el entorno de amenazas contemporáneo.

La verdadera «lección de Múnich» reside en lo corrosivo que puede resultar el historicismo ideológico, completamente desvinculado de la historia real, para el debate sobre política exterior. Ya es hora de dejar descansar a los fantasmas de 1938.

Fuente: Responsible Statecraft, 13 de diciembre de 2024

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *