Letras Desnudas

Mario Caballero

 

¡Viva México!

“200 años de la consumación de la independencia de México, y yo sigo sin encontrar un motivo para gritar ¡viva México!”, me dijo un amigo mientras hablábamos por teléfono y mirábamos cada quien en su casa el acto conmemorativo en el zócalo de la capital del país, encabezado por el presidente López Obrador.

Me atrevo a mencionar, a reserva de relevar su nombre, que había en su tono de voz un poco de indiferencia, quizá hasta hastío, y lo comprendo. El México actual es un país de contradicciones. Por un lado, es una nación rica en recursos naturales, cultura, historia, mano de trabajo y gozamos el ser vecinos del país más poderoso del mundo, del que dependen el 80 por ciento de nuestras exportaciones.

Por el otro, con casi 56 millones de pobres, tenemos uno de los Congresos más caros del mundo y gastamos miles de millones de pesos en cada proceso electoral, y muy poco en educación, salud, investigación, fomento al turismo y en programas de combate a la pobreza, salvo en la administración actual.

Lo más lamentable es que los mexicanos producimos con nuestro trabajo cientos de miles de millones de pesos cada año que el gobierno recauda vía impuestos, pero este esfuerzo en producir riqueza en nada sirve cuando vemos que los ricos se vuelven más ricos y los pobres más pobres.

De acuerdo con información de la Base de Datos Mundial sobre la Desigualdad, México es el segundo país de América Latina donde los más ricos concentran la mayor cantidad de ingresos nacionales. En datos: el 10% de las familias concentra el 70 por ciento de la riqueza nacional. Ya lo dijimos: somos un país de contradicciones.

En balde han sido las reformas estructurales que se han hecho a lo largo de los últimos 30 años, pues las familias mexicanas siguen sin tener servicios de salud eficientes, el aprovechamiento escolar está en los últimos lugares en el mundo y no pasa de primer año de secundaria, los costos de los combustibles y electricidad son altos, la tasa de población en pobreza se elevó durante los pasados cinco años y a pesar de que el salario mínimo incrementó durante el presente gobierno, los ingresos de millones de familias no alcanzan para llegar a fin de mes.

Aunado a eso están los altos índices de violencia, inseguridad, homicidios dolosos, feminicidios y los cárteles del narcotráfico se extienden cada día más tanto en el control de los territorios como en la diversidad de las actividades delictivas.

Viéndolo desde este punto de vista, es difícil no comprender el enojo y la molestia de las personas, como mi amigo, que no tiene un motivo para exhibir su espíritu patriótico.

Sin embargo, el patriotismo mexicano no tiene por qué medirse de acuerdo con los resultados del gobierno. Creámoslo o no, somos de un lugar y de una historia; no de un sexenio y mucho menos de un partido.

 

DOLOR Y ORGULLO

Preguntémonos: ¿somos hijos de México o hijos del Gobierno?

Hidalgo, Allende, Aldama, Ortiz de Domínguez, Iturbide, Guerrero, Morelos, entre otros, entregaron la vida por un sueño que no alcanzaron a ver. En su mayoría fueron torturados, encarcelados y ejecutados. En esa época, los traidores a la Corona eran fusilados por la espalda o con los ojos vendados.

En el amanecer del 30 de julio de 1811, ante el pelotón de fusilamiento, Hidalgo pidió que no le vendaran los ojos ni le dispararan por la espalda. Orgulloso de entregar la vida por la libertad de su pueblo, pidió que le dispararan en la mano derecha, que puso en su corazón. Dos detonaciones y dos disparos en el pecho acabaron con su vida.

Después un comandante tarahumara de apellido Salcedo le cortó la cabeza con el machete para pedir una bonificación de veinte pesos. Su cuerpo fue enterrado en Chihuahua, en la capilla del Templo de San Francisco de Asís, y su cabeza fue enviada a Guanajuato, donde fue colocada en una esquina de la Alhóndiga de Granaditas dentro de una jaula de hierro, junto con las de Juan Aldama, Ignacio Allende y Mariano Jiménez, donde permaneció durante diez años.

En el movimiento independentista, que inició en la parroquia de Dolores, hoy Dolores Hidalgo, hubo entre 250 mil y 500 mil muertos. Fue una de las guerras más sanguinarias en la historia de América.

Terminó el 27 de septiembre de 1821 con la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México. En total fueron once años de sangrientas y desiguales batallas, casi siempre a favor de la Nueva España, contados a partir del 16 de septiembre de 1810.

Entonces, ¿por qué no celebrar a México? ¿Qué relación tienen los fracasos de los gobiernos con la sangre derramada de los que nos dieron patria y libertad?

Ramón López Velarde nos enseñó que el que atraviese un pueblo y respire “el santo olor de la panadería” entenderá su sentido de pertenencia. Ciertas palabras, la coloración de la luz, la forma de llover, las canciones, la cultura, definen lo que somos, decía. Desde luego, querer a un país puede ser una abstracción cívica. El poeta entendió que no se ama lo que se tiene, sino lo que se desea. ¿Qué deseamos para sentirnos orgullosos de ser mexicanos?

López Velarde nació en el estado de Zacatecas, en 1888, pero nunca tuvo casa propia, no usaba reloj y tampoco conoció el mar. Vestía siempre de negro porque guardaba luto por la muerte de su padre. Fue querido y aceptado por las mujeres, pero ninguna se quiso casar con él y varias de ellas lo honraron con la extraña fidelidad de morir solteras cuando él murió a los 33 años. A pesar de las desgracias que lo acompañaron en su corta vida, viviendo en la zozobra de la época, escogió a México para celebrarlo en el más largo de sus poemas: La Suave Patria.

 

FELICITACIONES

Más de doscientos mil muertos por la guerra contra el narco, matanza de estudiantes normalistas, más de 90 mil desaparecidos, conflictos sociales, presidentes de la República salpicados de corrupción, impunidad, injusticias, abusos de poder de una clase política que no ha desaprovechado oportunidad alguna para lucrar con las necesidades del pueblo, es lo que podemos percibir en el contexto nacional.

Pero qué pasaría si en lugar de quejarnos, proponemos. En La Suave Patria, el poeta propone un país “fiel a su espejo diario”, hecho no de proclamas efervescentes ni de fastos nimios, sino de trascendentales constancias perdurables como el amor, el trabajo diario, la vocación familiar, la promoción de la cultura, la honradez, la educación y los valores morales.

La historia de México no la hizo ningún gobierno, la hicieron los mexicanos que nos precedieron. En estos tiempos de crisis de las ilusiones, en lugar de encapricharnos con ideas negativas, dándole la espalda a nuestra nación, llenando las redes sociales con consignas malintencionadas, incitando a la violencia, a la venganza, mejor propongamos un cambio desde nuestros hogares.

Si queremos sentirnos orgullos de ser mexicanos, participemos activamente en la política, exijamos cuentas claras, nos organicemos mejor y respaldemos causas justas, como la lucha contra los feminicidios, contra la corrupción, contra la impunidad, y a favor de las libertades, de los derechos humanos, de la salud y la vida digna.

Acordémonos que México lo hacemos nosotros, no ningún gobierno. Acordémonos que el poeta no tuvo casa: tuvo un país que hace dos días cumplió 200 años de vida en libertad. ¡Felicidades!

 

@_MarioCaballero

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