Cuarto domingo de cuaresma

Roy Gómez

Hoy es el domingo de la alegría. El domingo “laetare”. Se nos ha pedido al principio de la Eucaristía que nos alegremos. Y eso parece chocar un poco con el carácter austero de la cuaresma. Esta petición de alegría viene de la monición de entrada de la misa, de la primera oración que el sacerdote ha pronunciado desde el altar. Lo repito porque es muy bella. Dice así: “Festejen a Jerusalén, gocen con ella todos los que la aman, alégrense de su alegría, los que por ella llevaron luto; mamaran de sus pechos y los saciaran de sus consuelos”. Y esta bella y sencilla antífona es patrimonio de la Iglesia desde hace muchos, pero que muchos años. La frase “alégrense de su alegría, los que por ella llevaron luto” tiene mucho sentido con nuestra cuaresma. Realmente, la cuaresma no puede ser triste. El esfuerzo de conversión que estamos haciendo, incluso nuestras penitencias, no deben llevar impregnada tristeza alguna. Nos estamos preparando para asistir al misterio más grande de nuestra fe: la Redención. Pensar, además, que la Pasión y Muerte del Señor Jesús no es un final. Es sólo un paso hacia la Resurrección que trajo algo muy grande para nosotros, que pudieron ver nuestros hermanos y “colegas” de raza y condición humana, los apóstoles. Comprendieron ya sin duda alguna que el Señor Jesús era el Hijo de Dios, que Él mismo era Dios y que mostraba un mundo en el que jamás se morirá. Entiendo que tanto se han repetido estas cuestiones que podemos asumirlas en parte, como un reflejo histórico, sin duda entrañable, pero que no se corresponde con nuestras vivencias. Y, sin embargo, en nuestro corazón arde el rescoldo de que todo puede ser así y que la fe –que es luz— quiere crecer dentro de nosotros. En fin, que es para alegarse saber –porque nos lo ha dicho el Resucitado— que no moriremos definitivamente.

El relato de Juan Evangelista en torno al episodio del ciego de nacimiento es, sin duda, una narración fuerte, plena, cargada de tensión escénica, que diría un aficionado al teatro. Es obvio que nosotros esperamos aprender de tal narración. Las lecturas de cada misa dominical –y, por supuesto de toda Eucaristía— son una catequesis completa a la que se puede llegar incluso en solitario, si nos aplicamos a su estudio y contemplación. Y nos va a hacer mucho bien, si llegados a casa, en un momento tranquilo, releemos este evangelio de hoy que es sencillamente magistral. Veámoslo ahora aquí. En primer lugar, los discípulos preguntan a Jesús por el origen del mal físico del ciego de nacimiento. ¿Había pecado él o lo habían hecho sus padres? Jesús rompe de una vez con la injusta creencia judía del pecado como causante de desgracias y, además, con un componente hereditario. Obsérvese que, si el pecado traía desgracias y enfermedades, la riqueza era un don de Dios, según ellos. Y así, entonces, el especulador era un hijo predilecto de la divinidad. Jesús de Nazaret nos mostró la verdadera imagen de Dios Padre, el Dios Amor, que no pretende vengarse de ninguna criatura. Y que la riqueza es, muchas veces, camino de perdición y no de salvación. “No pueden servir a Dios y al dinero”, dijo en otra ocasión.

 El ciego de nacimiento recupera la vista y como es lógico el hecho llena de admiración a todo el entorno cercano al templo de Jerusalén, porque el mendigo ciego era muy conocido. Él mismo, cuando alguien señala que puede ser otro que se le parece, dice tajantemente que se trata de él, del ciego de siempre. Y a partir de ahí se inicia un ir y venir, un preguntar y responder, que termina teniendo a los fariseos como protagonistas muy activos. Incrédulos, por un lado, pero también preocupados porque no se haya cumplido el precepto del sábado… La investigación de los fariseos es exhaustiva, policial, llegan a preguntar a los padres del ciego. Y, finalmente, el antiguo ciego termina enfrentándose con quienes le agobian a preguntas sin importarles la importancia de la curación, que un ciego vea. Sin solidarizarse con él ante el enorme don recibido.

A mi juicio la primera enseñanza que podemos obtener del relato es precisamente esa: los fariseos bloqueados por el obligatorio cumplimiento de sus normas no ven la bendición inherente en que un ciego de nacimiento recupere la vista. Y llevados de esa locura pretenden que una cosa así sea obra del diablo, cuando éste no trae bendición alguna, sino mentira y mal por doquier. La radicalización de los fariseos es tanta que llegan a expulsar de la sinagoga al ciego. Y esa expulsión era como la muerte civil del implicado, algo así como la pérdida de la nacionalidad y, por tanto, de todos los derechos. Siguen sin ver la importancia positiva de un milagro. Lo lógico, dentro aún de su severidad, es que se hubiesen alegrado con la recuperación de la vista del ciego de nacimiento y luego hubieran seguido su investigación. Pero no es así. Están irritados, iracundos… tal vez, los milagros de Jesús son para ellos como lluvia en tierra embarrada. La importancia del Maestro de Nazaret va creciendo y ellos siguen quedando en evidencia.

El ciego, evidentemente, no sabe quién le ha curado, pero intuye que quien lo ha hecho tiene que venir de Dios. Un bien tan grande no puede venir de otro lado. Y por eso manifiesta que es profeta –enviado de Dios— quien lo ha hecho. Y ese reconocimiento, que responde a una lógica sencilla, produce al ciego, por la maldad y cerrazón de los fariseos, que sea objeto de un mal grande: su expulsión de la sociedad. Ello, incluso, le impediría hasta pedir limosna si lo necesitase. Tendría incluso que huir a otros lugares. Jesús no es ajeno a toda esa presión y busca ayudar al antiguo mendigo ciego. Se le presenta como lo que es, como el Mesías. Y ante ello, con la vista limpia y recién estrenada por la generosidad de Jesús alcanza a ver más de lo puramente humano. Y, sin duda, el portento de recuperar la luz, de ver todo con extraordinaria limpieza queda presente ante la tiniebla y ceguera de los fariseos que asisten a la conversión del ciego. Jesús les llamará ciegos porque persisten en su pecado. No es Dios quien les nubla la vista. Es su cerrazón y su falta de amor. El pecado ensombrece, ciega y, de persistir, rompe cualquier posibilidad de vuelta hacia el bien. La luz desaparece y se abre una vida de caminar a tientas y sin saber dónde se va.

Pues que ojalá al término de esta cuaresma, en la noche sagrada de la luz, cuando la resurrección de Cristo encienda el cirio pascual, miremos aquello con la mirada limpia de quien acaba de abrir los ojos por primera vez, sin el empecinamiento por las cosas viejas o de cuestiones que, como a los fariseos del relato de hoy, ciegan los ojos de la cara y del corazón.

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