Víctor, el monstruo del barrio Colón

Marco Alvarado / Carlos Rosales / Emmanuel Grajales Clavel / Diario de Chiapas

Diseño: Luis Méndez  / Diario de Chiapas

Un halo oscuro envolverá por siempre la historia de Víctor José Carrera Mayor, y su memoria permanecerá ligada a dos actos monstruosos cuyas motivaciones se llevó consigo al morir en circunstancias no menos sospechosas.

Mucho tiempo antes de asesinar a la pequeña Liliana Guadalupe, sus manos ya habían cortado otra vida inocente, la de su hermana Isadora, a quien atacó cobardemente hace más de 30 años.

Víctor Carrera, quien nació en Parral, Chihuahua, conmocionó a la sociedad tuxtleca a principios de la década de los 90, al ser el protagonista de una historia de maldad que lo marcaría tanto a él como a su familia, y que irónicamente encontraría un final no menos trágico en octubre pasado.

La tragedia con Isadora, la hermana que también mató el feminicida

Antes que Liliana, de 12 años de edad, fue Isadora, de 10 años, la víctima de un entonces muchacho de 17 años que condujo a su propia hermana a un final sangriento, aparentemente cegado por un arranque de celos.

Isadora era conocida en aquellos años por ser una niña que nadaba en el club Nutrias del Isstech, actividad que también realizaba la madre de ambos.

Igual que Liliana, Isadora repentinamente desapareció, y fue encontrada poco después, brutalmente atacada con un cuchillo que silenció su garganta.

Presuntamente, en aquella ocasión Víctor la convenció para que fueran a comprar dulces, no muy lejos de donde vivían; ambos caminaron hacia la colonia Los Electricistas, al norte poniente de esta ciudad, y en un baldío descargó su furia contra la pequeña, dejando el cuerpo entre la maleza.

No está claro si fue una confesión de lo hecho, o la investigación de las autoridades lo que condujo a su detención y traslado al Centro de Internamiento Especializado para Adolescentes “Villa Crisol”, en donde no permaneció mucho tiempo.

Según las fuentes de la época, los padres habrían intervenido, comprometiéndose a vigilar su estado mental, empezando así una turbulenta historia personal que no desarrolló por mucho tiempo en esta ciudad, ya que fue enviado a Estados Unidos.

Su otro rostro, el de repostero

Años después cuando regresó a Tuxtla, sus pasos estaban lejos de haberse reformado, pues se le identifica con una banda de pandilleros “Los Cholos de la Malestar Social”, que asolaba a mujeres y transeúntes utilizando armas blancas.

“Botas RIP”, “More RIP”, “Toques RIP”, “El Chulín”, la “Siskiller”, la “Yumi”, la “Wera”, eran algunos de los compañeros de andanzas de Víctor Carrera a finales de los 90 y principios de la década de los 2000.

Hoy se sabe que, al igual que otros miembros de su banda, Víctor se interesó por aprender a cocinar, y fue entonces que se fueron de México, como mochileros, para tener andanzas por Italia e Inglaterra.

Estancia que tampoco parece haber sido tranquila, ya que poco a poco se sabe de conductas antisociales que realizó en aquellos países, principalmente en contra de mujeres.

No obstante, el paso de los años, estaba latente en él un impulso a romper las normas, y empleando la red social Twitter, comenzó a recordar sus años “banda” hiriendo a personas, todo esto mientras mostraba otro rostro, como repostero.

Nuevamente se le ubica con más claridad a partir del año 2016, ofreciendo sus servicios a negocios, participando en actividades deportivas y pasando mucho de su tiempo en los gimnasios, sin embargo, parece que a la par sus problemas mentales comenzaban a gritar cada vez más fuerte, tratando de salir de esa máscara que él sujetaba con fuerza.

Fue así como vecinos del barrio Colón llegaron a ubicarlo, ahora ya con 47 años de edad, cada vez más problemático, violento, prepotente y amenazador. Especialmente señalado por arranques de ira, mientras en otra red social, Facebook, compartía sin pudor su gusto por conductas violentas, especialmente contra las mujeres.

Sin imaginar que pronto, Víctor José Carrera Mayor, el muchacho que mató a su propia hermana, saldría nuevamente a buscar sangre inocente, y esta vez fue la pequeña Lupita, vendedora de dulces tradicionales en la calle, quien tendría el infortunio de cruzarse en su camino.

De acuerdo con las indagatorias el monstruo del barrio Colón la asesinó el 19 de octubre, semi enterró el cuerpo en el patio de su casa, y el 22 de octubre comenzó a huir.

Esta vez no fue como hace más de 30 años. Un cerco mediático y en redes sociales ejerció una presión enorme, que se sumó a una recompensa de medio millón de pesos por su captura.

Estuvo huyendo por el norte de Tuxtla, no se sabe si pretendió regresar a casa de sus padres, pero en algún momento estuvo a pocos kilómetros del lugar donde derramó la sangre de Isadora.

Huyó entre diferentes puntos del norte de la capital hasta que, según las indagatorias, ingresó a una casa muestra del Club Residencial La Vista, en donde su cuerpo fue encontrado el 27 de octubre, ahorcado, hinchado, con sangre seca. Se cree que llevaba dos días sin vida.

Su muerte no hizo más que generar más preguntas. Revivir el oscuro historial de este hombre cuyas víctimas clamaban justicia, y no de ahora, sino desde hace más de tres décadas.

Conductas sociopáticas desarrollan una mente asesina

La conducta de un asesino no se trata de una enfermedad, sino por la falta de componente social, forma de percepción de la realidad y daños estructurales en el cerebro. Todos estos factores inducen que, en cualquier individuo exista un asesino escondido entre las cisuras del cerebro.

Marely Bravo Muñoz, psiquiatra con alta especialidad en psiquiatría del adulto mayor y deterioro cognitivo, recalcó que, todos tienen potencial para convertirse en asesinos de un segundo a otro ya que, todo depende de cómo fue formado el cerebro y si existe un tal grado de alteraciones genéticas; las cuales provocan que, el ser humano no pueda desarrollar las emociones y mate a cualquiera con sangre fría.

“Las neurociencias han encontrado hallazgos por patología e imagen cerebral, alteraciones anatómicas en el sistema límbico, corteza prefrontal, cuerpo calloso, amígdala, hipocampo y cerebelo”, acotó.

Destacó que, en la mayoría de los asesinatos en serie son cometidos e impulsados por un sin número de distorsiones cognitivas y de trastornos psicológicos. Predominan las personalidades antisociales, narcisistas y sociopáticas que buscan satisfacer su necesidad de obtener placer, poder y dominio sexual.

Dos tipos de asesinos

Recalcó que, existen dos tipos de asesinos. El primero se le denomina psicópata puro porque se trata de una persona que, se le hace fácil de imitar que se encuentra bien y normalmente, son aquellos que no toman, no fuman, son tranquilos, pero por dentro son asesinos.

Sin embargo, en Chiapas, la mayoría de los asesinos son sociópatas porque están influenciados por el consumo de alguna sustancia o alcohol y normalmente, matan por placer por la falta de la priorización de la salud mental.

Resaltó que, la persona que se convierte en un asesino o da el delinque no es necesariamente aquella que tiene un trastorno mental porque ellos en su mayoría, no dan el delinque y normalmente, la mente de un asesino se forma a través de conductas sociopáticas.

“Estas conductas se forman por el consumo excesivo de alcohol o de alguna sustancia asociado a la cuestión social con la sociedad tóxica. Tienen grandes rasgos narcisistas que le hacen pensar que puede tomar lo que desee sin que tenga que pagar las consecuencias y que siempre tiene la razón” expuso.

Hizo hincapié que el individuo planea con detalle y precisión la estrategia para asesinar a alguien. Sin embargo, la mayoría de las veces no tiene esquizofrenia, trastorno bipolar, trastorno obsesivo compulsivo o trastorno de ansiedad.

“Había muchos mitos de que, se creía que, cuando una persona tenía un trastorno mental como la esquizofrenia, despertaba su instinto asesino, pero es falso y son muy pocos los casos que sí puede lograr ocurrir”, precisó.

Charles Peterson, el otro caso del asesino serial que conmocionó a Chiapas

Alrededor de finales de los noventa y una parte de los años dos mil, en la “socialité” de Tuxtla Gutiérrez, una pareja de instructores de tenis y deportes de esa clase social, fue noticia en la sección de La Roja de los rotativos de la capital chiapaneca: Lili Casillas y Charles Peterson, este último ya era buscado por la Interpool y el FBI desde hace varios años, y nuestro país fue su escondite.

De acuerdo a quienes los conocieron, ellos eran de lo más normal, incluso algunos los catalogaron como una “familia ideal”: era común verlos hacer excursiones en el Mactumatzá, recorrer en bicicleta parte de la zona residencial de El Campestre y eran habituales en los torneos de tenis; además, en ese mundillo de la alta sociedad, instruían a los hijos de estos en tenis, ciclismo y en clases de inglés.

Charles o como lo llamaban sus conocidos “Charly”, junto a Lili procrearon a dos hijos: Ixchel e Ethan, quienes, a pesar de no cursar su educación básica en alguna institución pública o privada, eran eruditos en ciertas materias.

A finales de septiembre de 2006, cerca del restaurante y taquería “Chano y Chon”, en la colonia El Paraíso, en la Calle Vigésima Norte, un olor fétido y desagradable incomodó a los vecinos de la zona: de inmediato, llegaron elementos de los bomberos y autoridades policiacas, lo que descubrieron fue aterrador: los cuerpos de Lili, Ixchel de 12 años e Ethan de cinco, con varios de días de descomposición.

Según el informe de las autoridades en esos días, murieron asfixiados por el gas mientras dormían; eso levantó sospechas, ya que Charly no estaba ahí. Esto levantó murmuraciones entre los conocidos: a los pocos días se dio a conocer los antecedentes de Charles, quien, en Estados Unidos, ya había asesinado a dos de sus exparejas y exesposas, por lo que las autoridades del país vecino le venían siguiendo el rastro.

Por ello, vino a parar a México, en Guadalajara, Jalisco, a mediados de los noventa; precisamente, fue ahí donde conoció a Lili, en un gimnasio de la socialité de esa ciudad, siendo el norteamericano el instructor de ella. Esto terminó en un romance, mismo que los padres de la chica, quienes eran unos reconocidos empresarios jaliscienses de la construcción, no aprobaron: de acuerdo a testigos, Charly le propuso, ante la negativa, escapar, cosa que lograron. El testimonio de esa fuga fue el Golf Gris de segunda generación que llevaba arrumbado en el domicilio de estos acá en Tuxtla Gutiérrez.

Lili y sus pequeños, por poco van a la fosa común, pero la familia de un amigo de ellos, reconoció el cuerpo y fueron enterrados en el Panteón de San Marcos; la noticia llegó hasta TV Azteca, justamente en el noticiero de “Hechos”, se dio a conocer el caso. Para finales de octubre de 2006, los padres y hermanas de Lili contactaron a la familia que reconoció los cuerpos, en este caso las responsables Adelina ´N´ y Jennifer N, para poder exhumarlos y llevárselos para Guadalajara, Jalisco.

Más o menos a mediados de noviembre de 2006, se supo que Charly se suicidó en Guatemala; esto no convenció a los conocidos, ya que aseguran huyó hacia Centroamérica.

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