Edgar Ruiz / Ocozocoautla
A poco más de una hora de Ocozocoautla de Espinosa, en una comunidad rural de difícil acceso, una familia indígena libra diariamente una batalla marcada por la enfermedad, la pobreza y, recientemente, la inseguridad.
En el hogar habitan dos menores con discapacidades severas que han transformado por completo la dinámica familiar. El primero de ellos, un niño de corta edad, enfrenta una condición que le impide ver, caminar o comunicarse. Su situación es crítica: no puede expresar dolor, hambre o miedo, lo que obliga a su madre a mantenerse en vigilancia permanente, evitando que el menor se autolesione ante episodios de desesperación.
“La vida de esta madre se ha convertido en una guardia constante”, relatan personas cercanas al caso. La mujer no puede ausentarse ni por minutos, pues cualquier descuido podría derivar en consecuencias fatales.
El padre, dedicado al trabajo en el campo, sostiene a la familia con jornadas extenuantes, aunque reconoce que su preocupación permanece en casa. Su rutina transcurre entre el esfuerzo físico y la incertidumbre por el estado de sus hijos.
A esta situación se suma la condición de la segunda hija, quien permanece postrada en una silla de ruedas debido a otra discapacidad. Aunque con limitaciones, logra comunicarse parcialmente, lo que representa un pequeño alivio emocional para sus padres.
Sin embargo, el entorno social agrava aún más la situación. Habitantes de la comunidad, influenciados por creencias tradicionales, atribuyen las condiciones de los menores a supuestos castigos o prácticas sobrenaturales, lo que ha generado aislamiento y estigmatización hacia la familia.
La historia llegó a oídos de Luis Alonso Flores Gómez, ciudadano que decidió acudir personalmente para brindar apoyo. Con recursos propios, llevó insumos básicos como alimentos, ropa y pañales, en un intento por aliviar momentáneamente las carencias.
No obstante, sus esfuerzos se vieron limitados por un nuevo factor: la inseguridad en la región. De acuerdo con testimonios locales, la zona ha dejado de ser segura debido a la presencia de grupos delictivos y enfrentamientos, lo que ha restringido el acceso incluso para quienes buscan ayudar.
“Ya no vengas, está muy peligroso”, fue la advertencia que recibió al intentar regresar.
Este contexto ha frenado la continuidad del apoyo, evidenciando cómo la violencia también impacta a los sectores más vulnerables, incluso obstaculizando la ayuda humanitaria.
Hoy, la familia continúa su lucha en silencio, enfrentando no solo las dificultades médicas y económicas, sino también la exclusión social y el abandono institucional en una región donde la necesidad persiste, pero el acceso se vuelve cada vez más complejo.










