Roy Gómez
Existe una ley metida en nuestras mismas entrañas, una ley natural que nos inclina a respetar y a querer a los que nos dieron la vida, a los que nos llevaron en sus brazos cuando no sabíamos andar, a los que nos proporcionaron aun antes de nacer tanto cariño y tanto desvelo. Una ley que, sin embargo, se olvida a veces. Por eso Dios ha querido confirmarla con su propia ley. Y así el primero de los mandamientos que miran al bien del prójimo está dedicado a los padres.
San Pablo, escribiendo a los efesios, les dice: «Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor, porque esto es de justicia. Honra a tu padre y a tu madre -que es el primer mandamiento con promesa- para que seáis felices y tengáis larga vida sobre la tierra». Y el libro de Sirac que hoy leemos nos anima a cumplir este mandamiento: «El que honra a su padre se alegrará de sus hijos y cuando rece será escuchado…».
Somos tan amigos de la independencia que nos cuesta el depender de alguien. Hay como un loco afán de libertad mal entendida, un deseo incontenible de vivir cada uno a su aire. La rebeldía, tantas veces sin causa, se ha puesto de moda… Perdónanos, Señor. Haz que escuchemos tus palabras con el deseo de hacerlas vida de nuestra vida. Que sepamos querer, reverenciar, obedecer a esos que tanto nos han dado y tanto nos han querido, nuestros padres.
El autor inspirado por Dios insiste en señalar ese deber sagrado de honrar a los padres mientras vivan. Es un deber perenne, un deber que no termina nunca. Porque ni aun cuando mueran se pueden olvidar los hijos de sus padres. También entonces hay que honrar su memoria, rezar por ellos. ..»No los abandones mientras vivas, aunque flaquee su mente, ten indulgencia, no lo abochornes…». Qué problema tan dramático el de los padres abandonados, olvidados, relegados en el último rincón, echados de casa, metidos con engaños en asilos o residencias de ancianos, con grandes dificultades para encontrarles sitio por estar todo lleno. Y es ahora, cuando difícilmente se pueden valer por sí mismos, cuando más necesitan cariño, comprensión, calor de hogar.
Los viejos nos estorban, no nos sirven para nada, son muebles inútiles, son causa de riñas y discusiones entre los esposos, no hacen otra cosa que dar trabajo. Se ponen malhumorados, insoportables con sus rarezas. Y cada vez hay más viejos… Así podríamos pensar, con fría crueldad.
Sin embargo, la ancianidad es la cumbre nevada y majestuosa de toda vida de lucha y de ilusiones. La vejez es la etapa última de nuestro correr hacia la eternidad… Dios nos dice: «La limosna del padre no se olvidará. Será tenida en cuenta para pagar tus pecados; el día del peligro se acordará de ti y deshará tus pecados como el calor la escarcha».
Ante su familia: El Hijo de Dios se ha hecho hijo de mujer para estar más cerca de todos nosotros. Desde que el hombre comenzó a existir fue una criatura predilecta de Dios. Según el relato del Génesis, sólo con el hombre tuvo el Creador relaciones de amistad, a él le entrega cuanto ha creado para que lo cuide y lo aproveche en su propio beneficio. Incluso después de haber pecado, Dios da la impresión de que no tiene fuerzas para abandonarlo del todo. Compadecido de su tremenda desgracia, le promete un Redentor que un día, entonces lejano y ahora presente, hará posible la reconciliación, una creación nueva en la que otra vez el Señor esté muy cerca de su criatura, para enseñarle el camino de la salvación, para ayudarle a recorrerlo siendo Él quien vaya delante, señalándolo así de forma inequívoca.
En efecto, podemos decir que todas las épocas y circunstancias de la vida humana han sido recorridas por Jesucristo. De esa forma su enseñanza no es pura teoría, sino un ejemplo vivo y palpitante que nos ha de arrastrar con su fuerte atractivo. Para quien conoce la vida de Cristo, siempre hay una página evangélica que le ilumina y señala el camino a elegir. Hoy, fiesta de la Sagrada Familia, el Evangelio nos permite contemplar uno de los acontecimientos que el Señor vivió en el seno de su propia familia, para que nosotros aprendamos cómo hemos de vivir dentro de la nuestra.
Lo primero que destaca en este pasaje es la piedad de José y María, así como la preocupación de que también el Niño viva esos deberes religiosos propios de un buen hebreo. Como estaba mandado por la Ley, ellos iban cada año en peregrinación hasta Jerusalén por la fiesta de la Pascua. Según esto, también irían cada sábado a la sinagoga como era costumbre entre los judíos. También recitarían a diario las diversas oraciones que todo judío piadoso solía hacer. Mirémonos en este espejo preclaro y comparemos. Renovemos las antiguas costumbres si las hemos abandonado, fomentemos la piedad en nuestros hogares. Los padres han de ser los primeros en cumplir con estos deberes de piedad. Luego, con cariño, con persuasión y constancia que, sin ser agobiante, despierte el sentido religioso que todo hombre lleva en su interior.
La otra lección que podemos aprender, aunque no la única, es que antes que los derechos de los padres sobre los hijos están los de Dios sobre ellos. Es un hecho evidente que las vocaciones sacerdotales y religiosas han disminuido. Es cierto que hay muchos factores que intervienen a la hora de explicar este triste fenómeno. Pero no hay duda que uno de esos factores está en la familia. Lo mismo que los que hemos llegado al sacerdocio debemos en gran parte nuestra vocación a nuestros padres, también es verdad que la falta de grandes ideales se debe al ambiente fácil y materialista que en nuestros hogares con frecuencia se vive. Que sepamos rectificar, que vivamos mejor nuestra fe. Sólo así salvaremos a la familia.
Dios bendiga nuestras familias, nos conceda vida, luz y tranquilidad. Paz y Bien… Feliz 2024 en nuestras vidas.










