DAR COMO SE RECIBE: CON AMOR…

ROY GÓMEZ

Compartir una comida es signo de fraternidad y de alegría. Cuando alguien celebra algo importante suele hacerlo con una comida. Algunas religiones imaginan la felicidad de la otra vida como una mesa llena de manjares a la que se sientan aquellos que han sido invitados. También los israelitas celebraban, como hemos escuchado en la lectura del Éxodo, la Cena Pascual, recuerdo y actualización de la liberación de Egipto. Pero la invitación de Jesucristo a participar en la mesa de la Nueva Alianza es hoy universal. No hay duda de que Dios no hace acepción de personas, para El todos somos iguales, a todos nos invita a participar en su fiesta.

San Agustín llama a la Eucaristía: sacramento de amor, símbolo de unidad, vínculo de caridad. Ante la Eucaristía seguidor de Jesucristo, por medio de la fe, puede barruntar algo de la profundidad e intensidad del amor de Cristo, puesto que ese amor es responsable de la Encarnación, de la Cruz, de la Iglesia, de los Sacramentos… «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo….». Para San Agustín la Eucaristía es signo de unidad: «Nuestro Señor ha puesto su cuerpo y sangre en estas cosas -el pan y el vino- que, de múltiples que son en sí se reducen a una sola, porque el pan, de muchos granos, se hace una sola cosa; el vino se forma de muchos granos, que hacen un solo licor». Y realiza la unidad: «Puesto que uno es el pan, un solo cuerpo formamos todos los que participamos de ese único pan» nos dice Pablo en la Primera Carta a los Corintios. Cristo es la cabeza del Cuerpo Místico que formamos con él todos los bautizados. Si recibimos a Cristo en la Eucaristía, recibimos también a todos nuestros hermanos. Comulgamos con todos ellos: santos o no, amigos o enemigos. Vínculo de amor: sin la comunión no habría amor a los demás. Cada comunión debe hacernos crecer en el amor a los otros. El otro debe ser nuestra hostia diaria. La Eucaristía debe crear en nosotros la decisión consciente de ir hacia los otros y entregarnos a ellos.

En el amor fraterno. Por encima de las oraciones litúrgicas de acción de gracias, por encima de las plegarias privadas, la verdadera acción de gracias es la caridad. El sacerdote, lo recordamos hoy, es puente de caridad entre Dios y los hombres. ¿Por qué falla la Eucaristía? Porque no nos dejamos transformar. Creemos que al comulgar hacemos a Cristo cosa nuestra, cuando la verdad es otra. Al comer a Cristo somos comidos por Él. Y la Eucaristía falla cuando comulgamos, no cuando somos comulgados. «Como es fuente de vida el Padre que me envió y yo vivo por el Padre, del mismo modo, el que me come vivirá por mí». Cada Comunión debe hacernos crecer en el amor a los otros. El Otro es tu hostia diaria.

La Iglesia quiere que esta tarde, cuando celebremos la Cena del Señor, leamos lo que nos dice San Juan en el capítulo 13. No puede ser casual, sino profundamente significativo, que en el mismo momento y lugar en el que los tres evangelios sinópticos nos hablan de la institución de la eucaristía Juan nos hable del lavatorio de los pies. Que Juan conocía la enorme importancia que, para los discípulos de Jesús, tenía el pan eucarístico nos lo había dejado ya bien claro en el capítulo sexto de su evangelio, cuando nos relata el largo discurso de Jesús sobre el “pan de vida”. El que ahora, en este momento tan trascendente y emotivo en la vida del Maestro, Juan nos hable del lavatorio de los pies, en lugar de hablarnos de la institución de la eucaristía, tiene que tener, por tanto, un significado especialmente grande. Yo creo que la Iglesia y la comunidad cristiana han comprendido perfectamente la intención del evangelista Juan, cuando han querido que a este día lo llamemos día del amor fraterno. En la última reunión que Jesús tenía con sus discípulos, antes de irse al Padre, ha querido dejarles muy claro cuál ha sido su preocupación y su enseñanza, a lo largo de su vida: amar al prójimo y amarle activamente, sirviéndole, “tomando la condición de esclavo, pasando por uno de tantos”. El adjetivo “fraterno” forma aquí una unidad de sentido indivisible con el sustantivo “amor”. Se trata de un amor activo, sacrificado, oblativo, hasta dar su vida por la salvación de sus hermanos, los hombres. El amor que Jesús nos ha demostrado durante su vida y, de manera especial, en su pasión y muerte no fue, en ningún caso, un amor pasivo, ni preferentemente contemplativo. Este es el legado y el ejemplo principal que Jesús quiere dar ahora a sus discípulos. “En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os amáis los unos a los otros como yo os he amado”. Es decir, un amor que busca a la oveja perdida, al enfermo, al pecador, al marginado, al pobre y necesitado, un amor que se manifiesta siempre en obras de ayuda al prójimo. Sólo este amor es, con propiedad, un verdadero amor cristiano, fraterno. Yo creo que esto es algo de lo que quería decirnos San Juan, en su evangelio, cuando nos dice que “antes de la fiesta de la Pascua…estaban cenando y Jesús se levanta de la cena, se quita el manto y… se pone a lavarles los pies a los discípulos”.

Pedro le dijo: no me lavarás los pies jamás. El comportamiento de Pedro, en aquel momento y en aquellas circunstancias, fue un comportamiento normal y consecuente. En aquel tiempo y en aquellas circunstancias, eran los esclavos los que lavaban los pies a los señores, no al revés. Lo que fue novedoso y fuera de lo normal fue el comportamiento de Jesús. Y Cristo sabía muy bien lo que hacía y el momento en el que lo hacía. Los discípulos de Cristo, los cristianos, ya no podemos tener dudas sobre la doctrina y enseñanzas del Maestro. Nuestra principal vocación es servir amando y amar sirviendo a los demás. El amor que Cristo nos enseña y nos deja como testimonio, en esta tarde de Jueves Santo, es un amor de servicio, un amor fraterno. Jesús quiso que el amor fraterno fuera, desde entonces, la seña y distintivo por el que los demás nos conocerán a los que nos llamamos sus discípulos.

ESA LA ENTREGA AMOROSA DE CRISTO: Jesús conocía de antemano lo que iba a ocurrir. San Juan en su relato de la Pasión lo repite varias veces, pone así de relieve que el Señor se entrega a la muerte de modo consciente y libre, llevado sólo por la fuerza de su inmenso amor y no por la fuerza o violencia de sus verdugos. Es cierto que ese conocimiento le hizo sufrir antes de que llegase, tanto en el huerto, como al recordarlo cuando el día de su inmolación estaba cerca.

¡QUÉ HABLEN LOS GESTOS! Si el Señor lo hizo, lo tendremos que imitar también nosotros. En el amor estará nuestro escudo y nuestra defensa. Quedarán para siempre en la memoria del Señor cinceladas aquellas escenas en las que, nuestras manos ayudaron; en las que nuestros brazos levantaron; en las que nuestros pies señalaron el camino a los demás. Lo que se recibe gratis, se da con más AMOR. Que así sea. Luz.

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