En el cruce del camino

Fernando Castellanos Cal y Mayor

Hay frases que nadie planea. No nacen en una oficina de mercadotecnia ni salen del escritorio de un dirigente deportivo. Aparecen donde nacen las cosas auténticas: en una conversación entre amigos, en una tribuna, en una sobremesa familiar, en un grupo de WhatsApp. Primero hacen sonreír. Después empiezan a repetirse. Y un día descubres que ya no pertenecen a una persona, sino a todo un país.

Eso ocurrió con tres palabras.

¿Y si sí?

Hoy domingo, mientras México despierta con la mirada puesta en el Estadio Azteca para enfrentar a Inglaterra, esa pregunta ya no habla únicamente de fútbol. Habla de nosotros. Habla de un país que, por unas horas, decidió hacer algo que parecía olvidado: creer sin pedir disculpas por hacerlo.

Durante demasiado tiempo los mexicanos aprendimos a protegernos del desencanto. Antes de que empezara un Mundial ya estábamos hablando del quinto partido, del árbitro, del penal que seguramente no marcarían o de la tragedia que, tarde o temprano, volvería a alcanzarnos. Era nuestra forma de ponerle un casco a la ilusión. Si esperábamos lo peor, dolía menos cuando llegaba. Quizá por eso el “ya merito” terminó convirtiéndose en una parte incómoda de nuestra identidad futbolística.

Esta vez ocurrió algo distinto.

México derrotó a Ecuador, sí. Pero el resultado explica muy poco. Lo verdaderamente importante sucedió fuera de la cancha. Sucedió cuando millones de personas comenzaron a repetir la misma pregunta. No como un pronóstico. Mucho menos como una arrogancia. La pronunciaban casi en voz baja, como quien no quiere espantar la suerte.

Entonces entendí que esta columna ya no era sobre un partido.

Era sobre un estado de ánimo.

La noche del viernes, Cabo Verde hizo algo que parecía reservado para las potencias. No eliminó a Argentina, pero la obligó a sufrir, la llevó hasta el límite y terminó conquistando algo que ningún marcador puede medir: el respeto del mundo. El gol caboverdiano ya pertenece a la memoria de este Mundial. Y Vozinha dejó de ser únicamente un arquero para convertirse en el rostro de una selección que le recordó al planeta una verdad que el fútbol insiste en repetir: el tamaño de un país nunca ha sido una medida confiable para calcular el tamaño de sus sueños.

Curazao también desafió los pronósticos. Marruecos dejó de ser una sorpresa para convertirse en una costumbre. Senegal volvió a demostrar que la identidad pesa tanto como la historia. Ninguno ha levantado la Copa, pero todos cambiaron la manera de mirar este Mundial.

Muchos criticaron a Gianni Infantino cuando decidió ampliar la Copa del Mundo a cuarenta y ocho selecciones. Dijeron que el torneo perdería calidad, que habría demasiados partidos y que todo respondía a intereses comerciales. Es probable que parte de esas críticas fueran válidas. Pero también es cierto que sin aquella decisión jamás habríamos conocido historias como la de Cabo Verde, Curazao, Jordania o Uzbekistán. A veces una reforma cambia mucho más de lo que imaginaron quienes la impulsaron. Este Mundial dejó de pertenecer exclusivamente a las potencias; ahora también les pertenece a quienes durante décadas sólo podían soñar con estar ahí.

Y eso tiene una lectura que va mucho más allá del fútbol.

Durante décadas el orden internacional funcionó bajo una lógica muy simple: unos cuantos países marcaban el rumbo y los demás observaban. Hoy ese equilibrio comienza a moverse. Surgen nuevas economías, nuevas alianzas, nuevos liderazgos y actores que ya no aceptan el papel secundario que les asignaron. El fútbol, como tantas otras veces, terminó anticipando lo que también está ocurriendo en la política internacional.

Quizá por eso el “¿Y si sí?” encontró tanto eco en México.

Porque este Mundial nos recordó que las camisetas pesan, pero ya no deciden los partidos antes de jugarlos. Que la historia ayuda, pero no garantiza. Que el prestigio intimida menos cuando el rival deja de sentirse derrotado antes del silbatazo inicial.

Hoy el Azteca será mucho más que un estadio.

Será el lugar donde millones de mexicanos volverán a encontrarse alrededor de una misma emoción.

Hace mucho tiempo que un partido de fútbol no conseguía reunir al país de esta manera. Durante unos días quedaron en segundo plano las diferencias políticas, las discusiones interminables, las malas noticias y ese ruido que tantas veces nos divide. No desaparecieron. Ahí siguen. Pero, por un instante, dejaron de ocupar el centro de la conversación.

Y eso también merece celebrarse.

Porque una nación necesita, de vez en cuando, recordar que todavía existen causas capaces de abrazarla completa. Una camiseta. Un himno. Una bandera. Una ilusión compartida.

Nadie sensato puede prometer una victoria frente a Inglaterra. El fútbol tiene la mala costumbre de castigar a quienes confunden entusiasmo con certezas. Pero tampoco sería justo negar lo que ya ocurrió. México recuperó algo que llevaba demasiado tiempo extraviado: el derecho de ilusionarse sin sentir vergüenza por hacerlo.

Quizá por eso el fenómeno del Pato Merlín dice mucho más de lo que parece. Ninguna agencia de publicidad lo diseñó. Ningún patrocinador lo lanzó. La gente simplemente decidió hacerlo suyo. Igual que hizo suyo el “¿Y si sí?”. Las emociones auténticas nunca se decretan; nacen donde nacen los pueblos: en la calle.

Dentro de unas horas sonará el Himno Nacional. El Azteca volverá a estremecerse. Inglaterra saldrá con una de las camisetas más pesadas del planeta. México lo hará acompañado por algo que no aparece en las estadísticas, pero que muchas veces termina inclinando la balanza: una nación que volvió a creer junta.

Tal vez mañana despertemos celebrando una de las páginas más importantes de nuestra historia futbolística.

Tal vez no.

Pero este Mundial ya consiguió una victoria que nadie podrá arrebatarnos.

Nos recordó que los pueblos también necesitan razones para encontrarse, abrazarse y volver a creer en algo compartido.

Porque, al final, las grandes transformaciones de los pueblos nunca empiezan con una certeza.

Empiezan con una pregunta.

¿Y si sí…?

¿Y si sí volvemos a encontrarnos en el cruce del camino?

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