Alfarería se entierra bajo el polvo de los recuerdos

Tapalapa guarda en su memoria un oficio que alguna vez fue el alma de su gente, una forma de vida de las mujeres

Ramiro Gómez / Tapalapa

Entre cerros, montañas y una naturaleza que parece murmurar historias antiguas, Tapalapa guarda en su memoria un oficio que alguna vez fue el alma de su gente, una forma de vida de las mujeres: la alfarería. Actualmente esta tradición ha muerto. Hace más de veinte años que el barro dejó de moldearse entre las manos de las mujeres que como Doña Margarita González Urquín, hace más de dos décadas encontró en él su sustento, su arte y su voz.

“Aprendí a trabajar la alfarería gracias a mi mamá, pero ahora ya casi nadie quiere practicarla. Ahora los tiempos se han cambiado, antes era nuestro trabajo, nuestro sustento. Salíamos a vender nuestro trabajo a Ixtacomitán, Rayón, Copainalá, Coapilla, Chapultenango, Pichucalco y Tapalapa. Hacíamos nuestro comal, sartén, vasos, floreros”, dice doña Margarita, a sus 65 años recuerda con tristeza aquellos días en los que el barro era vida. 

El arte de la alfarería en Tapalapa no solo era una actividad productiva, era una herencia entre mujeres. Mientras los hombres se dedicaban al campo, ellas moldeaban la tierra. Margarita aprendió observando a su mamá, era un trabajo como pasa tiempo, mientras el esposo iba al campo, aprovechaba buscar la tierra, después colarla, secarla debido a que hay tierra húmeda. 

El proceso era riguroso, amasar la tierra, formar las piezas, dejarlas secar, quemarlas para endurecerlas. Aunque doña Margarita reconoce que ya no recuerda con claridad cada paso o proceso del trabajo, quien dejó de practicarla desde que se casó.

La alfarería en Tapalapa está en el olvido. Hace más de 20 años aún había mujeres que la trabajaban, ahora la mayoría ya fallecieron. Aún quedan como ocho mujeres que saben el proceso de elaboración, pero ya no la practican porque los materiales que se requiere, se necesita inversión, dinero, ya no es redituable.

“Tenemos que comprar la tierra, la venden por bolsa, creo que está a cincuenta pesos”, afirma doña Margarita.”

La tradición murió por cambio de roles, dificultad para conseguir la tierra, el tiempo y dinero, aunque Margarita comenta que le gustaría volver a practicarla, pero tendría que ir a conseguir la tierra en las comunidades de San Antonio y San Agustín. 

Las nuevas generaciones han tomado otros caminos. “Ahora las mujeres actuales ya no la practican, hacen otros trabajos. Ya no quisieron trabajar, como es tierra se tiene que amasar y las mujeres ya no quieren hacer esto.”

Doña Margarita recuerda que la tierra se cargaba a la espalda. San Antonio y San Agustín, allá llegaban a traer la tierra cargando sobre sus espaldas, cargaban 20 kilos, era pesado. 

La alfarería, ese arte que fue cotidiano, que acompañaba el ritmo de los días desde las nueve de la mañana hasta el regreso del esposo a medio día, ha quedado enterrado bajo el polvo de los recuerdos. 

Doña Margarita comenzó a los ocho años. Hoy, a los 65, es testigo de una tradición que se murió sin hacer ruido.

Aunque la alfarería ha muerto, queda viva la música y la danza tradicional del pueblo zoque de Tapalapa. La identidad resiste en otras formas, en otros cuerpos, en otros ritmos. Tal vez, algún día, la tierra vuelva a hablar entre las manos de una nueva generación.

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