Hay contados nativos Lacandones que están viendo la importancia de conservar las tradiciones espirituales de los abuelos de sus abuelos, como Mario en Lacanjá y Joaquín en Naha
Herbert Castellanos / Cortesía
Él es, hoy por hoy, quien mejor conjuga en sus labios y en su lengua, las palabras sagradas del mundo espiritual de lo que era la selva lacandona.
Él es, el último rezador que aún subsiste.
En su templo de horcones y techo de palma humean con resina de copal, los braseros dedicados a Hachakium la deidad suprema, quien ordenó el cielo y las estrellas, K’akoch la dualidad creadora, Sukunkium el hermano juez de las almas, Men-Sabak, la deidad de los truenos y la lluvia, y también hay un brasero dedicado a una deidad de Yucatan, que dijo, era Itzamna.
A ellos eleva las oraciones este casi último rezador que aprendió a orar con sus abuelos, con los viejos sabios como el To’hil Chan’kin Viejo y los pocos que no se dejaron encantar con los cantos de sirena de los predicadores pentescotales que han invadido la selva y todo Chiapas desde los Estados Unidos.
Afortunadamente hay contados nativos Lacandones que están viendo la importancia de conservar las tradiciones espirituales de los abuelos de sus abuelos, como Mario en Lacanjá y Joaquín en Naha.
!Bendita sea su existencia! Y que las deidades hagan propicio su camino.
Naha, Metzabok y Lacanjá son territorios protegidos y bajo resguardo del gobierno.
Para sacar una planta o un animal, para mover una piedra hay que pedir permiso, pero un gringo puede llegar y construir sin ningún permiso una iglesia evangélica con una deidad judía, con la perversa idea de apropiarse del corazón y mente de los nativos y ahí si no hay ninguna autoridad.










