Daniel Sánchez/Diario de Chiapas

El sábado, Andrea Kimi Antonelli ya había reescrito los libros de historia al convertirse en el piloto más joven en obtener una pole position en la Fórmula 1. El domingo, en las 56 vueltas del Circuito Internacional de Shanghái, el boloñés de 19 años fue por más: cruzó la meta primero y se convirtió en el piloto número 116 en ganar un Gran Premio, y en el segundo más joven en hacerlo, solo por detrás de un tal Max Verstappen.

Desde la primera curva, Antonelli tuvo que demostrar que la pole no era un accidente. Lewis Hamilton, en un arranque feroz, le arrebató el liderato por el exterior. Duró poco. En la vuelta dos, el italiano recuperó la posición con un adelantamiento limpio y frío, y desde ahí no hubo discusión. Mercedes ejecutó una estrategia de parada única bajo el coche de seguridad, los neumáticos duros aguantaron, y Antonelli administró la ventaja con una madurez que intimida en alguien de su edad. El único momento de tensión llegó en la vuelta 53 —a tres giros del final— cuando bloqueó en la horquilla, se salió de pista y sufrió un peligroso plano. Su ingeniero Pete Bonnington, “Bono”, lo devolvió a tierra con cuatro palabras por radio. Antonelli obedeció, gestionó y llegó con 5.5 segundos sobre George Russell.

Mientras el Mercedes plateado cruzaba la meta, McLaren observaba desde los garajes sin haber tomado ni la salida: doble DNS por problemas eléctricos en ambos coches, el segundo desastre consecutivo de los vigentes campeones. Red Bull tampoco escapó ileso: Verstappen, que clasificó octavo a más de un segundo de la pole, remontó con dificultad hasta el sexto lugar antes de abandonar en la vuelta 46 por un fallo en el sistema de refrigeración del ERS. El nuevo reglamento de 2026 está borrando jerarquías con brutalidad.

Entre tanto caos, dos Cadillac completaron discretamente las 56 vueltas. Bottas 13º, Pérez 15º, ambos a una vuelta del líder y con un encontronazo entre ellos en la primera curva como única nota de color. Lento, sí. Pero terminaron. Para un equipo en su segunda carrera en la historia, eso no es poca cosa, y el potencial de crecimiento es real.

El cierre del día, sin embargo, no lo escribió un cronómetro. Le escribió una fotografía. En el podio de Shanghái se encontraron Antonelli, Russell, Hamilton y Bonnington. El mismo Bono que durante doce años fue la voz que guió al heptacampeón hacia seis de sus títulos con Mercedes, ahora ingeniero de su sucesor, recogiendo el trofeo de constructores mientras Hamilton —de rojo, por fin en el podio con Ferrari tras 26 carreras de espera— celebraba al lado. Tres generaciones de una misma casa, unidas por el mismo hombre. Hamilton lo dijo sin rodeos: “Él tomó mi asiento. Y desde el primer momento golpeó fuerte. Realmente se lo merece.”

Shanghái no fue solo una carrera. 

Fue el acta oficial del relevo.

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