Roy Gómez
«Tú, Señor, aceptaste rendidamente los extraños planes del Padre eterno. Él había proyectado una historia sangrienta para su Hijo unigénito… Uno de los suyos le traicionaría, uno de los doce que él había elegido de entre una gran multitud. Todo comenzaría en una noche densa, cuando estaba rezando, postrado en una soledad profunda, indefenso y asustado. Le atarían como a un bandido, alumbrando con antorchas que no lograban romper la negra noche.
Un juicio bien amañado, unos testigos falsos, una bofetada seca al menor intento de una contestación clara. Sometido al tribunal romano, viendo cómo los suyos, a los que tantas veces benefició, su mismo pueblo le negaba con rabia, pidiendo a gritos desaforados su muerte en una cruz. Y tú, Jesús, callabas, aceptando dócil como manso cordero cuanto quisieron hacer contigo, todo aquello que se veía abocar a un trágico final.
Nosotros también queremos aceptar los planes de Dios. Dilo con sinceridad, con espíritu de entrega, confiando plenamente en la voluntad divina: Sea lo que sea, Señor. Lo acepto, lo quiero, lo deseo. Sólo te pedimos que nos des fuerzas para vivir nuestra pasión de forma parecida a como tú viviste la tuya.
Cuando se acercaban, escondidos en la noche, te pusiste en pie. No para huir, sino para salirles al encuentro. ¿A quién buscan? -preguntaste-. A Jesús Nazareno -dijeron-. Yo soy -contestaste-. Decidido a la entrega, fuerte, lejos del miedo y la angustia de antes, sereno y majestuoso. La fuerza de Dios había aparecido en la debilidad de tu carne.
Luego, ante Pilato, hablarás con acierto, dueño absoluto de la situación. Aparecerás ante los tuyos, esos que te rechazan, vestido con las insignias reales. Una corona, un cetro, un manto de púrpura. Y el pretor romano dirá solemnemente: He ahí a su rey.
La cruz será tu trono, el primer paso ascendente hacia la exaltación que se aproximaba. Y detrás de la sangre cuajada, de las lágrimas resecas, detrás de tu figura doliente, el buen ladrón descubre tu grandeza de rey eterno. Acuérdate de mí cuando estés en tu reino -dijo aquel infeliz-. Y tú, imponente, seguro y victorioso: En verdad te digo que esta tarde estarás conmigo en el paraíso… Haz, Jesús, que también nosotros nos apoyemos en el brazo de Dios, caminando, sufriendo, pero serenos, por nuestro propio Vía Crucis».
Este relato, repetido por los otros evangelistas, es sin duda uno de los más entrañables y alegres de la historia de Jesucristo. En él intervienen los apóstoles y discípulos, el pueblo llano que seguía entusiasmado a Cristo, los niños que tanto le querían y admiraban. El marco escénico también contribuye a dar encanto y ternura, sencillez y magnificencia a un tiempo a este suceso. El descenso desde Betfagé hasta Jerusalén, hacia la Puerta Dorada probablemente, era un camino de bajada y subida que muchas veces habían recorrido los peregrinos procedentes de Galilea. Descendía por el monte de los Olivos, atravesaba el torrente Cedrón en el valle de Josafat, zona de sepulcros y de muerte, para ascender casi en línea recta a la explanada del Templo por la parte oriental, entrando por la Puerta Dorada, llamada también Puerta de la Misericordia, donde el sol encendía en aquellos momentos los mármoles de las columnas y capiteles, el pináculo, la nave central y los atrios del Templo.
Mateo ve en este acontecimiento la realización del vaticinio del profeta Zacarías, que anunciaba la llegada del Rey de Israel, avanzando hacia el monte Sión, lleno de mansedumbre y majestad, sentado sobre un borrico. La Iglesia repite cada año en todo el mundo, también en el camino que baja de Betfagé hacia Jerusalén, esa procesión de hombres y de mujeres, de niños con ramos de olivos y con palmas, que aclaman al Señor con júbilo y entusiasmo. Sólo los orgullosos sonríen con ironía o protestan indignados, los que no tienen fe, los que sólo miran con los ojos de la carne porque están ciegos en el alma. A ellos el Señor, cuando le piden que acalle a la multitud, les contesta: «Si éstos callaran, las piedras gritarían». Y es que las piedras son más blandas y sensibles que el corazón de los orgullosos y los soberbios. Nosotros deseamos ser como niños, tomar nuestros ramos de olivo y seguir a Jesús por el camino, aclamándolo con entusiasmo, mientras que miramos con envidia al borrico que marcha orgulloso con tan noble carga.
En el pórtico de la Semana Santa, con el Domingo de Ramos, se entrecruzan dos sentimientos: el gozo (al ver cómo Jesús es aclamado) y la tristeza (mañana todo será llanto). Y, por esa puerta, adentrándonos en Jerusalén acompañamos a Jesús que nos invita a vivir con las auténticas horas de pasión, entrega, amor, donación, sacrificio, muerte y resurrección. ¿Seremos capaces de meternos de lleno en la solemnidad de la Pascua? ¿Somos conscientes de que, nuestro ser cristiano, arranca y nace de la Pascua del Señor?
Jesús va a la cabeza. No se esconde. Hoy, su rostro es halagado por miles de palmas, pero, en viernes santo, será abofeteado por la burla, la incomprensión o el escarnio. En ninguna de las dos situaciones, Jesús, se echó atrás. Sabía que, su misión, iba a ser probada por diversos contrastes: gloria y desdicha, triunfo y fracaso, júbilo y desnudez.
Con Cristo, en este domingo de ramos, iniciamos una impresionante peregrinación hacia el culmen de su misión. Vamos con El y, además, lo hacemos siguiendo sus indicaciones. El Señor quiere celebrar la Pascua ¿por qué no vivirla, especialmente este año, como si fuera la primera vez? ¿Por qué no vivir intensamente cada gesto y cada oración, cada palabra y cada silencio que nos conducen hacia el rostro auténtico de Dios?
En el inicio del Domingo de Ramos se encuentran los vítores y las aclamaciones, pero allá al fondo –sobre un montículo- Jesús divisa el horizonte donde, el próximo Viernes Santo, se alzará una cruz exponente del mucho amor que Dios nos tiene. Una cruz que, lejos de estar vacía, estará colmada por un cuerpo que, en esas horas, será olvidado, insultado, silenciado y traicionado.
Hoy, la alegría, hace que se sacudan palmas al viento. En la tarde de Viernes Santo, las voces enmudecerán por cobardía. La cruz se alzará en la más absoluta soledad (con la sola presencia de Juan y de María) y, como alabarderos, aun lado y otro, dos ladrones que –ante iguales ofertas- responderán de formas diferentes.
Hoy con esta manifestación pública de nuestro afecto a Jesucristo expresamos esa gran procesión que, como cristianos, estamos realizando a la Jerusalén celeste. ¿Servirán de algo nuestros ramos bendecidos? ¿Sonarán a sinceros nuestros cánticos jubilosos? ¡Por supuesto que sí! Frente al intento, por diversos estamentos, de coartar nuestra libertad religiosa; de planificarnos una sociedad sin más perspectiva que sus propias murallas, los cristianos sabemos que, una ciudad, nos aguarda al final de nuestra existencia: el cielo.
Jesús, si se aventuró a dar estos pasos finales que le llevaron a la muerte, es porque así lo creía: era paso previo y obligado para cumplir su misión; para introducirse en la Patria celeste y, para que junto con El, también nosotros podamos participar de esa conquista. ¿Y aún hay quien se resiste a aclamar a Jesús como Señor y como Rey?
Que nuestras gargantas, en este soportal de la Semana Santa, entonen cantos de alegría y de alabanza: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! Porque necesitamos un poco de cielo, un poco de Dios, un poco de eternidad. Porque, entre otras cosas, necesitamos seguir a Jesús por ese camino que nos lleva derechos a la comunión con Dios Padre.
¡Feliz Semana Santa, hermanos! ¡Felices horas de pasión, muerte y resurrección! ¡Las necesitamos más que nunca! Que así sea…Luz.










