Marco Bascetta
Las amistosas reuniones entre Viktor Orbán y Vladimir Putin son ya una costumbre bien establecida. Aunque oficialmente se centran en temas económicos limitados, sin duda incluyen mucho más que queda sin decir, y sobre lo cual las instituciones europeas prefieren apartar la mirada.
Aunque nunca se ha abordado plenamente, la disidencia de Budapest está hoy sin duda menos aislada que antes. La evidente afinidad entre Orbán y Putin revela hoy abiertamente una identidad substancial de puntos de vista entre ambos que la Unión Europea prefiere pasar por alto, para no mostrar la fragilidad y las contradicciones que socavan su compromiso «unificado» de apoyar a Ucrania.
Todo el discurso público, antes incluso que las políticas presupuestarias de los países de la Unión, gira en torno al escenario de una próxima agresión rusa contra Europa occidental. Se están lanzando programas de rearme faraónicos, se elaboran planes de guerra detallados, se organizan maniobras militares en el corazón de las ciudades, se instruye a los estudiantes sobre escenarios de guerra, se adapta la infraestructura a las necesidades del ejército y se planifican ataques híbridos «preventivos» contra Moscú. Todo ello sin decir una sola palabra sobre por qué iba a invadir Rusia los países occidentales, ni sobre las razones de una empresa militar que, considerando incluso el estado actual de los armamentos y los equilibrios geopolíticos, sería más que arriesgada: sería imposible.
En el fondo, no hay nada más allá de la referencia a una voluntad genérica de poder que sin duda encaja con la personalidad de Vladimir Putin, pero que no se ajusta a una consideración realista de los hechos.
Todo este fortalecimiento de las fronteras exteriores, estas armas capaces de alcanzar objetivos a miles de kilómetros de distancia, estos planes de guerra, distraen la atención de lo que amenaza más concretamente a los sistemas políticos occidentales y a ese mínimo de principios democráticos y derechos civiles que la Unión Europea aún garantiza. Es decir, el avance de las fuerzas políticas radicales de derecha que, como Orbán en Hungría, muestran afinidad (y, no pocas veces, abierta amistad) con el autócrata del Kremlin.
¿No son los valores patrióticos, religiosos, musculosos y disciplinarios tan queridos por las fuerzas de extrema derecha europeas idénticos a los que propaga el neozar? ¿No se asemeja la transformación plebiscitaria y decisoria de la democracia parlamentaria a la Federación Rusa? ¿No es la exaltación de las soberanías nacionales frente a las cada vez más débiles aspiraciones supranacionales de la Unión y los agotados principios del derecho internacional, en el fondo, exquisitamente putinista?
La agresión final contra lo que fue la cultura política europea de la postguerra —y las intensas luchas que fueron su alma y marcaron su curso— no será obra de los tanques y drones rusos. No hay necesidad de ellos. Las fuerzas políticas de extrema derecha —desde Alemania hasta Francia, desde los Países Bajos hasta Italia, desde el Reino Unido hasta Grecia— serán las que conviertan a Europa en un interlocutor bienvenido para la Rusia de Putin. Formarán un coro que cantará su mismo lenguaje y compartirá los mismos «valores». Al fin y al cabo, las simpatías recíprocas —y, en varios casos, el apoyo político directo— no son ningún misterio para nadie. No será «Rusia» (cuya cultura no puede, en ningún caso, borrarse de la historia de Europa), sino el fascismo putinista el que expandirá fácilmente su influencia en los países europeos por esta vía.
El rumbo militarista que ha tomado la Unión Europea, con la complicidad reiterada y obtusa de las socialdemocracias en declive, no hará más que secundar la contrarrevolución cultural de la derecha, de la que Vladimir Putin es indiscutible abanderado. El rearme está entrando en una espiral sin fin (Rusia ha anunciado que invertirá más ingentes recursos en él) que desangrará a las sociedades europeas y multiplicará los riesgos de guerra en el Viejo Continente. Pero lo peor de todo es que tiende a provocar un cambio en la opinión pública y en la percepción colectiva de los europeos, condicionados por una política de emergencia muy cercana a la dictadura. Putin está ganando y consolidando su poder en su país y en el mundo precisamente gracias a los gobiernos alejados de la realidad que se están rearmando contra él.
El crecimiento paralelo de los arsenales y las fuerzas políticas de extrema derecha no es sólo signo de una siniestra coherencia ideológica. El rearme, que sigue siendo esencialmente nacional, implica un principio de competencia incluso entre aliados que siempre puede derivar en la conflictividad típica de los nacionalismos. Al prepararse para la guerra, la Unión Europea no avanza hacia una mayor cohesión, sino hacia lo contrario. Esto ya se puede ver claramente en su flanco oriental, en la profunda división entre los húngaros, checos y eslovacos prorrusos y los halcones bálticos (y, más prudentemente, Polonia), cuyo resentimiento antirruso querría empujar a toda Europa hacia posiciones de confrontación directa con Moscú. Para complicar aún más el panorama, está el apoyo de Donald Trump tanto a la extrema derecha como al gasto militar en su tendencia común y venenosa de crecimiento.
Esto puede sonar como un llamamiento de otra época, pero ante las amenazas que hoy se ciernen sobre el Viejo Continente, sería prudente recurrir a una vieja combinación: antifascismo y antimilitarismo. Y, obviamente, adaptar las acciones a un contexto en el que el fascismo y el rearme están impregnando las formas actuales de vida y producción (no siempre de forma inmediatamente reconocible).










