• Es aceptada para participar en una importante misión en Cracovia, Polonia
Marco Alvarado/ Diario de Chiapas
Si se trata de aportar a la carrera espacial, como buena ‘turula’, a María Luvina Ramos Moreno le gustaría que desarrollasen una investigación para saber si los camarones pueden ser empleados como alimento para los astronautas o, por qué no, otros elementos de la cocina local.
En el espacio se desarrollan todo tipo de investigaciones que resultan cruciales para la alimentación y bienestar de las futuras misiones, tanto como para mejorar tecnologías en la tierra.
Lo de los camarones sería interesante, dice María Luvina, la cuarta chiapaneca que es aceptada para ser astronauta análoga, y participar en una importante misión en Cracovia, Polonia, sobre todo porque hay poco sabor y variedad en los alimentos que se elaboran para los astronautas.
Nacida en Tonalá, municipio de la región costera de Chiapas a cuyos habitantes coloquialmente se les dice ‘turulos’, María Luvina es con orgullo una maestra de física en secundarias técnicas, cuya experiencia en Polonia servirá para sus compañeros en el espacio.
Ser astronauta análogo “quiere decir que no vamos al espacio, pero sí somos llevados a un hábitat aislado, que recrea las condiciones que enfrentan los astronautas en las misiones, y esto sirve tanto para probar formas de alimentación, ejercicios, experimentos, y saber cómo le afecta al ser humano este aislamiento”, explicó durante una entrevista al término de un encuentro con niñas y niños a quienes compartió su gusto por la astronomía y la carrera espacial.
Ramos Moreno fue una de las cinco mujeres que participaron en esta misión terrestre, conocida como Misión 85 Lotus, en la que compartió experiencia con una mujer polaca, otra francesa, una de Armenia, y una de Japón.
En esta misión cada una de las participantes debía desarrollar una investigación, en el caso de la chiapaneca, su objetivo fue “la planta de la resurrección”, también conocida como flor de Jericó, científicamente llamada Selaginella lepidophylla, que en el caso de México se encuentra en el desierto de Chihuahua, en la que han encontrado compuestos que podrían ayudar a mantener frescos los alimentos.
“Mi trabajo fue la extracción del ADN de esta planta para saber cómo aprovechar esta característica en favor de los alimentos que se envían a las tripulaciones”, precisó la docente.
No es para menos que esta flor llame la atención de los científicos; procedente de los desiertos de América Central y Oriente Medio, tiene más de 10 mil años de antigüedad, y además su resistencia es legendaria, ya que puede estar hasta 31 meses sin agua. De hecho, la “resurrección” que se le atribuye es porque a pesar de haber estado muchos meses seca si entra en contacto con el agua recupera sus características, en forma y color, de manera sorprendentemente rápida.
Se suma a esto el hecho de que sus hojas tienen un principio activo con propiedades antioxidantes y antimicrobianas que ayudan a hidratar y proteger la barrera cutánea.
María Luvina quiere que su experiencia anime a las infancias, especialmente a las niñas, a estudiar ciencias y ser parte de la revolución espacial que está ocurriendo, y también a que trabajen en sus sueños, por más raros que estos puedan parecer, porque muchos experimentos considerados “sin sentido” han sido llevados al espacio, y entre estos están propuestas que han enviados niños y niñas a la agencia espacial norteamericana NASA.
Es por eso que esta maestra ‘turula’ no duda en proponer que haya una investigación para aprovechar los camarones, y llevar algo del sabor de Chiapas más allá del planeta.










