Letras Desnudas

Mario Caballero

Tiempos de oportunistas

Ayer, el editorial del Diario de Chiapas deliberaba que era incomprensible la renuncia de la diputada Aida Guadalupe Jiménez Sesma a su militancia priista y su incorporación a otro partido político. He de confesar que este asunto también me provoca asombro. ¿Cómo es posible que una joven que apenas está comenzando su carrera política haya tomado una decisión tan arriesgada como absurda?

Una de dos. O Aida es de esas jóvenes políticas de mente manipulable y mordió el anzuelo que le aventó el primer partido, o Jiménez Sesma cambió de ideología y ahora piensa que el PRI no responde a lo que el país necesita. ¿Oportunismo o congruencia de las ideas?

A la verdad, la política jamás ha estado peleada con el cambio. Todo lo contrario, en muchos casos es hasta saludable.

Ejemplos hay muchos. Uno de los políticos más respetados y admirados de México, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, fue de centroderecha buena parte de su vida política, como militante del PRI. Pero tras considerar que el partido se había alejado de los principios que le dieron origen y que el nombramiento del candidato presidencial en 1987 no debía ser aceptado por tratarse de una imposición del presidente de la República, renunció a ese partido y se convirtió en uno de sus principales críticos. Luego pasó a encabezar movimientos políticos desde los partidos de izquierda.

Winston Churchill cambió de partido no una, sino dos veces. Después de un largo tiempo como militante del Partido Conservador renunció por profundas diferencias políticas con los líderes partidistas, a los que descalificó por imponer políticas económicas retrógradas y asignar un presupuesto excesivo al ejército. Fue así que se unió a los liberales, pero años más tarde volvió al bando de los conservadores.

“Cualquiera puede cambiar de partido, pero se necesita cierta imaginación para cambiar dos veces”, dijo.

Quiero creer que nadie, con los pies bien puestos en la tierra, se atreva a criticar a estos dos enormes personajes por haber cambiado de partido. Sólo los fanáticos, los tercos y los ignorantes nunca dudan de sus posturas políticas y se quedan con las mismas creencias e ideas toda la vida.

Aunque, ciertamente, en la historia también hay ejemplos de lo contrario. Como el de Patrocino González Garrido, exgobernador de Chiapas, quien renunció al PRI alegando traición a los ideales partidarios.

Los motivos del exmandatario son hilarantes por ser tan patéticos. En primer lugar, su renuncia al PRI es tardía. Decidió abandonar el partido después de 70 años de militancia, después de haberlo ganado todo, después de construir un patrimonio familiar a costa de los cargos públicos que desempeñó bajo las siglas del partido, después de haber hecho con el poder todo lo que le vino en gana y después de tantos acontecimientos nefandos ocurridos en la institución y en los gobiernos priistas de los que fue parte.

Hoy que ha llegado a la última etapa de su senil vida, es muy fácil hacerse el digno.

Por otro lado, decir que se están traicionando los ideales al establecer una alianza con el PAN, al que él describe como “el partido de la reacción”, es ridículo.

Y si a esas vamos, él que se dice trotskista y, por ende, un político de profundas convicciones revolucionarias, le pregunto: ¿es de alguien de ideales coartar la libertad de expresión, perseguir a los medios críticos y engavetar los expedientes penales de los tres periodistas que fueron asesinados durante su gobierno? ¿Es de un ideólogo empuñar el Derecho y la justicia para hostigar, encarcelar e intimidar a líderes sociales y políticos de la oposición? ¿Puede ser ideólogo un político que protegió y defendió a su jefe de policías que fue acusado de asesinar a alrededor de 15 homosexuales? ¿Puede tener ideales el político que detrás de su padre, don Salomón González, escondía 7 mil millones de pesos de los programas sociales y que por lo mismo se ganó el mote de “latrocinio”?

¿Puede tener ideales el político que hasta el día de hoy es considerado el causante del levantamiento armado del EZLN y que según cuentan le propuso al entonces presidente de México exterminar a los zapatistas para resolver el conflicto?

Por todo ello, Patrocinio González no es ningún ideólogo. No puede pretextar que el PRI esté traicionando los ideales cuando él guardó silencio ante el fraude de Salinas, ante el asesinato de Luis Donaldo Colosio, ante la corrupción de Peña Nieto, ante el crecimiento de la pobreza y desigualdad que provocó el gobierno que encabezó y del que fue secretario de gobernación de 1993 a 1994.

Patrocino no dejó el PRI por convicción ideológica, sino buscando un hueso para su familia en la administración de Andrés Manuel López Obrador.

El caso de la diputada Aida Jiménez Sesma parece de la misma pinta que el de Patrocinio. Ninguno de los dos goza de buena reputación, no heredan un trabajo partidista, no son líderes políticos, no tienen poder de convocatoria, pero se sienten capaces de todo protagonismo. La ambición los cegó y les hizo perder el piso.

Aida es de esas jóvenes que creen que siempre merecen más, pues lo han tenido todo y a manos llenas.

Creció rodeada de lujos, de comodidades y la carrera política que hoy presume como la divina garza no se la debe a ella misma sino a su padre, don Germán Jiménez, que ha sido líder de la CNC, diputado local, diputado federal y presidente municipal de Villaflores, siempre bajo las siglas del PRI.

Se respeta la decisión de Aida Jiménez, pero fue un acto de enorme irresponsabilidad. Su repentina renuncia al partido que le dio un espacio para su desarrollo político la deja ver como una mujer frívola, convenenciera, desleal, sin vocación y, sobre todo, como una política a la que no le interesa servir a los demás, sino el hueso.

¿Qué cuentas le entrega al pueblo por su desempeño como diputada local? ¿Qué méritos tiene? Salvo el nombre de su señor padre, ninguno. Cabe aclarar que el escaño que obtuvo en el Congreso del Estado fue por la vía plurinominal. Es decir, no tiene ni la experiencia ni cuenta con el arrastre popular suficiente para competir en una elección. Por eso es difícil creer que haya dejado la militancia por congruencia ideológica.

Caso contrario a la de la diputada Iris Adriana Aguilar Pavón, que renunció al Partido Chiapas Unido para unirse al PRI.

A diferencia de Aida Jiménez, Aguilar Pavón sí llegó al Congreso chiapaneco a través del voto de los ciudadanos. A ella no le regalaron el cargo legislativo. En 2018, salió a las calles a hacer campaña, a enseñar su proyecto, a proponer soluciones a la problemática de su Distrito electoral y se ganó la confianza de la gente. Hoy, confiada de que supo responder a esa confianza, ya se inscribió por el PRI como aspirante a la diputación federal por el Distrito con cabecera en Bochil.

NO PASA NADA

Alguien debería explicarle a Aida Jiménez que “una golondrina no hace verano”. El prestigio de un político se mide por las aportaciones que hace a la sociedad, no porque sea hijo o hija de papi.

Y, finalmente, en el PRI pueden estar tranquilos. Pues el hecho de que Aida y el exgobernador Patrocinio hayan dejado al partido no los afecta en nada, pues se van solos sin nadie detrás de ellos. Al contrario, se libraron de dos oportunistas. Además, el que poca importancia tiene, ni siquiera se da uno cuenta cuando se va. ¡Chao!

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