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¿Entre EU con TMEC y Cuba con Amaury?

Razones

Jorge Fernández Menéndez

No deja de asombrarme la forma en que se ve desde afuera del país, cuando uno abandona la locura cotidiana que vivimos, sobre todo el accionar del gobierno mexicano en esos espectáculos políticos, cómicos, musicales que se escenifican en las mañaneras. En esta última semana de vacaciones ninguno superó al homenaje al gobierno de Cuba, el pasado 26 de julio, con concierto en vivo del ya hace años decadente Amaury Pérez incluido.

Ese homenaje a la revolución cubana es a todas luces un despropósito político, pero constituye en realidad la continuación de un capítulo previo, el del ¡uy qué miedo! con video de Chico Che para responder, como siempre sin la menor madurez, a las demandas de Estados Unidos y Canadá por incumplimiento de los términos del Tratado de Libre Comercio que suscribieron los tres países y que firmó, quizás sin leerlo, el presidente López Obrador porque ahora amenaza con no reconocer sus principales capítulos, lo que puede implicar para México, además de graves consecuencias económicas, financieras y comerciales, sanciones de nuestros dos principales socios comerciales por unos 30 mil millones de dólares.

Y esto a su vez forma parte de otro capítulo de la mañanera titulado pobreza franciscana, que no es más que reconocer que se acabó el dinero, y que la inversión pública se concentrará en los cada vez más caros y menos eficientes proyectos estratégicos como el tren maya y en los programas sociales que han demostrado su incapacidad para frenar el constante aumento del número de pobres en el país.

Estuve en Cuba, en uno de mis primeros trabajos internacionales como reportero, otro 26 de julio, el de 1990, para cubrir un aniversario del asalto al cuartel Moncada donde se esperaba que Fidel Castro estableciera su posición ante la caída del muro de Berlín y la desaparición de la URSS, que le proporcionaba a la isla además de enorme ayuda económica y militar, hasta un 98 por ciento de sus combustibles y energéticos (así de eficiente era y es el régimen cubano).

Ante la crisis, que era también política, Castro, como suele hacer López Obrador, protagonizó una fuga hacia adelante. Hizo fusilar por falsas acusaciones al único general que le podía competir en popularidad (y que tenía muy buenas relaciones con el régimen de Gorbachov) Arnaldo Ochoa, un héroe de las guerras en África. Y ese 26 de julio, luego de una espera de horas bajo el sol, anunció que no sólo no apoyaba las medidas de apertura que tomaba el resto de lo que había sido el campo socialista, sino que endurecería su política y decretaba el periodo especial, una economía de guerra en tiempos de paz o algo así dijo que era, pero que se tradujo en la década de mayor pobreza en la ya de por sí llena de carencias históricas del régimen iniciado en 1959.

Fue un absoluto desastre, desde todos los puntos de vista: en ese momento Cuba podía haber optado por varias vías que pasaban, todas ellas, por una cierta apertura política y económica (en la que México podría haber sido un activo negociador, ya que al mismo tiempo que se mantenían entonces buenas relaciones personales entre Castro y el presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari, éste a su vez estaba negociando a todo tren el tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá), una apertura que podía tener diferentes formas, desde la realizada por los países de Europa del Este y la propia Rusia, hasta las implementadas por países como China o Vietnam.

Pero Castro decidió estrechar aún más el círculo burocrático que se aferraba al poder, redoblar la represión interna, cerrar todavía más una economía paupérrima que llevó a millones a la miseria y al exilio durante más de una década, lo que sólo se pudo atenuar cuando el gobierno de Chávez en Venezuela, en época de bonanza económica, decidió financiar la economía de la isla (acabando, al poco tiempo con la propia economía venezolana y demostrando como siempre se cierran los ciclos de autoritarismo y economía centralizada).

Fue, insistimos un desastre, aunque esa obstinación, esa falta de visión y de gobernar mirando el pasado y no el futuro tuvo como premio una canción que algunos creen que describe una virtud: El Necio, esa de Silvio Rodríguez en homenaje a Castro que tanto le gusta asumir como propia al presidente López Obrador.

Todo esto viene a cuento ante las actitudes y declaraciones presidenciales respecto a Estados Unidos, el TMEC, la propia Cuba, ante las amenazas de desconocer acuerdos firmados por esta misma administración hace apenas dos años, ante la ceguera para no ver las enormes oportunidades que se le abren a México si la administración federal apuesta a las inversiones, al apoyo a las energía limpias, a los inversionistas que están tratando de relocalizar sus empresas fuera de China, si se comprende que no hay mayor beneficio para el país y su intangible soberanía de la que tanto hablan, como lo hacía Castro en aquel lejano 1990, que establecer ese mercado común energético del que se habla en el TMEC y aprovechar toda su potencialidad.

El presidente López Obrador puede seguir disfrutando de su mala selección musical en privado, está en su derecho, lo que no puede, por una necedad ideológica como la de Castro en 1990, rifar el futuro del país en una confrontación con nuestros principales socios comerciales con quienes se realiza el 80 por ciento de nuestro comercio exterior, donde viven y trabajan millones de compatriotas que envían 50 mil millones de dólares de remesas al año y con los que nuestras vías de comunicación económicas y sociales son inabarcables.

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