Roy Gómez 

Salud en Dios…

La palabra de Dios nos enfrenta hoy con una piedra de tropiezo de la existencia humana, que resulta imposible de sortear, como es el sufrimiento: nos lo tropezamos cada día, ya sea físico o moral, ya en carne propia o ajena. Es inevitable que haga surgir en nosotros una pregunta de sentido: ¿merece la pena esta vida?

A la inmensa mayoría de la gente nos parece que sí, que, a pesar de todo, la vida merece la pena vivirse: “la vida es muy amable”. Y eso que, seguramente todos nosotros, en algún momento dado, nos hemos visto envueltos en un panorama tan oscuro que nos ha hecho caer en una profunda tristeza y hasta sentirnos derrotados. Pero todos nosotros también hemos comprobado la verdad del dicho de que “no hay mal que cien años dure”, o “después de la tormenta, viene la calma”, y aquí estamos dispuestos a afrontar la “lucha” de la vida, que diría Job y que comenta Padre Pio: «En todas las horas de la vida hay su trabajo: en la niñez, de ignorancia y flaqueza; en la mocedad, de sus pasiones y ardores; en la edad del varón, y de la mujer, de las pretensiones y competencias; y en la vejez, de ella misma; y en todas acomete la enfermedad y reina la muerte y es poderoso el desastre».

A pesar de todo, el enfermo hace todo lo posible por recobrar la salud o, al menos, mantener a raya la enfermedad, pues todos amamos la vida. Todos conocemos algún ejemplo admirable de superación, de logros increíbles por parte de personas discapacitadas, especialmente por carecer o por malformación de algún miembro. Pero, sobre todo, entiendo que lo que hace amable la vida es el sentir el amor de los seres queridos o de personas extraordinariamente altruistas que se dedican al cuidado de los enfermos y desvalidos. Si siento que soy un estorbo para los demás, no es extraño que piense que mi vida no vale la pena; pero si, a pesar de mi incapacidad, me siento querido, entonces quienes así me quieren me dan motivos para sentirme valioso. Éste es el camino verdaderamente humano para plantar cara al sufrimiento. No es nada fácil, por eso los enfermos y familiares necesitan todas las atenciones de los legisladores y gobernantes, no que les faciliten la huida del problema.

Los males sin cuento que le han sobrevenido a Job le hacen sentirse muy desgraciado. No entiende por qué le ha tocado a él. No encajan en su comprensión del orden moral, según el cual, el sufrimiento es castigo del mal moral; ni en el sentido de la vida tal y como él lo entiende, pues todo hombre quiere ser feliz.

Por eso percibe su vida como una lucha sin mucho sentido, como el sinsentido de la vida del esclavo sometido a duro trabajo, sin otra esperanza que el inmediato alivio que produce un poco de sombra que suavice el sofoco del calor. Como tampoco encuentra sentido a su trabajo el jornalero que trabaja para ganarse su salario, pero tan sólo obtiene fatiga inútil.

Percibe Job que la vida se pasa volando, pero se pregunta ¿hacia dónde? Si mis ojos no verán la dicha, ¿Qué esperanza me queda? ¿Acaso Dios? Pero Dios lo ve todo y consiente el sufrimiento de los inocentes. Job no puede estar de acuerdo con la doctrina tradicional de la retribución en su época, que todavía no se había abierto a la esperanza de la retribución en el más allá. Según dicha doctrina, Dios premia a los buenos y castiga a los malos en este mundo. Pero Job está seguro de su inocencia, a pesar de lo cual padece un sufrimiento inaguantable. Por supuesto, creyente como es, no se atreverá a afirmar que Dios es injusto.

Tiene que haber, pues, otra solución que una perspectiva terrena no alcanza a vislumbrar. El sufrimiento de los inocentes es un misterio tan profundo como Dios. En el diálogo que sostiene Job con Dios ha aprendido a conocer a Dios de otra manera: Te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos, confiesa Job.

Envueltos en la negra oscuridad del problema del dolor de los inocentes, la palabra de Dios enciende hoy una cerilla, no para esclarecer racionalmente el asunto, pero sí para alumbrarnos con la esperanza.

Se nos amontonan preguntas como: ¿por qué hay sufrimiento?; ¿por qué hay tanto sufrimiento?; ¿por qué se reparte indiscriminadamente?; ¿para qué sirve el sufrimiento? ¿No puede eliminarlo Dios? Si puede y no quiere, ¿no actúa de mala fe?

Los animo a leer el libro de Job donde encontraran éstas y muchas preguntas más; variadas reflexiones y argumentos; quejas que hieren los oídos; protestas atrevidas y casi blasfemas. Hasta que se nos muestra el misterio insondable de Dios, que, por supuesto, no comprendemos (pues si lo entendiéramos, no sería Dios) pero que tranquiliza nuestro espíritu convencido de la sabiduría, la bondad y la justicia de Dios. Nos persuadirá nuestro espíritu: ¡todo está bien!: ¡todo está en orden!; ¡todo tiene sentido!

Jesús ha venido a salvarnos: cura a los enfermos, expulsa a los demonios, que sólo procuran nuestro mal. La gente no para de traerle a todos los que padecen alguna enfermedad. Pero él no ha venido a remediar los males que se terminan con la muerte, sino a eliminar toda causa de muerte. Por eso tiene que visitar otras aldeas para anunciar el Reino de Dios, pues para eso ha salido. ¡Cristo, el inocente sacrificado, dará un sentido redentor a su propio sufrimiento! Y nos seguimos preguntando aún: ¿es que no pudo redimirnos menos dramáticamente? Él se lo explica a los discípulos de Emaús: ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria? Sanemos en nombre de Dios y busquemos la salvación el El…Que así sea…Luz.

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