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Medio siglo: Watergate hoy

Razones

Jorge Fernández Menéndez

Un día como hoy, pero hace 50 años, en 1972, cinco hombres fueron detenidos en la sede del equipo de campaña del partido Demócrata. Lo que primero se quiso hacer pasar como un robo, pronto comenzó a ser percibido como lo que era: un intento de espionaje político. Lo que cambió todo fue descubrir, luego de un notable trabajo periodístico, que quien estaba detrás de la incursión y de toda una campaña negra para destruir a sus adversarios, era la propia Casa Blanca, con conocimiento pleno del presidente Richard Nixon. Dos años después, en agosto de 1974, Nixon se convertía en el primer presidente en la historia de la Unión Americana que renunciaba a su cargo para evitar ser procesado.

El Watergate es una de las mejores historias del periodismo: es paradigmática, tan ejemplar que hasta el día de hoy es objeto de estudios, de nuevos descubrimientos y personajes involucrados, de películas, series, libros. Participaron en esa investigación muchos periodistas y medios, pero Bob Woodward (probablemente el mejor periodista estadounidense del último medio siglo) y Carl Berstein, entonces dos jóvenes reporteros del Washington Post, fueron quienes llevaron el curso central de esa investigación, apoyados por el mítico director de ese matutino, Ben Bradley. Woodward y Berstein se convirtieron en personajes célebres, pero nunca dejaron de trabajar en forma notable hasta el día de hoy. Ambos acaban de publicar un texto que tiene muchas lecturas: “Nixon había definido la corrupción. Hasta que llegó Trump”.

Comienzan recordando a George Washington, quien, en su discurso de despedida de 1796, advertía sobre la fragilidad de la democracia estadounidense. “Hombres ambiciosos, maliciosos y sin principios podrán socavar el poder del pueblo y usurpar para sí las riendas del gobierno”, dijo Washington.

El caso Watergate va más allá de que se haya descubierto una trama de espionaje político. “El núcleo de la criminalidad de Nixon fue su exitosa subversión del proceso electoral, el elemento más fundamental de la democracia estadounidense”, sostienen. “Nixon lo logró a través de una campaña masiva de espionaje político, sabotaje y desinformación que le permitió literalmente determinar quién sería su oponente en las elecciones presidenciales de 1972. Durante los siguientes dos años, la conducta ilegal de Nixon fue expuesta gradualmente por los medios de noticias, el Comité Watergate del Senado, fiscales especiales, una investigación de juicio político de la Cámara de Representantes y finalmente por la Corte Suprema. En una decisión unánime, el tribunal le ordenó a Nixon que entregara sus grabaciones secretas, lo que condenó su presidencia”.

Woodward y Berstein rememoran todo el proceso. “En 1971, Howard Hunt, ex agente de la CIA, y G. Gordon Liddy, ex agente del FBI, fueron contratados para trabajar para la Casa Blanca en una Unidad de Investigaciones Especiales, conocida como los Plomeros. Su misión inicial era, dicen, tapar las filtraciones de funcionarios del gobierno de Nixon a los medios de comunicación… Con el comienzo de la campaña, Hunt y Liddy fueron trasladados al comité de reelección de Nixon para realizar operaciones de espionaje, seguimiento y sabotaje. En uno de los esfuerzos de espionaje más fuertes y efectivos, Elmer Wyatt, un agente de la campaña de Nixon, fue infiltrado en el comando de campaña de Muskie (el más fuerte precandidato demócrata) donde se convirtió en el chofer del senador. Wyatt recibió 1,000 dólares al mes para entregar copias de documentos confidenciales que transportaba entre la oficina de Muskie en el Senado y la sede de su comando de campaña presidencial”.

“Mientras tanto, Gordon Strachan, el principal asesor político del jefe de Gabinete, H. R. “Bob” Haldeman, y Dwight Chapin, secretario de nombramientos de Nixon, quien era como un hijo para el presidente, contrataron a Donald Segretti, un viejo amigo de la universidad y exabogado del Ejército, para implementar planes de sabotaje. Segretti, a su vez, contrató a 22 personas para infligir estas “heridas políticas” y recibió 77,000 dólares en cheques y efectivo. Herbert Kalmbach, abogado personal de Nixon, hizo los pagos en secreto con los fondos sobrantes de la campaña.

“Hubo muchos actores en el drama de Watergate”, escribió el jefe de Gabinete de Nixon, Haldeman, en su libro de 1978, La agonía del poder “y detrás de todos ellos acechaba la sombra omnipresente del presidente de Estados Unidos”.

Haldeman escribió, cuentan Woodward y Berstein que “esa tendencia a atacar con demasiada fuerza (…) reflejaba una creencia en el concepto —así como una voluntad demasiado grande para aceptarlo— de que el fin justificaba los medios”. En otras palabras, Nixon creía que su supervivencia política era por un “bien superior” que justificaba subvertir la voluntad del pueblo. “Un hombre no está acabado cuando es derrotado. Está acabado cuando renuncia”, escribió Nixon en una nota para sí mismo en 1969.

En 1977, apenas tres años después de que dejara el cargo, Nixon concedió una serie de entrevistas al periodista británico David Frost. Allí dijo que había “defraudado al pueblo estadounidense”, pero que no había obstruido la justicia. Nixon agregó que un presidente tiene amplia autoridad y no puede infringir la ley. “Cuando el presidente lo hace, eso significa que no es ilegal”, aseguró  en la entrevista.

Hasta ahí parte del notable texto que apenas el 13 de junio pasado publicaron Woodward y Berstein en el Washington Post. Ellos extrapolan esa historia con la de Donald Trump. Nosotros debemos hacer nuestras propias lecturas.

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