Ramiro Gómez / Copainalá
La madrugada del 1 de noviembre se presentó en Copainalá como una sinfonía de colores y luces, donde el aroma del cempasúchil se entrelazaba con el suave resplandor de las velas encendidas.
El panteón municipal de Copainalá se transformó en un espacio de recuerdos y emociones, donde cientos de habitantes de la región zoque y comunidades aledañas se congregaron para celebrar el Día de Muertos.
A medida que la noche caía, el murmullo de las oraciones y el sonido de la música llenaban el aire. Familias enteras llegaron con ofrendas, trayendo consigo el legado de sus seres queridos. La tradición se vivía con intensidad, cada altar decorado con flores, fotografías y los platillos favoritos de aquellos que ya no están, un homenaje a la vida y al recuerdo.
Entre las luces pobladas que borraban la oscuridad de las almas, el párroco de San Miguel Arcángel de Copainalá, César Antonio Avellaneda Pérez, se preparaba para dirigir las celebraciones eucarísticas. Con una voz que resonaba en la penumbra, compartió su mensaje sobre la importancia de recordar a los fieles difuntos.
“Celebramos primero a todos los santos, aquellos que han llevado en serio su bautismo”, dijo, mientras las velas iluminaban su rostro. Sus palabras, entrelazadas con la fe, recordaron a los presentes que la muerte no es el final, sino el inicio de un nuevo viaje.
La solemnidad de la noche se mezclaba con la calidez de la comunidad. Los asistentes, desde los más pequeños hasta los ancianos, compartían anécdotas y risas, creando un ambiente de unidad y amor. Todo esto se realizaba bajo la atenta mirada de las autoridades locales, que se aseguraban de que el evento se desarrollara con seguridad. El operativo de seguridad se hizo presente, mientras que las instituciones de salud y protección civil colaboraron para garantizar el bienestar de todos.
En medio de la celebración, Josué García Pérez, director de Obras Públicas Municipal, se dedicaba a supervisar los preparativos para la limpieza posterior del panteón. “Es fundamental evitar los encharcamientos de agua y la proliferación de mosquitos”, comentaba, consciente de la importancia de mantener el espacio en condiciones adecuadas para la comunidad.
Con el paso de las horas, el panteón se llenó de visitantes. Cada rincón era testigo de la devoción de quienes regresaban a honrar a sus seres queridos. Familias de Copainalá, comunidades vecinas y turistas de otros estados se unieron en un mismo propósito celebrar la vida, recordar y, sobre todo, mantener viva la esencia del Día de Muertos.
Mientras la noche se desvanecía y el día comenzaba a asomar, el panteón municipal de Copainalá seguía siendo un lugar sagrado, un espacio donde el pasado y el presente se encontraban, donde las memorias de los fieles difuntos resonaban en cada rincón. La tradición del pueblo zoque se mantenía firme, recordando a todos que, aunque las personas partan, sus recuerdos perduran en el corazón de aquellos que los aman.










