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Enseñanzas colombianas: segunda vuelta

Razones

Jorge Fernández Menéndez

Las elecciones en Colombia arrojaron el día de ayer unos resultados interesantes, pero, sobre todo, que pueden ser extrapolables a México en muchos sentidos. Ayer, en la primera vuelta electoral, el candidato de izquierda, Gustavo Petro, un hombre con orígenes políticos en el grupo armado M-19, obtuvo el 40.4 por ciento de los votos. El segundo lugar, sorpresivamente, fue para el independiente Rodolfo Hernández, que alcanzó el 28 por ciento, mientras que el candidato de la derecha, Federico Gutiérrez, obtuvo un 24 por ciento. Petro y Hernández irán a una segunda vuelta el 19 de junio, y Gutiérrez ya anunció el apoyo de su coalición a Hernández, lo que podría alcanzarle para lograr el triunfo contra Petro.

Lo primero que tenemos que analizar es que, sin duda, los dos principales candidatos son, de una u otra forma, antiestablismenth. Petro proviene viene de grupos de la izquierda armada, aunque el M-19 siempre fue más moderado que las FARC y el ELN, y logró en torno suyo una amplia coalición (un fenómeno muy similar al de López Obrador: Petro ha adoptado un discurso mucho más moderado en esta campaña que en sus dos anteriores, como lo hizo también Andrés Manuel en 2018, respecto a 2006 y 2012) y representa un cambio profundo en la dinámica política del país.

Hernández es un empresario exitoso, que fue presidente municipal de la ciudad de Bucaramanga, donde alcanzó altos índices de popularidad. Un hombre sin partido, sin grupo parlamentario propio, cuyo discurso, con no pocas contradicciones, gira en torno a la lucha contra la corrupción.

Para algunos es el Trump de Colombia, para otros, lisa y llanamente una sorpresa inclasificable: hace algunas semanas prácticamente no figuraba en las encuestas, no fue a los debates presidenciales, no hizo ningún mitin, es políticamente muy incorrecto, y su campaña, que pagó de su bolsillo, pasó casi exclusivamente por redes sociales. Pero no sólo obtuvo el 28 por ciento de los votos e irá a la segunda vuelta, sino que ha dejado en enormes problemas a Petro, porque el resto de los otros candidatos de derecha y centro derecha, parecen haber ya decidido que Hernández será su opción.

Sin duda en 2024, en México, habrá en la boleta alguna candidatura equivalente a Petro, en este caso con todo el respaldo gubernamental. Lo interesante sería saber si habrá algún Hernández. No tiene porqué tener esas mismas características, pero una vez más se confirma, cuando existen segundas vueltas que le dan a los electores muchas más opciones y leyes más abiertas para establecer candidaturas, que las campañas son cada día más impredecibles. Y que en la actual se puede hacer crecer una candidatura de forma muy diferente que en el pasado.

No es una excepción, Pedro Castillo, el actual presidente de Perú, ganó hace unos meses unas elecciones en la que hasta días antes no aparecía entre los favoritos, entró en la segunda vuelta y le ganó a la hija del ex presidente Fujimori. El día que ganó la primera vuelta, algún medio no tenía preparada ni una foto suya. Ganar, claro, es una cosa, conservar la gobernabilidad y ejercer la gobernanza de un país otra muy distinta. Pero nadie puede gobernar si primero no gana.

La importancia de la segunda vuelta es clave. Somos el único país importante del continente sin segunda vuelta electoral (con la excepción de Estados Unidos). Ya lo hemos dicho muchas veces, la segunda vuelta no garantiza mayorías automáticas ni tampoco coaliciones firmes (el caso de Castillo en Perú es, nuevamente, demostración de ello) pero sí otorga muchas mayores certidumbres y posibilidades de ejercer gobiernos mayoritarios. López Obrador ganó en 2018 con más del 50 por ciento de los votos y no se hubiera requerido una segunda vuelta, pero en 2006 cuando perdió (aunque él jamás lo reconozca) por medio punto las elecciones, una segunda vuelta electoral nos hubiera ahorrado muchas incertidumbres y conflictos. En 2024, muy difícilmente alguien obtendrá más del 50 por ciento de los votos. Quien gane, del oficialismo o la oposición, estará condenado a gobernar en minoría. Ya le pasó a Zedillo, en su segunda mitad, a Fox, a Calderón y a Peña.

No tenemos segunda vuelta porque existen intereses partidarios en no tenerla. La segunda vuelta obliga a los electores a definir votos e incluso a comprometerse con un candidato, aunque no sea originalmente el suyo. Pero eso ofrece más opciones, hace más volátiles a los electores, más difícil de tenerlos atados a unas burocracias partidarias que, en nuestro caso, controlan el aparato electoral.

No nos equivoquemos: el INE, y antes el IFE, organizan y manejan el aparato electoral, pero los recursos, el control real del sistema, al final, está en manos de los partidos. En nuestro sistema no hubiera podido surgir ni un Castillo, como en Perú, ni un Hernández como en Colombia, dudo que incluso hubiera podido aparecer un Gabriel Boric como en Chile. Los dirigentes de los partidos controlan las candidaturas, reciben los recursos, manejan a su antojo los tiempos de radio y televisión gratuitos, y la ley hace casi imposible una candidatura independiente realmente competitiva. 

Una segunda vuelta y una ley electoral mucho más liberal, no son una panacea democrática, pero ayudan, y mucho, a generar certidumbre, gobernabilidad e incluso expectativas de cambio.

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