Tan poco y tanto. Sobre Milei y la democracia

Juan F. González

I PARTE

Juan F. González

Se acerca el ballotage y uno de los dos candidatos más votados, Javier Milei, todavía expresa incomodidad, en el mejor de los casos, ante la pregunta por la democracia. No soy nada original al llamar la atención sobre el tema. Milei sostuvo, por ejemplo, que los problemas del país comenzaron en 1916, el año en que asumió Hipólito Yrigoyen, pero además la primera experiencia de elección presidencial bajo voto secreto y universal (todavía solo de varones).

En un primer sentido, la democracia es un sistema de gobierno, un modo de agregar voluntades individuales para adoptar decisiones colectivas. La democracia es mucho más que la suma de individualidades, pues bajo su amparo hacemos colectivamente aquello que no podríamos lograr por separado, pero es el único sistema de gobierno en el que esas individualidades son reconocidas. Al ser preguntado y repreguntado en varias entrevistas sobre si creía en el valor de la democracia, Milei retaceó su respuesta. Se limitó a poner en duda sus virtudes debido a lo que habría demostrado el economista estadounidense Kenneth Arrow (Nobel de Economía en 1972) en su teorema de la imposibilidad, un ejercicio que cualquier estudiante avanzado de política y economía conoce.

El planteo de Milei es interesante por lo que muestra, pero también por lo que esconde. Es relativamente oscuro para un público lego, e iluminarlo desnuda la visión paupérrima de la democracia que tiene el candidato. Suponga, planteaba Arrow, que buscamos que un grupo de más de dos personas decida entre al menos tres opciones recurriendo a algún método, pero respetando una serie de condiciones que en principio encontraríamos aceptables (un apéndice explica esto con algo más de detalle). Pues bien, mostraba el autor, ningún método de agregación de preferencias logra satisfacer estas condiciones y a la vez asegurar que el orden generado sea transitivo, es decir, un orden bajo el cual, si se escoge la alternativa A por sobre la B y la C, podamos estar seguros de que A vence tanto a B como a C. Podría suceder que la opción que resulte elegida parezca arbitraria: si se cambia el orden de la decisión o se espera un tiempo breve, la decisión puede cambiar. La regla de mayoría, que está en el corazón de la democracia como sistema de gobierno, es presa potencial de este problema, pero la “imposibilidad” en cuestión cubre a cualquier otro método de agregación de preferencias individuales.

¿Qué tan grave es este peligro para una democracia real? Usualmente, cuando se dan ejemplos en las aulas de la imposibilidad en el teorema de Arrow, se recurre a casos reales más o menos excepcionales en la historia. Ello es así porque el riesgo latente de intransitividad en el corto plazo es relativamente bajo, y muchas de las decisiones que se toman en política involucran dos opciones, no tres o más. Por lo demás, y esto resulta crucial, la cura a la intransitividad implicaría renunciar a la democracia, pues, como mostrara Arrow, una elección social que necesariamente respetara la transitividad tendería a ser “dictatorial”. Mientras que el resultado del teorema es potente, no lo es para invalidar la democracia: se trata de un ejercicio teórico con aplicación infrecuente en la práctica que solo un férreo dogmatismo academicista, o una convicción antidemocrática, pueden esgrimir como preocupación tangible, y que pasa por alto las limitaciones aún más serias de otros métodos de decisión.

Nuevamente, en sus apariciones, Milei no parece rescatar nada positivo de la democracia como forma de gobierno, y en las pocas ocasiones en las que habló de ella, enarboló la crítica mencionada y muy poco más. Con esto, uno podría pensar, transmitiría la idea de que la democracia es un sistema poco defendible, pues existiría en su seno un problema fundamental e irresoluble. Pero criticar a la democracia con el teorema de Arrow en la mano es similar a odiar a las bicicletas porque cada varios años es necesario ajustar sus frenos (o, peor: criticar a las bicicletas como medio de transporte porque en su construcción se contamina un poco, negando el efecto de contaminación masiva de otros medios). Por cierto, existen problemas infinitamente más serios en democracia que la perspectiva de incumplir el teorema de Arrow. Y el candidato no solo elude ofrecer un modelo para mejorar el desempeño del sistema político que tenemos, sino que pone en duda a la propia democracia y da pasos para socavarla. Esto se ve hoy en sus quejas sobre la transparencia de las elecciones de primera vuelta, poniendo en cuestión por primera vez desde la reinstauración democrática el resultado de una votación y, al parecer, condicionando su aceptación del procedimiento a la obtención de resultados favorables. Como muchas voces han puesto de resalto, en esto, como en otros temas, Milei sigue a la letra el triste manual de populistas de extrema derecha como Trump y Bolsonaro.

Con su desdén actual respecto de la democracia, que no permite augurar un futuro mejor en este plano, Milei pasa por alto la enorme potencia que ella tiene; las promesas que ofrece, aunque siempre de manera frágil: tender una oportunidad única para ejercitar la igualdad política y brindar una posibilidad de ponernos provisoriamente de acuerdo para la acción sin recurrir a la violencia. Como varios/as filósofos/as políticos/as han mostrado, la democracia es el único sistema bajo el cual cada persona tiene el mismo nivel de libertad y el mismo peso (una influencia compatible con la que tiene cada una de las otras personas) para elegir a sus gobernantes o a las principales directrices de la política. Lo hace de manera torpe y tosca, simplificando las preferencias siempre más complejas, y siempre inestables, de los individuos, pero solo ella lo hace. Es decir, la democracia maximiza nuestra libertad. Y es también una manera de zanjar nuestros desacuerdos políticos a la hora de tomar decisiones reemplazando a la violencia, como ha sostenido Adam Przeworski basándose en Norberto Bobbio, y como los/as argentinos/as aprendimos tristemente al cabo del siglo 20.

Mencioné que la intransitividad era problemática si se daba en el corto plazo. Pero no hay nada caprichoso en la intransitividad democrática en el mediano y largo plazo, pues las elecciones bajo democracia, más allá de acuerdos fundamentales que no deberían cambiar, son siempre contingentes y provisorias. En parte en esto radica su valor: en no cerrar la puerta al cambio, en ofrecer la posibilidad de seguir influyendo en los resultados de las políticas que se adopten, cualesquiera que estas sean. Esta idea de la democracia como autogobierno colectivo no se desentiende del respeto de los derechos, para lo cual existen órganos de control (por ejemplo: en nuestra democracia constitucional no estamos habilitados para decidir libremente “matar a otro”, como planteó Milei llamando la atención sobre los riesgos del mayoritarismo). Solo enfatiza que la puerta de la transformación política debe quedar siempre abierta en la medida en que no se vulneren seriamente tales derechos.

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