No fue broma, ni sátira, ni provocación artística. Durante el Festival Therian, el exalcalde de Tuxtla Gutiérrez, Carlos Morales Vázquez, apareció caracterizado como rata: traje completo, orejas erguidas y cola a la vista.
La escena habría pasado como anécdota menor si no fuera porque el simbolismo encajó con precisión quirúrgica en su historia política dentro de esta capital coneja.
En política, los disfraces suelen ocultar. Éste no. Al contrario: exhibió. Porque la figura de la rata no es gratuita ni inocente; representa lo que muchos tuxtlecos asocian con su gestión: opacidad, oportunismo y una administración marcada por el desgaste, la sospecha y el desencanto.
No se trató de una caricatura exagerada, sino de una imagen que dijo más que cualquier discurso cuidadosamente redactado.
Dicen que en el teatro político todo es actuación, pero hay personajes que terminan revelándose justo cuando creen estar jugando. Morales Vázquez no se burló de sí mismo: se retrató. Y cuando el símbolo coincide con la reputación, la crítica deja de ser ataque y se convierte en constatación. En este caso, el disfraz no ocultó al personaje: lo confirmó.










