Dr. Guillermo Flores Flores [email protected], [email protected]

Enfermedad de parkinson

Que tal estimados amigos es un verdadero placer saludarles como todas las ocasiones que compartimos esta agradable lectura. En esta ocasión vamos a platicar un poco de una de las enfermedades degenerativas del Sistema Nervioso Central que vemos con relativa frecuencia a nuestro alrededor y que quizá a medida que aumenta la esperanza de vida tengamos oportunidad de ver con más frecuencia. Generalmente esta enfermedad destaca porque se ha identificado con varios personajes en los cuales resalta el movimiento involuntario de una mano como es el caso de Hitler entre otros. Estas circunstancias nos hacen pensar que la ciencia médica también tiene que trabajar para prevenir o cuando menos inicialmente controlar la sintomatología hasta que ojala algún día podamos controlarla de manera importante, porque no. La enfermedad de Parkinson, también denominada Parkinsonismo idiopático o parálisis agitante, es un trastorno neurodegenerativo crónico que conduce con el tiempo a una incapacidad progresiva, producido a consecuencia de la destrucción, por causas que todavía se desconocen, de las neuronas pigmentadas de la sustancia negra. Frecuentemente clasificada como un trastorno del movimiento, la enfermedad de Parkinson también desencadena alteraciones en la función cognitiva, en la expresión de las emociones y en la función autónoma.

CONDICION NORMAL
Esta enfermedad representa el segundo trastorno neurodegenerativo por su frecuencia, situándose únicamente por detrás de la enfermedad de Alzheimer. Está extendida por todo el mundo y afecta tanto al sexo masculino como al femenino. Por frecuencia se ha observado que es frecuente que aparezca con más probabilidad a partir del sexto decenio de vida. Sin embargo, existe otra versión más temprana que se manifiesta en menores de cuarenta años. En la actualidad, el diagnóstico está basado en la clínica, puesto que no se ha identificado ningún marcador biológico de esta enfermedad. El diagnóstico de la misma se apoya en la detección de la tríada característica de rigidez-temblor-aquinesia y en la ausencia de síntomas atípicos, aunque también tiene importancia la exclusión de otros posibles trastornos por medio de técnicas de imagen cerebral o de análisis de pruebas sanguíneas. En el año 1997, la Organización Mundial de la Salud estableció que el 11 de abril se celebraría el Día mundial del Parkinson, con el objetivo de acrecentar la concienciación de las necesidades de las personas aquejadas de esta dolencia. Fue esta la fecha escogida al coincidir con el nacimiento de James Parkinson, el médico británico que describió por primera vez la «parálisis agitante», término que él mismo acuñó.
La enfermedad fue descrita y documentada en 1817 por el Dr. James Parkinson; curiosamente los cambios bioquímicos asociados fueron identificados hasta 1960. A principios de 2011, se identificó un defecto cerebral fundamental que es el distintivo de la enfermedad: las pérdidas de células cerebrales que producen un neurotransmisor -la dopamina- fundamental, entre otros, en los circuitos cerebrales implicados en el control del movimiento. Este descubrimiento llevó a encontrar el primer tratamiento eficaz de la enfermedad de Parkinson y sugirió formas de elaborar terapias nuevas y aún más eficaces. La enfermedad de Parkinson es el ejemplo más común de una serie de trastornos neurodegenerativos caracterizados por la acumulación en las neuronas presinápticas de la proteína -sinucleina. Casi todas las formas de parkinsonismo son el resultado de la reducción de la transmisión dopaminérgica en las neuronas de los ganglios basales, parte de las vías dopaminérgicas del cerebro.
Se ha sugerido en algunas regiones que el consumo de agua proveniente de pozos en donde es notable la presentación de esta enfermedad, puede ser una de las razones por las que existe una mayor prevalencia de Enfermedad de Parkinson en el ámbito rural. Globalmente, la incidencia anual de Enfermedad de Parkinson es de dieciocho nuevos casos por cada cien mil habitantes, pero la alta esperanza de vida que suelen presentar los pacientes hace que la prevalencia de la enfermedad en la población sea cuantitativamente mayor que la incidencia, registrándose unos ciento sesenta y cuatro casos por cada cien mil habitantes. Según los estudios auspiciados por el grupo de estudio del Europarkinson, la prevalencia de Enfermedad de Parkinson en el continente europeo es de 1,43% en las personas que superan los sesenta años de edad, aunque se han hecho estimaciones en países como España o Reino Unido, que exponen que cerca de ciento veinte mil habitantes se ven afectados por esta enfermedad en sendos países. En América del Norte la cifra se dispara hasta el millón de pacientes aquejados de Enfermedad de Parkinson, estando afectada un 1% de la población que supera los 65 años. En edades tempranas, concretamente antes de los cuarenta años, la Enfermedad de Parkinson es excepcional y su prevalencia es menor del 1/100000. La incidencia de esta enfermedad empieza a aumentar a partir de los cincuenta años y no se estabiliza hasta los ochenta, si bien este hecho puede ser resultado de un sesgo de selección. Es una enfermedad presente en todas las regiones del mundo y en todos los grupos étnicos, aunque su prevalencia en la raza caucásica (fluctúa entre los ochenta y cuatro y los doscientos setenta casos por cada cien mil habitantes) es más importante que entre las personas de raza negra y en los orientales, donde parece ser que se registran muchos menos casos. A nivel mundial, se ha sugerido la existencia de un patrón de prevalencia que disminuye de norte a sur. Por otro lado, varios estudios han puesto al descubierto una prevalencia acentuada de Enfermedad de Parkinson en el medio rural, especialmente entre los varones. Esto podría ser debido a que la vida en el campo podría incluir diferentes exposiciones medioambientales, como algunas sustancias identificadas en el agua de los pozos o a los pesticidas e insecticidas. Los estudios sobre la mortalidad en la Enfermedad de Parkinson se encuentran limitados por la escasez de precisión de los certificados de defunción, así como por la confusión diagnóstica entre el parkinsonismo idiopático y otros tipos de trastornos neurodegenerativos. Con todo ello, puede establecerse que las tasas de mortalidad por Enfermedad de Parkinson son bajas para cualquier estrato de edad y que la edad de la muerte de los pacientes ha ido desplazándose hasta edades más avanzadas, por un aumento progresivo de la esperanza de vida. Además, todo parece indicar que el tratamiento con levodopa reduce el riesgo de muerte de los pacientes, especialmente durante los primeros años de la enfermedad. De hecho, y en efecto la mortalidad estandarizada de la Enfermedad de Parkinson se situaba en 2,9 % antes de haberse producido la introducción de la levodopa, pues tras la aparición del fármaco la cifra experimentó un colosal descenso que la dejó en 1,3%, proporcionándoles a los pacientes una esperanza de vida que rozaba la normalidad. Sin embargo, una revisión sistemática del efecto de levodopa en el cambio de la esperanza de vida demostró que la mejora que se había producido a consecuencia del tratamiento farmacológico era menor, con una estimación de la mortalidad estandarizada de 2,1%. Cuando sobreviene la muerte en los pacientes aquejados de Enfermedad de Parkinson, esta suele ser debida a una infección intercurrente, generalmente torácica, o a un traumatismo producido en alguna de las caídas ocasionadas por la inestabilidad postural. Cabe destacar, que los pacientes con Enfermedad de Parkinson tienen una menor probabilidad de fallecer a consecuencia de cáncer Enfermedad de Parkinson o de enfermedades cardiovasculares que la población general. El estrés oxidativo sigue cuando la producción de radicales libres supera la capacidad del cuerpo para eliminarlos. Los principales radicales libres son:


Radical aniónico superóxido
Peróxido de hidrógeno
Radical hidroxi
Oxido nítrico
Quinina.


El superóxido se reduce fácilmente hasta peróxido de hidrógeno, oxígeno y agua mediante enzimas como la superóxido dismutasa, catalasa y glutatión peroxidasa. Aunque el peróxido de hidrógeno no es por sí mismo especialmente reactivo, su reacción con metales como cobre y hierro genera radicales hidroxilo muy tóxicos que pueden dañar casi cualquier molécula biológica.
El cerebro es especialmente vulnerable al estrés oxidativo. Podemos mencionar los siguientes factores:
el elevado requerimiento energético del cerebro
el elevado consumo de oxígeno por el cerebro
la riqueza del cerebro en ácidos grasos polinsaturados
los elevados niveles de metales de transición (p. ej., hierro, cobre) presentes en el cerebro
las defensas antioxidantes relativamente bajas del cerebro.
Hay que destacar que la oxidación de la dopamina puede generar quininas, peróxido de hidrógeno y radicales libres, que son eliminados normalmente por la vitamina E y la glutatión peroxidasa. Aunque el mecanismo trasciende el alcance de esta discusión, es posible que el tratamiento con levodopa pueda por sí mismo aumentar más el estrés oxidativo del cerebro, aunque esto no se ha demostrado in vivo. El concepto de que los radicales libres pueden promover apoptosis se ha demostrado al exponer cultivos de células neuronales a condiciones características de trastornos como la Enfermedad de Parkinson o la enfermedad de Alzheimer (EA), que implican la muerte neuronal por apoptosis, como:


Disminución de glutatión
Inhibición crónica de la superóxido dismutasa
Fragmentos de beta amiloide
Isquemia
Dopamina.


Aunque hay evidencias considerables para apoyar la idea de que el estrés oxidativo puede estar detrás del proceso patológico en la Enfermedad de Parkinson, las evidencias en contra no son insignificantes. En la práctica no se han encontrado las características de la degeneración neuronal posteriores a la hipótesis de estrés oxidativo. El diagnóstico puede realizarse en aquellos individuos que presenten al menos 2 de 4 signos cardinales:
Temblor en reposo.
Hipertonía Muscular (rigidez muscular).
Bradicinesia (lentitud de los movimientos voluntarios).
Como podemos ver la tan ponderada asociación de agentes antioxidantes como promotores de la prevención del envejecimiento pueden además, cuando menos hipotéticamente, prevenir el desarrollo de enfermedades degenerativas como la enfermedad de Parkinson.

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