Roy Gómez
Jeremías fue un crítico. Ser así hace parte del talante profético. A partir de su análisis de la sociedad y con los ojos puestos en el proyecto de Dios, tuvo el valor de denunciar aquello que pasaba en la sociedad judía de su tiempo. Debido a los manejos políticos del rey Sedequías, sus compinches y, en general, a la forma como la gran mayoría de gente asumía la vida, Jeremías anunció la caída de Jerusalén.
Por eso salieron los compinches del rey a pedir la muerte del crítico, arguyendo que con semejantes discursos desmoralizaba la tropa y a todo el pueblo, y que, con todo eso no buscaba otra cosa sino el mal para todos. Como los críticos molestan a los mandatarios mediocres que no alcanzan a ver más allá de “sus narices”, Sedequías autorizó que acabaran con el profeta.
¡Cómo son las cosas de Dios! Con toda la desconfianza que normalmente tienen los judíos con los extranjeros, desconfianza convertida a veces en xenofobia, fue un extranjero, el etíope Ebedmélec, quien intercedió para que liberaran a Jeremías, que estaba condenado a morir en una cisterna llena de fango.
Vale la pena revisar nuestra vida y describir cuál es nuestra reacción ante una crítica. Necesitamos aprender a escuchar a los críticos. Necesitamos críticos, profetas que se atrevan a levantar la voz para manifestar aquello que va muy sutilmente por debajo del agua y que destruye todo a su paso sin darnos cuenta.
Vale la pena aclarar que necesitamos críticos, no criticones, ni chismosos. El chismoso es un ser infeliz, un ser frustrado desde todo punto de vista. Un ser envidioso que sufre con el gozo de los demás y por eso quiere que todos sean desgraciados como él. Este tipo de especímenes le hace mucho daño a las comunidades, a las familias y, por supuesto, a la Iglesia. “Que la muchachita de la esquina sale con dos tipos a la vez… que el niño pequeño del vecino parece que no es del marido porque no se le parece, que el del frente compró carro nuevo seguro porque anda en malos pasos, que a la niña bonita la ascendieron seguro porque se acostó con el jefe…”
Y si es en la Iglesia, los chismosos no faltan, porque como en ninguna parte los quieren buscan refugio donde sea y como no aman a nadie dicen amar a Dios. Y aquí también siembran cizaña y hacen mucho daño: “Que el padrecito tal tiene un hijo, que esta señora no sé qué cuento tiene porque ahora viene muy seguido a la Iglesia, que a la nueva ministra de comunión la han visto salir de algunos sitios no recomendables…”
Ojalá nosotros no caigamos en el chisme. En el fondo, el chismoso tiene un gran anhelo de felicidad y logra calmar su amargura con sus prácticas, pero termina cada vez más hundido y, a veces, hundiendo a los demás.
Por el contrario, el crítico es un ser que lucha por la felicidad propia y la de los demás. Al crítico le duele la injusticia, le molesta la corrupción, la mentira, la deshonestidad y por eso las denuncia, las enfrenta, inclusive arriesgando su propia vida.
El conflicto y la paz de Jesús:aquí podemos encontrarnos con dos extremos dañinos: personas conflictivas y personas con miedo al conflicto. El conflictivo busca problemas en todo lado. Pelea donde lo pongan: en el barrio, en el trabajo, en el deporte, en la familia, en la Iglesia, en una fiesta, en todo. Todo lo ve desde el problema, para él no hay nada bueno.
Por el contrario, quien le tiene miedo al conflicto todo lo deja pasar para no meterse en problemas. Sus frases típicas son: llevemos la fiesta en paz, no nos metamos en problemas, hagamos como si no lo hubiéramos visto…Es necesario ser hombres y mujeres de paz, promotores de la armonía. Pero el conflicto muchas veces es necesario.
Necesitamos entrar en conflicto con nosotros mismos. Enfrentarnos a nosotros mismos y describir nuestras fallas humanas, nuestras incoherencias, infidelidades, amarguras, etc. Quien tiene miedo a enfrentarse a sí mismo, quien no acepta sus errores y la necesidad de cambiarlos, quien siempre está en una actitud defensiva y le echa la culpa a todo el mundo de sus desgracias, nunca crece y se queda nadando en el fango, aunque lamente su desgracia.
Necesitamos entrar en conflicto muchas veces con nuestros seres queridos. Con nuestra pareja, con nuestros hijos, nuestros hermanos u otro ser querido. Necesitamos descubrir y enfrentar las injusticias que se comenten, muchas veces, en las mismas familias. Esposos machistas, esposas gastadoras compulsivas, hijos desordenados, en fin… cualquier actitud que pueda hacer daño. El miedo al conflicto hace que muchas personas sufran en silencio y no hagan nada por sí mismas. El miedo al conflicto ha hecho perder empresas, familias, comunidades, pueblos enteros también.
Necesitamos entrar en conflicto con la sociedad, con las estructuras que no andan bien. Denunciar las injusticias, nadar contra corriente cuando así lo amerite la situación.
Podríamos pensar que el evangelio se contradice, pues en algunos apartes invita a hacer la paz y en éste dice que Jesús no ha venido a traer paz sino guerra. Pero en el evangelio que hoy leemos pareciera que la cosa fuera totalmente distinta. ¿Piensan que vine a traer tranquilidad al mundo? Les aseguro que no: yo vine a traer divisiones. De ahora en adelante, si hay cinco en una familia, se pondrán tres de una parte y dos de la otra. Estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.”
Claro que la paz de Jesús no es sólo ausencia de conflicto. Es más, aún en medio del conflicto por su causa se puede vivir en paz: “Les he hablado de estas cosas para que tengan paz en mí. Ustedes encontrarán la persecución en el mundo. Pero ánimo, yo he vencido al mundo”. Dios con nosotros, que así sea…Luz.










