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Entre élites internacionales y poblaciones nacionales

Plaza Cívica

Fernando Núñez De La Garza Evia

La globalización ha provocado un abismo entre las élites y sus poblaciones. Las primeras tienden a pensar en términos internacionales, adoptando identidades trasnacionales en el proceso. Las segundas piensan primordialmente en términos nacionales, sujetándose a sus identidades colectivas. Y en medio de este abismo surgen los movimientos populistas, exacerbando el nacionalismo. México no es la excepción.

En un extremo, el internacionalismo de ciertas élites. Hace tan solo algunas décadas las élites nacionales eran nacionalistas dado que los mercados eran nacionales. Sin embargo, la globalización internacionalizó los mercados y las élites comenzaron a pugnar por la llamada “aldea global”. A esto hay que agregar un rasgo muy particular de la psicología humana consistente en que, cuando una persona se encuentra bien económicamente, se vuelve más individualista y menos comunitaria. Sin embargo, cuando las personas tienen problemas financieros se vuelve menos individualistas y más comunitarias. Por ello, entre otras razones, las crisis económicas vienen acompañadas de furor nacionalista: las personas acuden a la comunidad en busca de cobijo.

No obstante, hay otro extremo, el del nacionalismo de las poblaciones. Comencemos por un punto medular: a diferencia del capital, que es altamente movible y no conoce fronteras, el trabajo es estático y se queda en la nación. Ahora agreguemos que las rentas crecen más rápidamente que los salarios, que los más afectados en todas las crisis económicas son las clases medias y trabajadoras, que en los últimos años la desigualdad en México y muchos países del mundo ha aumentado, y que las élites son crecientemente menos nacionales. Entonces, inevitablemente, arriban los populistas, con toda su charlatanería.

Se necesita, como todo, un justo medio. Por una parte, la globalización ha traído enormes beneficios a la humanidad (con excepciones), observable en la salida de la pobreza de cientos de millones de seres humanos y la edificación de instituciones internacionales que son indispensables para combatir desafíos globales. Por otra parte, el Estado-nación ha traído la disminución dramática de la violencia (con excepciones) y la construcción de redes de bienestar social que, dicho sea de paso, necesitan del pago de impuestos que solo son posibles si la gente tiene un lugar al que puedan llamar casa. El historiador Yuval Noah Harari hace una excelente analogía, comparando al mundo con un partido de futbol, donde los equipos compiten apasionadamente por sus países en un marco de reglas mínimas acordadas por todos que permiten la sana convivencia.

Entre las élites trasnacionales y las poblaciones nacionalistas, el patriotismo multilateral. Sin embargo, la carga la llevan las primeras, ya que a mayor poder mayor responsabilidad. Porque no se puede tenerlo todo: las élites no pueden volverse trasnacionales y esperar estabilidad política en sus países (y el mundo). Las poblaciones necesitan liderazgos y, si no lo encuentran en sus líderes nacionales, lo encontrarán en los populistas con un nacionalismo a ultranza.

@FernandoNGE

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