Para resistirse al militarismo europeo de la OTAN III

Para resistirse al militarismo europeo de la OTAN III

Eldar Mamedov

Macartismo a la europea: Las élites reprimen las voces disidentes sobre Ucrania

A medida que la guerra entre Rusia y Ucrania queda encuadrada por los políticos y comentaristas gobernantes en Europa y Norteamérica como parte de una supuesta lucha global entre democracias y autocracias, se ha visto afectada la calidad de la democracia en el propio Occidente.

Las voces dominantes que abogan por la victoria de Ucrania y la derrota de Rusia, ambas definidas en términos maximalistas y cada vez más inalcanzables, están decididas a silenciar perspectivas más reflexivas y matizadas, privando así al público de un debate democrático sobre las cuestiones existenciales de la guerra y la paz.

En lo que resulta un patrón familiar en todo Occidente, respetadas personalidades académicas que predijeron correctamente el atolladero en el que se encuentran ahora Ucrania y Occidente se han visto calumniadas y deslegitimadas como portavoces del Kremlin, sometidas a acoso, marginación y ostracismo.

La situación es especialmente alarmante en Europa. Aunque el debate sobre Ucrania en los Estados Unidos está, en una medida preocupante, determinado por grupos de reflexión pro-militarista, como el Atlantic Council, por políticos de línea dura y expertos neoconservadores, ha ido creciendo un movimiento compensatorio formado por voces favorables a la moderación. Entre ellos se encuentran Defense Priorities, el CATO Institute, publicaciones como The Nation en la izquierda y The American Conservative en la derecha, y figuras académicas como Stephen Walt, John Mearsheimer y Jeffrey Sachs, entre otros. Hay un espacio mayor para voces alternativas en el discurso norteamericano.

En Europa, por el contrario, los debates sobre política exterior tienden simplemente a hacerse eco de las voces más belicistas dentro de Washington y alrededores.

Suecia es un ejemplo especialmente elocuente de esta tendencia. Tras la invasión rusa de Ucrania, el gobierno y la clase política suecos se apresuraron a adherirse a la OTAN. Sin embargo, tal como me dijo en una entrevista Frida Stranne, una de las principales especialistas suecas en relaciones internacionales, «no hemos tenido un debate adecuado sobre cuestiones clave, como si constituía realmente la agresión de Rusia contra Ucrania una amenaza tan inmediata para la seguridad de Suecia como para tener que abandonar el estatus neutral del que disfrutó incluso durante la Guerra Fría» (yo mismo puedo atestiguar, por mi trabajo como alto asesor de política exterior en el Parlamento Europeo a principios de 2022, que hasta algunos miembros del partido socialdemócrata sueco, entonces en el gobierno, se mostraban horrorizados de que el gobierno pisoteara las opiniones alternativas sobre la OTAN).

Stranne, además, en conversación conmigo, si bien reconoció que la invasión rusa de Ucrania fue «una violación atroz del derecho internacional», señaló las políticas norteamericanas habidas desde 2001, como la invasión de Irak, señalando que «han contribuido a socavar los principios jurídicos internacionales y a sentar un precedente para que otros países actúen ‘preventivamente’ contra lo que perciben como amenaza».

En la misma entrevista, también advirtió que «la negativa a aceptar una solución negociada a la guerra en Ucrania está llevando al mundo peligrosamente cerca del borde de un gran conflicto militar entre la OTAN y Rusia».

Mientras que en los Estados Unidos es habitual este tipo de afirmaciones por parte de personalidades académicas nada radicales, en Suecia desencadenaron una feroz campaña contra Stranne y la convirtieron en una suerte de paria para los medios de comunicación y los círculos de política exterior. Los principales medios de comunicación la vilipendiaron como odiadora de los Estados Unidos y «putinista».

Alemania es otro ejemplo de cómo el pensamiento colectivo obligado ha llevado a una marginación de perspectivas discrepantes en los debates políticos. Lo que es particularmente digno de mención es la rapidez y el radicalismo con que los halcones de los grupos de expertos, los medios de comunicación y los partidos políticos han logrado redefinir el debate en un país conocido anteriormente por su ya desaparecida Ostpolitik, una política de compromiso pragmático con la Unión Soviética y posteriormente con Rusia.

Uno de los expertos en política exterior más destacados de Alemania, Johannes Varwick, de la Universidad Halle-Wittenberg, lleva tiempo desafiando la tendencia y abogando por la diplomacia. En diciembre de 2021, junto con una serie de ex oficiales militares de alto rango, diplomáticos y académicos, advirtió de que un deterioro masivo de las relaciones con Rusia podría conducir a la guerra, debido, en parte, a la negativa de Occidente a tomar en serio las inquietudes de Rusia sobre su seguridad, mayormente relativas a las perspectivas de expansión de la OTAN hacia el este.

Sin embargo, dichas opiniones le valieron a Varwick acusaciones de «servir a los intereses rusos». Como resultado, según me contó en una entrevista, sus «lazos con los partidos políticos y los ministerios responsables de dirigir la política exterior y de seguridad de Alemania se han roto».

Los expertos de países neutrales tampoco se han librado de la marginación. El profesor austriaco Gerhard Mangott, uno de los más eminentes expertos en Rusia del mundo germanoparlante, señaló una “responsabilidad compartida” de Rusia, Ucrania y los países occidentales en el fracaso en la resolución pacífica del conflicto ucraniano posterior a 2014. Ese análisis, tal como me dijo Mangott, le llevó a su «pronta excomunión por parte de la comunidad científica germanoparlante, que se pasó rápidamente al activismo político y se convirtió en parte de la guerra».

La trágica ironía, por supuesto, es que estas voces condenadas al ostracismo han demostrado tener razón en la mayoría de los aspectos en lo que respecta a esta guerra.

Cuando, pese a sus advertencias, se produjo la invasión rusa de Ucrania, Varwick, que la condenó como ilegal e inaceptable, hizo un llamamiento para que siguieran haciéndose esfuerzos a fin de encontrar una solución negociada realista al conflicto. Según me dijo, en ella debería «incluirse, en primer lugar, un estatus neutral para Ucrania con fuertes garantías de seguridad para el país. En segundo lugar, habría cambios territoriales en Ucrania que no serían reconocidos por el Derecho internacional, pero que deben aceptarse como modus vivendi temporal, y en tercer lugar, debe ofrecerse una perspectiva de suspensión de algunas sanciones en caso de un cambio en el comportamiento de Rusia».

En marzo de 2022, tanto Ucrania como Rusia estuvieron a punto de llegar a un acuerdo que, en líneas generales, seguía estos mismos parámetros. No funcionó porque, entre otras razones, Occidente animó a Ucrania a creer que era posible una «victoria» militar. El papel del entonces primer ministro británico, Boris Johnson, en el fracaso de las conversaciones es se reconoce ahora de modo general. Sin embargo, lo que resulta especialmente sorprendente es que el propio Johnson haya admitido recientemente que veía la guerra de Ucrania como una guerra por poderes contra Rusia, una afirmación que Stranne y Trita Parsi, del Quincy Institute, formularon en su libro de 2023, en sueco, La ilusión de una paz norteamericana, por el que se vieron vapuleados por haber promovido supuestamente las versiones de Rusia.

A finales de 2024, ante las crecientes dificultades en el campo de batalla, el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, está señalando que podría aceptar algunos de los elementos descritos por Varwick, a saber, aceptar algunas pérdidas territoriales de facto para evitar otras aún mayores si la guerra continúa.

En la actualidad, Ucrania está más lejos de lograr algo remotamente parecido a una victoria militar que en cualquier otro momento desde febrero de 2022. En contra de lo que se esperaba en los Estados Unidos y la UE, las sanciones no han hundido la economía rusa ni han modificado su política en el sentido que buscaba Occidente.

En el propio Occidente, las fuerzas políticas que instan a negociar el fin de la guerra están en ascenso, tal como demuestra la elección de Donald Trump como presidente en los Estados Unidos y el auge de los partidos antibelicistas en Alemania, Francia y otros países de la UE. Las encuestas de opinión pública muestran sistemáticamente la preferencia de la mayoría de los europeos por un final negociado de la guerra.

La realidad es que, independientemente del resultado de la guerra en Ucrania, habrá que restablecer un modus vivendi entre Occidente y Rusia para garantizar, en palabras de Varwick, «su coexistencia en una Guerra Fría 2.0 sin una escalada permanente». Hace tiempo que debería haberse restablecido un debate democrático abierto sobre esta cuestión vital.

Escuchar a los expertos que cuentan con un historial probado de análisis correctos sería un primer paso necesario.

Fuente: Responsible Statecraft, 12 de diciembre de 2024

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