Roy Gómez
No es fácil despejar la emoción personal de cada uno en estas fiestas de la Navidad del Señor. Quiero recordar, ya en pleno día, que ha sido en La celebración que entrañablemente llamamos Misa del Gallo, donde se ha leído el relato maravilloso de Lucas sobre lo acontecido en Belén, con las idas y venidas de los ángeles y la adoración sencilla de los pastores. No hay mejor momento para escuchar a San Lucas. Pero, luego, ahora, ya en la misa del día, cuando el nacimiento del Mesías es un hecho, resulta de enorme altura la recitación del principio del Evangelio de San Juan donde se refleja la acción del Verbo de Dios, de la palabra de Dios.
Y no hay en la totalidad de las Sagradas Escrituras un texto de superior altura, en donde se define la gran aportación del paso de Cristo por la Tierra y es el conocimiento fehaciente de la Trinidad Beatísima, que el Antiguo Testamento solo se vislumbraba.
En estos primeros 23 años del Tercer Milenio –estamos cerca de la segunda década del siglo XXI– es donde parece que hay como una ventana a la eternidad, y parece lógico hacer especial mención de todos los aspectos trinitarios que se nos presenten. Ello nos acerca a esa «visión» trinitaria.
El prólogo del Evangelio de San Juan, contiene todo lo necesario para entender esa interrelación entre las divinas personas. Visto, además en el contexto histórico en que se hizo, solo puede entenderse en función de que se escribió gracias a una fehaciente revelación divina, cercana y plena. La definición creadora de la Palabra, del Verbo, supera la capacidad humana de intuición. Hay que reiterar, pues, la importancia del texto del mencionado prólogo del Evangelio de San Juan.
Sea como fuere, este texto sobrecoge y es muy propio para ser meditado en estos días en los que nuestra espera ya ha terminado. Y el continuo grito de «¡Ven Señor Jesús!» se ha cumplido. Pero es fundamental que se nos defina de manera total a quien esperábamos y dicha definición expresada de manera exacta está en los citados primeros versos del Evangelio de Juan. Por otro lado, el comienzo de la Epístola a los Hebreos va a marcar, asimismo, el punto de traslación entre el Antiguo y Nuevo Testamento y enlaza con lo afirmado por Juan al decir el autor de la Carta a los hebreos que «sostiene el universo con palabra poderosa.
Escribe Isaías un párrafo de indudable belleza plástica que define la labor del mensajero, del portador de noticias, del periodista de entonces. Dice el profeta: «Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva, que pregona la victoria, que dice a Sion: ¡Tu Dios es rey!» De hecho, está coincidiendo en la definición de Hijo de Dios que de tanto el autor de la Carta a los Hebreos como San Juan en la introducción a su Evangelio hace. Isaías con su sentido plástico se fija en los pies de quien trae la Buena Nueva. Pero va a insistir. Añade: «Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro,
porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sion.»
Ver cara a cara al Señor es participar en su llegada, o en su vuelta. Es la presencia inmediata, absolutamente, cercana del Dios que acaba de llegar. Sobre este aspecto inciden los tres textos proclamados.
Había que decir, además que esa especie de explosión doctrinal y teológica del principio del Evangelio de Juan está en perfecta correspondencia con la sublime emotividad del relato de Lucas sobre el nacimiento de Cristo. Si hace falta que sepamos cómo se manifestó Dios y sus ángeles en la prodigiosa noche de Belén, hemos de saber igualmente cual es, exactamente, la naturaleza y misión del Hijo de Dios que acaba de nacer. Hay que tener en cuenta las dos cosas.
Y ambas se nos ofrecido en la Palabra de Dios que hemos escuchado hoy, día en que festejamos, según los mejores cálculos, el 2001 aniversario del nacimiento del Niño Dios.
Y no es un problema de cálculos astronómicos o de interpretación del calendario lo que nos obliga, otra vez. a reflexionar sobre este nuevo Milenio, el tercero de la edad cristiana. Y ojalá que coincidiera con una extensión significativa de la Palabra del Dios y del Reino de Cristo. Y nosotros tenemos la obligación de convertirnos en portavoces de la Buena Nueva y de la Alegría –con mayúsculas—del Nacimiento de Jesús. Es lo que debemos hacer nada más salir del Templo.
Es nuestra obligación gozosa. Pero también hemos de mostrar nuestra alegría. Sabernos inmersos en la Navidad y gozar de la alegría que trae siempre el nacimiento de un niño, entendiendo que el Niño que nos ha nacido es Dios y que viene a cambiar el mundo y los corazones de los hombres.
Hoy es día de confianza en Dios, de saber que no estamos solos, pero ante todo de que recibamos vida en nuestro ser…Que así sea. Paz y Bien. Luz y Vida. Feliz Navidad 2023 en nombre de Dios.










