El Hipsterbóreo

Los reality shows: la condición humana como espectáculo

Los reality shows: la condición humana como espectáculo

Luis Fernando Bolaños Gordillo

En el prefacio de La esencia del cristianismo, Feuerbach sentenció que “nuestro tiempo prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser”; esta simulación prevalece en todos los niveles y se ha convertido en parte de nuestra cultura gracias a los contenidos propagados por los medios masivos de comunicación.

Las condiciones modernas de producción audiovisual impuestas por el neoliberalismo se basan en la masificación de espectáculos alienantes que concentran millones de miradas en formatos que se basan en la manipulación de la condición humana; la subjetividad fue guionizada para volverla parte de tramas superficiales que atrapan el interés de la audiencia.

Décadas atrás se tenía la certeza de que la subjetividad era la última frontera para el empuje tecnológico, pero el devenir de los nuevos formatos televisivos demostró que ésta era la principal materia prima para instituir maneras de ser y estilos de vida. Esto sentó las bases para que en los años noventa del siglo pasado surgiera un género que fue aceptado masivamente por la cultura occidental: los reality shows.

Originalmente ese formato se basó en un vouyerismo en el que infinidad de cámaras facilitaban a los espectadores “espiar” a los protagonistas de historias complejas donde se entrelazaban experiencias de vida de todo tipo; esas tramas guiadas por un Big Brother invisible desembocaban en el triunfo de un personaje que se llevaba una considerable cantidad de dinero cosa acorde con el aspiracionismo que distingue a las sociedades modernas. 

Este género comenzó a hacerse habitual en las pantallas de miles de millones de espectadores, quienes podían apreciar la intimidad de un grupo de personas cuya encomienda era generar polémica para ganar votos a través de llamadas telefónicas. Ese negocio redondo se coló en todas las estructuras mediáticas llegando a niveles insospechados; en ciertos países los reality shows llegaron a transmitirse en televisoras regionales o pertenecientes al Estado.

Ciertos analistas consideraron que esta forma de hacer televisión sería una moda pasajera, debido a que la audiencia se aburriría de ver a gente común en las pantallas; esto cambió y posteriormente las historias estuvieron protagonizadas por famosos del mundo del espectáculo, del deporte o de la política. Los contenidos se desbordaron a tal grado de que lo más bajo de la condición humana fue aprovechado para ser convertido en mercancía mediática.

Los formatos se diversificaron y aparte de los de intimidad hogareña con altos índices de sexualidad, surgieron los de resistencia física, supervivencia, cocina, canto, entre otros que redujeron a la condición humana en mercancía. La repercusión de este circo televisivo es notable, porque afecta el sentido otorgado al entretenimiento o al uso del tiempo libre.

Incluso los niños fueron utilizados sin ética alguna para fortalecer este tipo de formatos y Master Chef, por ejemplo, abusó de esas condiciones para impulsar historias llenas de exclusión, clasismo, racismo y aspiracionismo, y más en un país cada vez más precarizado. Esta manera de hacer televisión vinculó la subjetividad de la audiencia con las maneras de ser de los participantes; ver y dejarse ver se convirtió en un negocio perfecto que no fue analizado a fondo por las leyes en la materia.

De igual forma, la identificación masiva con los personajes y sus situaciones polariza a la sociedad ya sea para aceptar o rechazar a un personaje; esto se evidenció con el triunfo de la influencer Wendy Guevara, quien fue posicionada por la producción de este programa como una luchadora social que siempre buscó el respeto para la diversidad sexual en México.

Los reality shows no escapan a las imposturas neoliberales, ya que en las tramas los personajes se identifican o desmarcan de temas polémicos que generan la sensación de libertad de expresión; esas historias se vuelvan creíbles a tal grado de convertirse en parte de una hiperrealidad donde la ficción se convierte en verdad absoluta para la audiencia.

Estas apariencias se despliegan dentro de su representación artificial como un pseudomundo que afecta el acto de contemplar: las miradas son atraídas hacia ciertas tendencias para generar una opinión pública a modo. Este espectáculo colonizador muestra cómo la sociedad es imaginada y reconstruida por medio de representaciones visuales donde se miran a entes cosificados que no pueden autoreferenciarse porque forman parte de un guión.

En ese mundo predicho por George Orwell en su novela 1984 protagonistas y espectadores se pierden a tal grado de hacerse irrecuperables; la condición humana fue reducida a un acto histriónico que obedece más a estructuras alienantes que se han fortalecido aún más con la digitalización de todas las manifestaciones de la condición humana.

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