Hoy arriban al santuario de la Virgen de Guadalupe cientos de hombres y mujeres para celebrar lo que se considera el máximo milagro ocurrido hace 492 años, y de paso, para cumplir mandas de los chiapanecos

Marco Alvarado/ Diario de Chiapas

El festejo guadalupano alcanza hoy su punto cumbre, con la llegada de miles de peregrinos a los recintos marianos de todo el país, como en la Iglesia de Guadalupe de esta ciudad, para celebrar lo que se considera el máximo milagro ocurrido hace 492 años.

Las peregrinaciones que celebran la advocación de la Virgen de Guadalupe, cada 12 de diciembre, arrastra a millones de fieles; comparadas a las de Lourdes, Francia y Fátima, Portugal, que son, además de la mexicana, las únicas supuestas apariciones que la Iglesia Católica reconoce plenamente.

La historia surgida a raíz de un supuesto hecho ocurrido en el cerro Tepeyac, es hoy una de las columnas de fe más importantes del catolicismo mexicano y del calendario decembrino.

De acuerdo con la creencia de la Iglesia Católica mexicana, la historia comenzó a principios de diciembre del año 1531, en la que juega un rol importante un indígena identificado como Juan Diego, hoy elevado a la categoría de Santo.

Mientras que la Agencia Católica de Informaciones (ACI), reconoce que los pueblos mesoamericanos, desde tiempos remotos, veneraban en el cerro Tepeyac a una deidad a la que nombraban Tonantzin, y que por esta razón fue más fácil la asimilación de la otra supuesta aparición, ocurrida ya en tiempos de fuerte presencia española.

De hecho, en el culto guadalupano del siglo XXI perviven elementos importantes del sincretismo que dio origen al mito: en la imagen que hoy se venera, como el cabello, que lo lleva suelto, lo que entre los aztecas era señal de virginidad; mientras que sus manos están juntas en señal de recogimiento, en profunda oración. La derecha es más blanca y estilizada, la izquierda es morena y más llena, que podría simbolizar la unión de dos razas distintas.

Su gravidez se constata por la forma aumentada del abdomen, donde se destaca una mayor prominencia vertical que trasversal, lo que corresponde a un embarazo en su última etapa.

El ayate celosamente guardado en el recinto construído en su honor, en la Ciudad de México, donde supuestamente se plasmó la imagen, la muestra rodeada de rayos dorados que le forman un halo luminoso o aura, y está de pie en medio de la luna, y no es casual que las palabras México en náhuatl son “Metz – xic – co” que significan “en el centro de la luna”. También es símbolo de fecundidad, nacimiento, vida. Marca los hilos de la fertilidad femenina y terrestre.

Mientras que la flor de cuatro pétalos o Nahui Ollin es el símbolo principal en la imagen de la Virgen: es el máximo símbolo náhuatl y representa la presencia de Dios, la plenitud, el centro del espacio y del tiempo.

Hoy esta creencia arropa a millones de niños, niñas, ancianos, mujeres, personas de diferentes estratos sociales y capacidades económicas que depositan en la poderosa imagen sus esperanzas, miedos, incertidumbres, favores y agradecimientos, y que los lleva a vivir el 12 de diciembre con el mayor de los éxtasis posibles, buscando la mayor cercanía con aquello que sujeta y fortalece su fe.

Además, como explicó anteriormente el párroco José Castelar Serna, la imagen en el ayate “es un códice en sí misma, y una buena noticia para los creyentes, porque es la madre de un Dios vivo”, y es durante este mes que millones de mexicanos se unen en torno al ayate, en el que están presentes elementos que la población prehispánica reconocía como divinos: el sol, la luna y las constelaciones.

“Ellos adoraban elementos de la naturaleza, y la imagen tiene condensado todo ello; su manto y ropaje simbolizan vida; el sol brilla tras ella, y la luna está a sus pies”.

Destacó que otros elementos simbólicos, son la flor de cuatro pétalos en su viente, que representa los cuatro puntos cardinales del planeta y el cintillo en su abdomen, que representa a una mujer encinta “embarazada de Jesús, el regalo de un Dios humanizado”.

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