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Oremos al padre nuestro

Roy Gómez

Hoy nos encontramos a Jesús en oración. No es ésta la única ocasión en la que aparece orando. Más bien ocurre con frecuencia (sobre todo en Lucas). Parece que era una necesidad tan vital para él, que a veces se pasa la noche entera orando. El Hijo necesita encontrarse con el Padre, y el Padre necesita encontrarse con el Hijo.  Y si esto es así, nosotros, que no somos Jesucristo, nos quedamos sin excusas ni argumentos para no orar. Hay que decirlo así de claro: Yo necesito orar y el Padre necesita o desea que yo ore.

Se ve que a los discípulos de Jesús les resultaba llamativo y les cuestionaba eso de verle orar. Algo notaban en su oración que les resultaba «distinta» con respecto a lo que, como judíos, habían aprendido y estaban acostumbrados. ¿Y Cómo era esta oración, de la que Jesús se distancia y diferencia?

– Algunos rezaban repitiendo Salmos, bendiciones y plegarias, o algún pasaje bíblico en concreto, que aprendieron desde pequeños. Tiene su valor este modo de orar, pero tiene el riesgo de que realmente no haya verdadero encuentro con Dios, que se quede todo en palabrería y rutina, que sea yo solo el que hable, y que no me plantee el «Señor, ¿qué quieres de mí?».

– Muchos comprendían la oración como un modo de «informar» a Dios de lo que les pasa, y convencerle de que les echase una mano, o explicarle lo que tendría que hacer en su favor. Dios sería algo así como un señor feudal sentado en su trono, al que hay que sacar de sus profundas meditaciones, para decirle que estamos aquí, y que necesitamos sus «mercedes», como decían los antiguos cristianos.

– Con frecuencia creían que a Dios se le podía «ganar», «convencer» o «comprar» a base de ofrendas, sacrificios, ritos. Ellos encargaban a los sacerdotes algún sacrificio u ofrenda, hacían algún ayuno o rezo, y «a cambio», Dios los escucharía, los perdonaría o les prestaría su ayuda. Al menos se quedaban con la conciencia tranquila de que ya habían «cumplido». Luego, fuera del Templo, no era raro que la vida fuera por otro lado, y se portaran de manera egoísta, ignoraran al pobre, o abusaran de sus trabajadores. Esto suena a «mercado» religioso con Dios: Yo te doy, y a cambio Tú me das.

– La oración se había vuelto enormemente individualista y centrada en los propios intereses. Rezaban por sus cosas, por sus familias y amigos, por sus necesidades. Su modo de plantearse o hacer la oración no les cambiaba en absoluto, no les hacía abrirse más a los otros.

– Y, por señalar un último elemento, a Dios se lo solían dejar «dentro» del Templo. Estaba alejado de la vida. Una cosa era la vida cotidiana, y otra distinta la oración y la relación con Dios, aunque rezasen varias veces al día. El trabajo, la diversión, los acontecimientos sociales y políticos no eran lugares ni materia para el encuentro con Dios.

Jesús, quiso que sus discípulos orásemos de otra manera. Y para ello «traduce» y sintetiza su experiencia íntima en una oración: el Padrenuestro. Se trata de una especie de «manual» de oración, no un simple rezo para repetir, con los contenidos y actitudes que debieran empapar cualquier otra oración. Jesús no pretendió cambiar unos rezos por otros.

Al orar decimos «Padre». Necesitamos, al comenzar nuestra oración, caer en la cuenta, de a quién nos dirigimos. No se trata de un señor importante, con la agenda apretada, que, si tiene tiempo y ganas, nos atiende. Es un Padre, y su mayor interés (por no decir el único) somos nosotros. No hace falta «convencerle» de nada, porque Él está de nuestra parte, es bueno y quiere en todo nuestro bien. Él sabe mejor que nosotros lo que nos conviene, y está dispuesto a dárnoslo, aunque no se lo pidamos. Eso hace un buen padre ¿no?

Decía San Agustín: «El hombre ora no para orientar a Dios, sino para orientarse a sí mismo». Y escribió: «El objetivo de la oración no es conseguir lo que hemos hacernos distintos”.  Y por eso “orar es ponerse a disposición de Dios para que haga en nosotros finalmente lo que desde siempre ha querido hacer, y para lo que nunca le hemos dado ni tiempo, ni ocasión, ni posibilidad.”

Un buen hijo está pendiente de lo que su padre necesita o desea para agradarle. Y saber que Dios es mi padre ya me calma, y me recuerda que todo está en «buenas manos». Cada vez que oramos así, le dejamos a Dios que nos diga «hijo mío».

El hombre nuevo, nacido de nuevo y restituido a Dios por su gracia, dice en primer lugar: Padre, porque ya ha empezado a ser hijo. La Palabra vino a su casa —dice el Evangelio— y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Por esto, el que ha creído en su nombre y ha llegado a ser hijo de Dios debe comenzar por hacer profesión, lleno de gratitud, de su condición de hijo de Dios, llamando Padre suyo al Dios que está en los cielos.

Este Padre es «nuestro», y cada vez que nos abrimos a Él, tiene siempre una pregunta en los labios: «¿Qué hay de tu hermano?» (Génesis) ¿qué me cuentas de él?, ¿cómo está? ¿Qué podemos hacer por él entre los dos? Es lógico que éste sea tema de conversación con él. Un padre siempre anda preocupado por todos y cada uno de sus hijos, especialmente por los que peor lo pasan, nos quiere a todos hermanos, porque todos somos hijos suyos.

No decimos: “Padre mío, que estás en los cielos”, ni: “El pan mío dámelo hoy”, ni pedimos el perdón de las ofensas sólo para cada uno de nosotros, ni pedimos para cada uno en particular que no caigamos en la tentación y que nos libre del mal. Nuestra oración es pública y común, y cuando oramos lo hacemos no por uno solo, sino por todo el pueblo, ya que todo el pueblo somos como uno solo.

Y Decimos santificado sea tu nombre, no en el sentido de que Dios pueda ser santificado por nuestras oraciones, sino en el sentido de que pedimos a Dios que su nombre sea santificado en nosotros. Por lo demás, ¿por quién podría Dios ser santificado, si es Él mismo quien santifica?  Él ha dicho: «Sean santos, porque yo soy santo», por esto, pedimos y rogamos que nosotros, que fuimos santificados en el Bautismo, perseveremos en esta santificación inicial. Y esto lo pedimos cada día. Necesitamos, en efecto, de esta santificación cotidiana, ya que todos los días pecamos, y por esto necesitamos ser purificados mediante esta continua y renovada santificación.

La oración continúa, recordándonos cuál es la tarea en la que anda empeñado el Padre: su voluntad es el Reino, la felicidad del hombre, nuestra santificación, conducirnos hacia la plenitud. Pero para ello ha querido contar libremente conmigo para esta tarea. Sabiendo que él hará por mí todo lo que pueda, yo le digo: «Aquí estoy para hacer tu voluntad». Podemos hacer mucho en la vida de cada día: en cada encuentro, en cada decisión, en cada acontecimiento la oración se va convirtiendo en actitudes y compromisos. Buscar y conocer su voluntad nos abre al sentido y al compromiso para ser obreros de su viña. Para no quedarnos en palabrerías, sino que construyamos nuestra casa sobre roca y «haciendo» en toda su voluntad.

Entonces, ¿no hace falta que pidamos nada, a parte del pan y el perdón? Jesús nos insiste en que pidamos, busquemos y llamemos, porque el Padre no niega el Espíritu a quien se lo pide, a quien lo busca, a quien lo llama. Lo mejor que podemos pedir y lo mejor que Dios nos puede dar es a sí mismo (su Espíritu). Y si Dios está con nosotros, ¿quién podrá con nosotros? Nadie, ni nada, ni siquiera la muerte, nos podrá apartar de Dios. Este Don (del Espíritu) lo vamos recibiendo poco a poco, precisamente en el silencio, en nuestros ratos de estar a solas con Dios. Un Espíritu que nos ayuda a tomar bien nuestras decisiones, a tener la fuerza para perdonar, acoger, compartir y darnos sin medida a los otros, para querernos como Dios nos quiere, para ser mejores, para vivir como hijos amados.

¡Se pueden decir tantas cosas sobre la oración y sobre el Padrenuestro! Quisiera que nos quedáramos hoy con menos dos cosas: Que mastiquemos y meditemos las palabras que Jesús nos enseñó, su modo y nuestro modo de abrirnos a Dios. Y que nos pongamos en actitud de acogida y apertura para que Dios nos vaya llenando con su Espíritu, en nuestros tiempos de oración. Y todo ello con insistencia, como el «amigo impertinente» de la parábola.

Nosotros necesitamos orar mucho más que Jesús, y -a Dios gracias- sabemos el modo de hacerlo. Que el Padre nos libre de «caer en la tentación» de vivir sin Él. Es lo peor que nos podría pasar. Oremos al Padre con fe y amor…Él nos escucha y no da lo que necesitamos. Que así sea… Luz.

royducky@gmail.com

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